Anatomía de los abogados de película

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James Stewart fue uno de los pocos actores de Hollywood que se alistaron para luchar en la segunda guerra mundial (de hecho fue, incluso, condecorado). Llama la atención el contraste entre sus interpretaciones anteriores y posteriores a la conflagración. En las películas previas transmitía cierta gazmoñería, pero el sufrimiento que debió experimentar le dotó de una mayor profundidad psicológica y a sus ojos azules de una combinación de descreimiento y nobleza muy peculiar, sólo repetida en la mirada de Paul Newman en Veredicto Final (The Verdict, Sydney Lumet, 1982).
Ambos actores interpretaron con maestría a dos abogados en un momento crítico de sus carreras. En la mencionada Veredicto Final, Newman es Frank Galvin, un picapleitos fracasado y borrachín que se empeña en una causa aparentemente perdida; la defensa de una mujer que fallece víctima de una posible negligencia quirúrgica. Galvin se enfrenta al corporativismo médico y a un contrincante sin escrúpulos (un fantástico James Mason) y lucha con denuedo porque en su fuero interno sabe que en esta lid se juega no solo un caso profesional sino recuperar su dignidad. Es una gran película que cuenta una fascinante historia de redención personal. ¿Acaso hay algo más cautivador para el público?
Por su parte, James Stewart encarna en Anatomía de un asesinato (Anatomy of a murder, Otto Preminger, 1959) a Paul Biegler, un antiguo fiscal de distrito reconvertido en abogado, que quiere ganar su primer caso como tal. Se trata de la defensa de un militar (un Ben Gazzara muy inquietante) acusado de matar al hombre que presuntamente habría abusado de la mujer de aquel. Es hipnótico contemplar cómo Stewart siembra en su cliente la idea de basar su estrategia jurídica en la locura transitoria porque hay tanta sutileza en sus palabras como ambigüedad en su mirada. Biegler es un personaje complejo, algo cínico, pero leal y cálido con su mejor amigo y con su secretaria, una Eve Arden impagable (e impagada… ya que su jefe está a la última pregunta).
Otro actor de ojos claros que dio vida a un abogado en una excelente película fue Robert Taylor en Chicago años 30 (Party girl, Nicholas Ray, 1958). Thomas Farrell es un defensor de mafiosos asqueado de sí mismo que es redimido por el amor de una excelente mujer, la party girl del título original, Vicky Gaye, interpretada por Cyd Charisse. La manera tramposa en que Farrell acentúa su cojera para ganarse la simpatía del jurado en sus pleitos provoca nuestro rechazo, pero Gaye, y a través de sus ojos los espectadores, sabe atisbar algo en él que vale la pena. Taylor era un actor mediocre y dicen que no demasiado inteligente, pero Ray le ayudó a parecerlo en esta apasionante película, que es, posiblemente, la mejor del director y de ambos intérpretes.
Y de abogados con ojos claros, pasamos a uno de ojos oscuros y profundos, Gregory Peck encarnando con maestría a uno de los personajes más queridos por los espectadores, Atticus Finch, en Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, Robert Mulligan, 1962). Más de un letrado ha reconocido que el origen de su vocación se encuentra en este personaje íntegro y bondadoso, que inculca a sus dos hijos que solo podrán conocer a una persona cuando sean capaces de ponerse en sus zapatos. La escena en que los niños ven desde el balcón en que se aparta a los ciudadanos de color, cómo su padre defiende en un alegato lleno de verdad y pasión a un hombre negro inocente, que sabe condenado de antemano por la violación de una mujer blanca, es una de las más emocionantes de la historia del cine.
Otra interpretación extraordinaria es la de Charles Laughton como Sir Wilfred Robarts, un “barrister” londinense convencido de la inocencia de su defendido, Leonard Vole (Tyrone Power) en Testigo de cargo (Witness for the prosecution, Billy Wilder, 1957). Vole está acusado de haber asesinado a una anciana, a la que sedujo previamente para que le designara su heredero. Los interrogatorios y alegatos de Laughton, que llevan a la absolución a su cliente, son un ejemplo a seguir para los que ejercen el derecho, aunque la perfección de su oratoria y de su puesta en escena sean inimitables.
Peck y Laughton coincidieron en otra película sobre un juicio en Londres, El caso Paradine (The Paradine case, Alfred Hitchcock, 1947). Laughton está francamente divertido como el magistrado que mira con lascivia a la mujer del “barrister” interpretado por Gregory Peck, que a su vez suspira por su bella cliente (Alida Valli, tan enigmática como siempre), acusada de haber asesinado a su marido, para disfrutar de sus millones con su amante, el improbable empleado doméstico encarnado por Louis Jourdan (guapo como una estatua griega pero desgraciadamente, tan inexpresivo). La película fue muy criticada en su época y se le achacó entre otros fallos que Peck, pareciera más californiano que londinense (comprensible, puesto que nació en La Jolla…). Aunque sea considerada un Hitchcok menor, lo peor de este genio supera a lo mejor de muchos directores, así que sigue siendo una película que vale la pena ver.
En Vencedores o vencidos (Judgment at Nuremberg, Stanley Kramer, 1961) hay tantos actores de primera (Spencer Tracy, Richard Wirmarck, Marlene Dietrich, Burt Lancaster, Judy Garland, Montgomery Clift…) que el abogado interpretado por Maximiliam Schell puede pasar casi desapercibido. Sin embargo, es un personaje lleno de interés. Sus clientes son los jueces alemanes que durante el régimen nazi aplicaron las aberrantes leyes que determinaban un destino atroz para judíos y demás colectivos discriminados por Hitler. Él también es alemán y en sus intervenciones en el procedimiento arguye que los jueces no tenían otra opción que aplicar las leyes vigentes. En cada una de sus escenas, percibimos cómo está intentando justificar no sólo a sus defendidos, sino a toda una sociedad que contemporizó con el Horror, y en última instancia, probablemente a sí mismo.
No sólo en el cine clásico hubo abogados dignos de destacar. En El caso Winslow (The Winslow boy, David Mamet, 1999), Jeremy Northam da vida a Sir Robert Morton, otro brillante “barrister” londinense, que decide aceptar defender al niño del título, quien ha sido expulsado de un colegio militar por un presunto hurto. El letrado es algo soberbio y snob, lo que le hace ganarse al principio la antipatía de la hermana del chico (una interesantísima Rebecca Pidgeon), pero a lo largo de la historia la joven va descubriendo a un hombre idealista y sensible, que da tanta importancia a la defensa del honor de un niño de doce años como a causas aparentemente más importantes.
Aunando los principios de Finch y Morton, con las dotes persuasivas de Farrell, la facilidad de expresión de Sir Wilfred, la astucia de Biegler y la tenacidad de Galvin, se obtendría tal vez el perfil de abogado perfecto. Lo que es seguro es que esta compleja profesión queda extraordinariamente retratada en cada fotograma de estas inolvidables películas.