A sangre fría

truman-capote-photograph-1948Desde el mismo momento de su publicación en el año 1966, In Cold Blood obtuvo una muy buena acogida por parte de la crítica y los lectores, quizá por la extraordinaria fuerza del relato, su originalidad formal y ese plus de interés que añade a la historia el hecho de tratarse de un suceso real, teñido además por el morboso atractivo de los llamados crímenes de sangre.
El texto relata los sucesos ocurridos en 1959 en Holcomb, el tranquilo pueblecito de Kansas donde fueron asesinados los cuatro miembros de la familia Clutter, compuesta por Herbert, su esposa Bonnie y sus hijos, Nancy, de 16 años, y Kenyon, de 15. Los autores del crimen, Richard Eugene (Dick) Hickock y Perry Edward Smith, eran sendos convictos en régimen de libertad condicional que accedieron al hogar de los Clutter en la creencia -que la misma noche del crimen se demostró errónea-, de que en ella se guardaba una importante cantidad de dinero dentro de una caja fuerte. De forma inopinada, los acontecimientos desembocan en la muerte violenta de todos los integrantes de la familia, y la obtención de un botín tan exiguo que sirve de muy poca ayuda a la hora de intentar comprender los motivos del horror.
Desde mi punto de vista, el tono narrativo de la novela es un auténtico prodigio literario. Dejando al margen las etiquetas de que se hizo destinatario al texto en su momento, y dando por bueno el tono testimonial y cuasi periodístico del relato, lo cierto es que la historia envuelve -o más bien abduce- al lector desde las primeras páginas, hasta el extremo de enterrar sus zapatos en el lodo de todos y cada uno de los escenarios en los que se desarrolla la acción, convirtiéndole en algo muy parecido a un testigo presencial. En el recorrido por las diferentes estancias del hogar de las víctimas, ante la mirada atónita de los amordazados, como espectadores incrédulos de la descerebrada secuencia de decisiones tomadas por los asesinos la noche del crimen, o en las dependencias del centro penitenciario donde se producen las entrevistas posteriores con aquellos; el lector no quiere ni, en realidad, puede escapar. El relato cuasi fotográfico del terrible suceso resulta tan sencillamente eficaz que, en último término, los personajes y las situaciones que surgen de las descripciones y los diálogos son tan reales y tangibles como los fatales presagios que se van abriendo camino en la mente del lector a medida que avanza la acción.
Al parecer, Truman Capote realizó un exhaustivo trabajo de campo antes de escribir la novela; mantuvo entrevistas con personas del entorno de las víctimas, con la policía y los asesinos, recopiló datos sobre los diferentes escenarios de la tragedia, etc. Sin duda ese abundante material, magistralmente utilizado por el autor, contribuye a dar calidad, peso y credibilidad al relato. Y es que el escritor debe esforzarse a la hora de dotar de verdad literaria a un suceso real. Salvando las aparatosas y siderales distancias, quizá resulte ilustrativa una anécdota que me ocurrió hace unos pocos meses. Yo misma ensayaba la escritura de un relato corto acerca de la muerte por sobredosis de heroína de un joven al que describía con un rostro bellísimo y una piel dorada y lustrosa, amoratada tan solo en la pequeña porción cubierta por la liga elástica anudada en uno de sus brazos. Una lectora me hizo ver inmediatamente que le resultaban poco creíbles las características físicas del muchacho en aquel contexto, donde lo habitual eran la sordidez, la suciedad, y una degradación previa de la salud incompatible con la perfección descrita. Lo cierto es que la secuencia era real y mi interés por contarla venía motivado precisamente por el impacto que me causó el contraste brutal entre la fealdad de la muerte y sus alrededores, y la juventud y belleza del fallecido. Tuvo por tanto que ser mi falta de pericia lo que restó credibilidad al relato de una secuencia que había tenido frente a mis propios ojos. En este sentido, la solvencia con la que la prosa de Capote traslada al papel las vicisitudes del dramático final de la familia Clutter, y la extraordinaria verosimilitud de que dota a la historia, no son consecuencia lógica de su autenticidad, sino fruto indiscutible del talento del autor, que logra así el anhelado portento de convertir en aparentemente fácil lo que en modo alguno lo es.
El narrador omnisciente del que se sirve el autor no elude aflorar -sin desde luego intentar resolverlos- algunos de los enigmas universales que se esconden detrás de cada acto homicida. La fría iniquidad del psicópata y la indolencia, la intrínseca estupidez del mal, al que se le supone una agudeza de la que rara vez está investido; el paraíso o el infierno de la infancia, el insondable vacío de la muerte, la ductilidad impotente de algunas formas de bondad, la falta de conciencia de la propia identidad sexual, la vulnerabilidad, el miedo. Estas, y otras tantas realidades bullen con mayor o menor protagonismo en los diferentes pasajes del relato, como si nada de lo humano le fuera ajeno del todo. El autor acaba por embarcarnos en un difícil pero, sin duda, apasionante viaje lleno de incógnitas sin solución, en el que transitamos desde la inocente claridad de un hogar feliz hasta las más inescrutables tinieblas, y desde la rectitud y la bonhomía hasta el aterrador y desconocido lado oscuro de la fuerza. Al final, el lector cuidadoso comprende; la enorme distancia que creemos detectar entre nosotros y determinados acontecimientos y formas de vida, no es más que un espejismo. Porque lo cierto es que no estamos a salvo. Nadie. De nada.