Alvin Langdon Coburn, fotógrafo de esencias

The Amphitheatre, Grand Canyon

La Sala de Bárbara de Braganza de la Fundación Mapfre en Madrid cuenta en su haber, hasta el próximo 8 de febrero, con una exposición que nos retrotrae a los orígenes de la fotografía. Alvin Langdon Coburn, desaparecido en Gales en 1966, es aquí homenajeado aún a sabiendas de ser un fotógrafo poco conocido en España, pero con una obra más que relevante.

La fotografía y el misticismo formaron parte por igual de su vida y obra, de hecho ésta desembocó en aquélla. Procedente de una familia acomodada de Boston, Coburn nació al albur casi del nuevo medio en cuestión y, así, tanto la obra de Daguerre como de Niepce están tan próximas y las debió de vivir desde su infancia tan de cerca, que le llevó a ser considerado por muchos uno de los más relevantes fotógrafos de la tendencia pictorialista en fotografía. Que nadie se lleve a engaño; tratar de reproducir en resultados su trabajo hoy, sería algo peligroso, rayano en lo insulso por snob; sin embargo, visitar la exposición retrospectiva de Madrid nos sumerge en otro mundo, una época en la que equipos muy pesados, tiempos de exposición de muchas horas y trípodes resistentes eran corresponsables minuciosos de cada toma; tomas que son como cuadros donde la precisión en las iluminaciones, tanto callejeras como de estudio, fueron en sí mismas un hallazgo. Imagínense por un momento, cargar con todo este material siendo, por ejemplo, reportero de guerra. A la vez, notamos la necesidad aún hoy vigente para muchos de levantarse a las cuatro, cinco o seis de la mañana para capturar ese momento mágico de luz que sólo a esas horas nos seduce, un instante que se dilata y en el caso de Coburn se hace niebla.

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Todo empezó cuando antes de cumplir veinte años, Alvin adquirió una cámara Kodak de 4×5 pulgadas; su tío Fred Holland Day le enseñaría el resto y le introduciría en los circuitos por los que conocería a Alfred Stieglitz y Eduard Steichen allá por 1902, llegando a pertenecer al grupo de pintores sobre negativo Photo-Secession; un grupo pionero que revolucionó este arte desde el primitivismo a lo institucional.

Ya, desde sus primeras obras que nos llegan impresas a la goma de platino, penetramos en frágil diapasón en este mundo plagado de paisajes, desde La carretera a una aldea (1900-1901), pasando por El muelle o la serie incompleta Veleros; nos encontramos con las más sofisticadas y coloreadas, El dragón (Ipswich, 1903), y la modernísima Casa encantada, virada en sepia rojo.

El efecto niebla propiciado desde el desenfoque o flou comienza a hacerse patente en su trabajo en el Reino Unido (1904-09); instantáneas en torno a la Tower Bridge, St.Paul desde la plaza Ludgate, la esquina más recóndita de Hyde Park o aquella tomada desde la ventana del estudio, que logra un mismo efecto que en otras, no tanto gracias al humo de las chimeneas sino a la textura algodonosa de las nubes. Del mismo Londres son las reivindicativas Actividad laboral o El país del carbón, realmente poética Dos tumbas, pared y vid e incluso cinematográfica la conseguida en el callejón de Edimburgo en 1904, Weir’s close.

El arco temporal se amplia hasta 1912 en el capítulo referido a Nueva York, donde esa primera visión del Puente de Brooklyn sobre cartulina azul parece reproducida por un amanuense al grafito; la pieza nocturna del City Hall recuerda a sus fotos londinenses y también cinestésica es The park row builing, donde vemos un edificio que simula su inminente caída como en el arte más pop de Iván Zulueta. Decididamente surrealista, en el sentido más amplio, es la cabeza de cartel de la exposición, El pulpo, tomada en el Madison Square Garden; formada por dos piezas, una de ellas impresa en platino-paladio.

De singular relevancia es el reportaje sobre la industria de Pittsburgh, con imágenes de chimeneas, fábricas y tejados y donde se configuran como parte de su estilo los pilares de humo a los que asemeja esa carga de agua helada (estamos en invierno) de las cataratas del Niágara, efecto conseguido gracias también a la platinotipia.

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Todo ello desemboca en los landscapes, Wawona, Cataratas velo de novia, tomadas en la parte oeste de EE.UU., así como uno de los primeros juegos de perspectiva conocidos sobre el Cañón del Colorado, que simula el anfiteatro y el gran templo de todo un coliseo o circo romano.

Pero quizás la parte más palmariamente virtuosa y donde Coburn encontró mejor inspiración fueron los retratos; personajes como Arthur Wesley, George Henry Seeley, Mark Twain, H.G. Wells, Matisse, Max Weber, Michi Ito con máscara japonesa. Gertrude Stein e Igor Stravinsky pasaron delante de su cámara y poblaron un estudio que encontró el perfecto grado medio entre intelectualidad y arte en cuatro fotografías, relacionadas entre sí al menos por parejas, y es que no parece casual que tras el magnífico de Henry James (con una lupa o llave en la mano izquierda), se encuentre Retrato de una dama, como tampoco lo es que tras disparar sobre el escultor Auguste Rodin, se nos muestre la imagen de George Bernard Shaw en la misma pose de perfil que El pensador.

Destacar también las vortografías, un concepto que va desde Man Ray, a Picasso pasando por Marinetti y que permitió a Coburn desde el desenfoque premeditadísimo, concebir el movimiento de los sueños y sus experimentos de fotomontaje, llevados a cabo sobre Ezra Pound, Marious de Zayas o sobre el reflejo de una ventana, lo que le hizo practicar esa mirada sobre estructuras o piezas industriales de la ciudad inglesa de Liverpool.