Absolución

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TUSQUETS EDITORES. Colección Andanzas. 2012.
320 páginas. 19 €
e-book: 12,99 €
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Como todos los que nos hacemos propósitos para el nuevo año o curso, actúa Lino, de la misma forma. Propósitos o despropósitos que se acumulan como bonanza o crítica del metrosexual que algunos llevan dentro en tanto que come, se viste, toma analgésicos o hace cualquier actividad cotidiana. Es el protagonista de esta novela, firmada por el escritor extremeño Luis Landero, que se dio a conocer con “Juegos de la edad tardía” hace, ahora, veinte años.
El autor hace una sátira de los hombres y tiempos veletas en que vivimos y lo hace no sólo desde la novela, sino también desde el teatro (no en balde ejerció de profesor en la Escuela de Arte Dramático de Madrid), esa disciplina tan bien adaptable a algunos de sus diálogos.
El texto, con narrador no identificado (lo que se conoce como tercera persona) pegado al protagonista como única opción posible, es una historia cómica, pero identificable y en ella vemos ecos no sólo del ya señalado por muchos Miguel de Cervantes, sino también de Oscar Wilde, pensando más en “El fantasma de Canterville”, dadas las desventuras que en ambos casos el autor hace pasar a sus personajes. También lo es porque el protagonista se convierte a su pesar en un espectro de la omisión o la pasividad, como lo es también Holden Caulfield y tantas criaturas literarias.
Concebida desde un reflejo contumaz del paisaje cotidiano más delirante, la novela no empieza, como indica su contraportada, con la boda de Lino con Clara, siendo este enlace no más que una excusa para contarnos el camino que lleva a su absolución desde que sabemos que su padre fue un afectado por el caso del aceite de colza desnaturalizado, o las olivas de Almería a partir de las cuales surgió el escándalo, hasta que su hijo decide presentarse al juzgado por asuntos turbios que no desvelaré.
También debe mucho la concepción de la idea a Pascal, así como a la casual aparición de un psicólogo representante de productos lácteos de semejante y conocida marca, verdadero hallazgo en este sentido en un momento de la huida hacia ninguna parte de Lino; Gálvez, que a su vez le llevará al paradero castellano viejo de un ser igualmente peculiar en su reciedumbre; Olmedo que se refugia en el campo; Antonio Machado, las jotas y el intercambio con su amigo de cangrejos por verduras y hortalizas y que tiene en Comediante al testigo animal de toda hipocresía.
Y es que Lino empezó a huir mucho antes y a partir de aquí conoció el tedio y la contingencia, dos palabras que le enamoraron y le hicieron ser quién era, convirtiéndose así en el veleta que decíamos, una criatura que recuerda en su hacer a la mínima expresión del sueño y en su pesar y pensar a tantos otras criaturas barojianas.
La novela editada por Tusquets supone todo un revulsivo dentro de la producción en tanto Lino es también un tipo simpático y menos gris que el Gregorio Olías de su debut literario, y es por ello ese hondo pesimismo que lleva a la mendicidad a sus protagonistas aquí más o menos dulcificado.
El fatalismo aún así parece territorio propio del oeste español, sabiendo bien que el este es un territorio que en estas lides pertenece a Eduardo Mendoza y sus criptas embrujadas; el autor sabe hacer de la necesidad, virtud, riéndose con y por las situaciones, mostrando un lado tierno entre tanta picaresca, que no resta para que sea no menos aciago su destino.
Hay que añadir que como libro actúa de modo ponderablemente dramático Howard Kingsnorth, algo que no apreciarán los lectores en electrónico, por más de moda que esté.
Es ésta una novela, pues, divertida y agradable sobre asuntos que no lo son tanto y permite hacer reír, sonreír a la vez que reflexionar con flecos y contundencias, alegre pero inmisericordemente.
Apta para un tipo de lector dispuesto a  incomodarse un poco (Lino somos todos) y con una lectura que de tan ágil resulta resbaladiza en algunos tramos; es muy recomendable para jóvenes y adultos que quieran disfrutar así como pasar momentos que hacen deliciosas las pesadillas reales.