Acordes y desacuerdos: Pasión por la música

Sean Penn Sweet and Lowdown

Una de las señas de identidad del cine de Woody Allen es, desde luego, la música que elige como banda sonora de sus películas. Puccini, Bach, Tchaikovsky o Rossini y el amor por un género: el jazz. Y es que cuando este se apodera de uno, es para siempre. Acordes y Desacuerdos es puro Allen, a ritmo de una guitarra manouche. Una apuesta segura.

Fruto de su pasión por el mundo del jazz de los años 30, Woody Allen quiso, en 1970, que una de sus películas tratase sobre un músico de aquellos años. Un drama que tituló The Jazz Baby , y United Artisted no quiso producir. Casi treinta años después, lo reescribió para dar cabida a muchos otros matices. Drama, sí. Pero, ante todo, amor, humor, desamor, y jazz, mucho jazz. Todo eso, y más, es Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown).

Allen toma el título de un tema de George Gershwin, y juega con los significados de las palabras, empleándolo como definición del carácter tan distinto de sus protagonistas (dulce y miserable).  En ella retoma la fórmula del falso documental para narrar la historia de Emmet Ray, el mejor guitarrista del mundo después de Django Reinhardt. Toda la película pivota en torno al protagonista, un Sean Penn soberbio y creíble en su papel, y se articula en torno a sus relaciones con dos mujeres completamente distintas: Hattie (Samantha Morton) y Blanche (Uma Thurman). Se va reconstruyendo al músico, al hombre -hasta donde se deja-, y el ambiente propio de aquel tiempo. Los años 40. O, más concretamente, 1946, ya que, en un extraño bucle, tanto al inicio como al final de la película, estamos en el año de la gira de Reinhardt por EEUU.  Años en que imperaba la segregación racista, también en la música. Aunque la primera grabación interracial de la historia del jazz fue en 1923 (los  New Orleans Rhythm Kings  con Jelly Roll Morton – al que la discográfica, por si acaso, presentó como cubano), no  fue hasta 1937 cuando, por primera vez, una orquesta blanca, la de Benny Goodman, incorporó a una cantante negra (Ella Fitzgerald ). Pese a lo cual, los músicos con los que Emmet comparte amistad, jamms y chile (los únicos personajes con los que se le ve relajado, además de Hattie) son negros. Una sutil reivindicación por parte de Allen, tal vez.

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Emmet es un artista del que Hattie, una lavandera muda, se enamora, tan desagradable y egoísta que, de no ser por el toque de humanidad y el cariño con el que Allen lo trata, sería simplemente despreciable. Rudo, con los sentimientos bien ocultos, pero mucho más vulnerable que su alter ego felliniano. A diferencia de este, Emmet habla. A veces. Porque solo parece ser capaz de dejar un segundo su pose entre personajes marginales, o marginados. Habla escondiéndose tras su constante declaración de ser el mejor guitarrista del mundo, después de ese gitano de Francia. Aferrándose a ello, como si quisiera reforzarse en su creencia y su autoestima a base de repetirlo, tras la soberbia y el desprecio de quien se sabe un marrullero, y un genio al tiempo. Cleptómano, chulo, bebedor, aficionado al billar, a ver pasar trenes, a disparar a las ratas del vertedero, y a las mujeres hermosas, incapaz de cumplir sus compromisos profesionales (llega tarde, o no llega, como ocurrió con Django en la gira estadounidense, en que faltó a un concierto con Ellington por estar jugando al billar), su biografía es un compendio de caracteres y anécdotas de los músicos del momento, y, esencialmente, de Reinhardt, cuyo carácter dicen que se parecía bastante al creado por Allen en este trabajo. Al que constantemente se refiere el protagonista, que lo venera. Frente al que se desmaya.

Hattie es la parte dulce, dulcísima del título.  No es de extrañar, siendo en Harpo Marx en quien Allen le pidió a Samantha Morton que se inspirara. Su imagen y su mirada, con esa sencillez al vestir, comiendo dulces todo el tiempo recuerdan  en cierto modo al chico de Chaplin, incapaz de despertar más que ternura y simpatía. Y tan inofensiva, que se cuela en su vida sin que se dé apenas cuenta. Su bondad, su natural admiración, hacen que no se moleste en levantar barreras, dejando translucir un pequeño fondo de humanidad. No teme a Emmet, ni lo odia. No le pertenece. Su mudez, además, fuerza a Emmet a sincerarse. Hattie funciona como el espejo de Emmet Ray, descubriendo así sus miedos, sus recuerdos, sus frustraciones. Su infancia, que tanto le ha marcado. En realidad, el personaje fuerte en la relación es ella, que le mira entre la comprensión y la indulgencia. Y es que Emmet es un cobarde.

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Blanche, la otra mujer de su vida, no puede ser más opuesta. Sofisticada y verborreica encarnación de Marlene Dietrich, gatuna y seductora cual mantis, a ella lo que le atrae es la genialidad de Emmet, y su parte oscura. Escritora, indaga constantemente en las motivaciones que puede tener este para cada acto, para plasmarlo en su relato. En cierto modo, la relación entre ambos recuerda a la pareja formada por Jason Flemyng y Greta Scacchi en El violín rojo. Escritora y músico, volcados cada uno en sí mismo. Y, como a Victoria en El violín rojo, a Blanche en Sweet and Lowdown le pueden las ganas de vivir de cerca la aventura, el riesgo, entrando en juego un estupendo Anthony LaPaglia encarnando a un matón.

Un guión espléndido y un trabajo actoral impecable,  al que se suma la buena fotografía y la magnífica banda sonora. En suma, una película redonda, llena de matices, con la que disfrutar, emocionarse, y dejarse llevar.