2001 odisea en el espacio. Trascender la ciencia ficción

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Kubrick siempre fue un alquimista capaz de encontrar la forma en que sus ideas fuesen explotadas comercialmente, la identificación del público con géneros cinematográficos populares, como el bélico en Senderos de gloria y La chaqueta metálica o el terror en El resplandor, la polémica bien servida en Lolita o La naranja mecánica, la elección de la pareja de moda con el tándem Cruise-Kidman en Eyes Wide Shut, y en 2001, el reclamo de gran superproducción visionaria de ciencia ficción que, de hecho, supuso un avance tecnológico sin parangón hasta esa época y una visión futurista  sorprendente en su predicción tecnológica, aunque encantadoramente sixtie en el diseño de decorado  y vestuario. De una u otra forma el director norteamericano se las ingenió para que sus productos llenaran las salas de cine, y uno no puede sino imaginar la reacción de un público estandarizado, en busca de un producto estandarizado, al toparse con sus personalísimas propuestas.

Lo curioso es que La historia de 2001 no es en realidad nada complicada, atendiendo a las licencias que la sci fi puede tomarse, y, sobretodo, si acudimos a la novela de Arthur C. Clarke para desentrañar un discurso narrativo, tratándose esta de una comparación tremendamente fecunda que, lejos de incidir en la recurrente afirmación sobre lo inadaptable en imágenes que resultan determinadas novelas, nos ayuda a entender como dicha traslación siempre debe producirse en el aprovechamiento de las capacidades que el nuevo medio puede arrojar sobre la literatura.

La protesta de aquel espectador no era infundada, las continuas elipsis y la delicadeza con la que Kubrick rodó su más enorme film lo alejaron de la claridad argumental que sí poseía la novela, convirtiéndola en una experiencia tremendamente visual y sin apenas diálogos, dotando a la visión racionalista, y a la grandilocuente oda a la evolución humana de Clarke, de signos interrogantes en torno a nuestra condición y nuestra capacidad de conducirnos en el universo. Elementos ambiguos que nos sustraen del relato ufológico hacia terrenos más metafísicos, hacia viajes interiores e incluso espirituales.

Ya en la superlativa y famosísima elipsis que separa la primera parte del film y su continuación, transformando un hueso de animal (un arma en realidad), arrojado al aire por alguno de nuestros antepasados homínidos, en una futurista nave espacial, arroja dudas perspicaces sobre nuestra evolución tecnológica. Antes de esto hemos visto al homo sapiens en sus albores intentando sobrevivir en un ambiente hostil y descubrir un extraño monolito, que Clarke  presentaba inequívocamente como inteligencia extraterrestre capaz de acelerar la evolución de vida inteligente, pero que en Kubrick tiene valor por su propia fuerza geométrica, implicando un acto consciente de construcción que por sí solo es capaz de proporcionar la herramienta conceptual para un salto evolutivo en la especie humana. Su puerta oscura y obtusa, con su sonido estridente, poco nos dice de sus creadores, y algunos críticos llegan a identificarla incluso con la voz de Dios.

De la misma forma, la segunda parte del film, aun comenzando con el embaucador baile espacial que muestra la coreografía mecánica de la modernidad a escala cósmica, también acaba alejándose del discurso de Clarke en la forma, repleta de interrogantes, en que Kúbrick presenta el conflicto con HAL 3000, ese inquietante ojo informático creado por el hombre. Si en la novela el fallo de HAL viene producido por órdenes contrapuestas en su programación e irrealizables en conjunto, en Kubrick apenas intuimos los motivos de dicho error que lleva a la maquina a asesinar a los tripulantes de la nave. HAL nos parece, de hecho, frío y a su vez terroríficamente humano (y aquí debemos detenernos a agradecer el excepcional doblaje de Felipe Peña), y su comportamiento nos sugiere mas un miedo congénito a la muerte.

Pero quizás donde mas patente se hace la visión de Kubrick es en la última parte del trayecto, cuando la puerta interestelar se convierte, bajo la brillante imaginaria visual del film, en una psicodélica secuencia en torno al espasmódico rostro del protagonista y último superviviente en la misión espacial, mostrando un viaje más introspectivo que interdimensional, un pasaje a un nuevo estado de consciencia tras el cual aguarda una familiar habitación de decoración renacentista, que lejos de hacer las funciones de jaula planificada como cómoda estancia para el ser humano por un grupo de avanzados aliens, adquiere tintes de templo humanista caduco, en el que nuestro protagonista contemplará su propio envejecimiento, su muerte y su resurrección como dorado embrión o estado de consciencia que trasciende la cúspide racionalista y el humanismo, el dolor y la muerte, como luz en la oscuridad del vacío, superhombre nietzscheano recién nacido que regresa a conquistar el mundo bajo la marcha grandilocuente del Así hablo Zaratustra de Strauss.

Kubrick entendió perfectamente el sentido real de la ciencia ficción como catalizadora de los sueños y temores que depositamos en nuestras posibilidades potenciales, y construyó una historia que desmitifica el racionalismo empírico del hombre moderno y el progreso tecnocientífico, cuya mas embriagadora conquista era el inminente viaje a la luna. El resultado es una sinfonía tan ambiciosa como mayestática en su asombroso resultado, que nos sitúa frente a los pasivos misterios del universo como lo que somos, los agentes encargados de descifrarlo.