Tarkovski: La soledad del autor de fondo

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Cuando hablamos de Tarkovski inmediatamente acudimos a un tipo concreto de mirada,  a la pausada y aparentemente callada inundación de los sentidos.  Escribir sobre su trabajo se hace difícil, no sólo por la densidad de sus propuestas, sino porque desde su celuloide invita al crítico a abandonar su función y hacerse poeta. ¿Cuál es el método correcto de introducirse en su alquimia? ¿Cómo concretar una carrera ajena a patrones y fórmulas? Su obra está plagada de reminiscencias autobiográficas y sin embargo su cine es también el de la irreal ensoñación. Sus formas provienen del formalismo ruso y aun así se resisten al esteticismo vacio de sus antecesores. En cada uno de sus films contemplamos la naturaleza con una intensidad a veces dolorosa, pero también  al ser humano y sus contradictorias creaciones, de la cita literaria y pictórica a la amenaza bélica como pesadilla incoherente. Su cine es el del espacio y el tiempo, sin olvidar nunca  los personajes y la intimidad de las emociones. Es el del plano secuencia detenido en una madre que nos da la espalda y que nos resistimos segundo a segundo a dejar atrás, pero también el del contraste abrupto del que surge otra mujer, casi igual a la primera, sostenida varios palmos sobre una cama por la ingravidez.
La mirada de Tarkovski es la de la infancia, la de quien no puede cesar de recrear y manipular la realidad  (El espejo) o encadena los acontecimientos más terribles con una amnesia  absoluta (Sacrificio). Su primer film se tituló precisamente La infancia de Iván, un encargo de la férrea industria bolchevique realizado con casi total libertad. Un trágico viaje de la inocencia en una ensoñación cinematográfica constante y catalizada una vez más en la figura maternal como contraste a un belicoso mundo de hombres. ¿Estamos ante el Edipo enfrentado al padre que abandonó el hogar cuando el director tenía solo tres años o es simplemente la onírica recreación de la única figura que nunca podremos olvidar, ni tan siquiera en la muerte? Junto a esta interrogante mirada infantil, Tarkovski esconde también la actitud y el compromiso del artista solitario que, rodeado de frialdad ideológica, muestra su valentía transformando, primero, una gran superproducción destinada a glorificar el pasado ruso en un ambicioso fresco de reminiscencias fellinianas, relatándonos en Andrei Rublev el simbólico viaje de un artista como simple espectador en un mundo que cambia demasiado deprisa, para  después trastocar otro film de gran presupuesto, Solaris,  hasta hacerlo devenir en pieza de cámara de desolador pesimismo, en la que los deseos se vuelven reales bajo la tutela de un milagro entre lo religioso y la ciencia ficción.
Solaris fue para Tarkovski un film puente, un proyecto en el que refugiarse ante el reto mayor de hacer su obra más intima, postergada para cultivar lentamente su personalidad autoral que estalla de forma definitiva y excesiva en El espejo, la pieza mas formalmente transgresora del autor, construida como imposible autobiografía en la que su figura se confunde con la del padre, la madre se vuelve una incestuosa amante y el pasado es un hogar consumido por el fuego. La mayor proeza del film es un encantamiento visual en absoluto artificioso. Tarkovski es de nuevo un niño juguetón que crea espacios para el milagro, espacios que en su siguiente película, mas lineal y coherente, se manifestará en un lugar concreto conocido como la Zona. Stalker es un juego en el que tres hombres-niños fantasean en un acto de fe, que no todos pueden aceptar, sobre la posibilidad de lo imposible proyectada en un paisaje abandonado y aparentemente normal, pero que, como el planeta de Solaris, puede hacer real los sueños, aunque aquí no exista ninguna prueba de ello. El único milagro que muestra la cinta, en su final, ocurre sin la presencia de esos tres hombres que parecen ser uno, el único milagro aquí es el propio film y la única Zona una sala llena de espectadores.
La universalidad de los temas de Tarkovski se confunde con una estética particularmente unida a los paisajes patrios, al vuelo inexplicable sobre las mesetas, al recuerdo de las blancas llanuras de nieve…, su cine es inconfundiblemente ruso y quizás por ello Nostalgia es el título de su primer film rodado lejos de su tierra, una cinta fría y distante, cercana al documento, en la que recrea una Italia extraña y misteriosa, melancólica y vaporosa, como si su calor natural humeara al contacto repentino de una fría mañana de la tundra rusa. Después de esta enigmática cinta  y exiliado definitivamente de su patria realiza en Suecia su último film,  Sacrificio, cuya narración parece surgir de la mente de un niño que tan pronto recuerda como olvida, para el que la guerra nuclear es sólo un momento que se esfumará, para el que la realidad es tan sólo un cúmulo de momentos grotescos y confusos. La filmografía del mas importante director de su país  se cierra con la voz de ese niño que replica un curioso ¿por qué? a las palabras del padre que no son otras que las de Dios creando el universo.
Tras el estreno de Sacrificio en 1986, Tarkovski muere de cáncer de pulmón a los 54 años habiendo intentado alcanzar la verdad con una cámara de cine durante la mayor parte de su vida; su fútil aunque necesario intento aún resuena con la cautivadora belleza de lo irrepetible.