Annie Hall: La vida corta y desastrosa

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Todo lo que es el cine de Woody Allen se encuentra en Annie Hall; con toda seguridad, una de las mejores comedias de la historia del cine. Aunque la gracia, lo que hace enorme esta película, es que todos podríamos ser esa pareja que nos dibuja el realizador norteamericano; todo se podría reducir a solapar ficción y realidad para poder ver esa luz al final del túnel que tanto buscamos.

El cine no deja de ser una forma de comunicar. Con su propio código, desde luego, pero no es otra cosa que eso. Por lo tanto, es necesario que se establezca un vínculo entre el espectador y lo narrado. El camino más fácil, el más efectivo y seguramente el único, es que el espectador se vea reflejado en lo que se cuenta. Como en literatura, el cine es una representación de una realidad compartida por muchos, reconocible y susceptible de ser entendida por el que mira la pantalla. Cualquiera puede comprender qué es lo que le sucede a un personaje y, lo más importante, necesitamos saber más sobre eso que le pasa para poder explicarnos a nosotros mismos, nuestro mundo, el de verdad. Dicho de otra forma, esta es la razón por la que una película gusta o no al espectador.
La importancia del cine que ha hecho Woddy Allen, sobre todo desde que rodó Annie Hall el año 1977, llega desde ese territorio común que ocupan sus películas y la película de cada persona que se sienta a ver su cine. Con este film, Allen da un giro en su producción que le lleva desde una comedia más bufa (en la que sus personajes son una burla de sí mismos y de su entorno) a otra en la que los personajes viven la realidad que les toca sufrir y tratan de comprender. Desde la ironía, el sarcasmo, pero lejos de una comicidad en la que los personajes se dibujan con trazos ajenos.
En Annie Hall la tesis que maneja Allen es que la vida es un desastre aunque, finalmente, se nos hace muy corta; que las relaciones interpersonales, aunque patéticas y dolorosas, son necesarias para todos nosotros. Y digo para nosotros porque la historia que narra bien podría ser la de cualquier pareja del mundo. Comienza la película con ello y termina con eso mismo. Entre medias, nos prepara una comedia inolvidable por inteligente; muy bien contada; repleta de recursos narrativos que intentan convertir, con éxito, al espectador en cómplice; montada sobre unos diálogos que, aun estando salpicados de chistes ingeniosos y efectistas, forman un conjunto extraordinario que lanza a los personajes (especialmente al que interpreta Diane Keaton; Annie, claro) hacia una evolución magnífica. Ya no es tan importante el ingenio del director para hacernos reír. Ahora, lo esencial es que nos coloca definitivamente frente a nuestra forma de entender las cosas para que nos planteemos si eso funciona o no.

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La interpretación de Diane Keaton es casi perfecta. Dicen que ella tuvo mucho que ver en la construcción del personaje cuando se pensó en él. Quizás por ello, la naturalidad de la actriz es tan arrolladora que, desde el primer momento, el personaje aparece totalmente creíble. Woody Allen es Alvy Singer. Extraordinario también. Aunque el director siempre ha dicho que Singer se parece mucho menos a él de lo que la crítica ha dicho y el público intuye. Personalmente, soy de la opinión de que se parece mucho más de lo que Allen estaría dispuesto a admitir. Tal vez, por ello, su interpretación es, como decía, extraordinaria.
Alvy es el narrador. Nos llevará hasta la casa de sus padres cuando él era niño, de aquí para allá rompiendo la linealidad de la narración; incluso le veremos convertido en un dibujo animado. Tiempo y espacio se pliega a las necesidades narrativas. No sólo para el espectador. También para los personajes. Alvy, Annie y Rob (Tony Roberts) podrán ver (sin intervenir en la acción, por supuesto) lo que sucedía en casa de Alvy muchos años atrás. Original y solvente forma de narrar. Aunque Alvy es el narrador, el punto de vista se modifica en su focalización para que sea el personaje de Annie el que se deje ver y el que más evolucione.
La película tiene un aire que nos recuerda, ligeramente, al documental. Quizás sea por ello por lo que aparezcan las imágenes de el de Marcel Ophüls (Le Chagrin et la Pitié) que es lo único que puede ver el personaje cuando va al cine y que es lo que ve Annie cuando visita Nueva York aunque ya lo ha visto un millón de veces. Los guiños al cine y a sus autores son muy numerosos durante el metraje.

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Si alguien quisiera conocer las obsesiones y los asuntos recurrentes en la obra de este director, viendo esta película podría hacerse una idea casi exacta sobre ellos. La muerte y la relación que el hombre tiene o debería tener con ella; la importancia del psicoanálisis; la familia como origen de la personalidad del individuo; el mundo cultural como nido de anormales y charlatanes; la religión como motivo de aislamiento y un amor devoto por Nueva York que compara a Los Ángeles por ser el contrapunto exacto. Todo Allen está en Annie Hall. Todos nosotros lo podemos estar también. Esa última escena en la que los personajes se encuentran para confirmar que ese encuentro es imposible; esas conversaciones que el director matiza con subtítulos para mostrar que el lenguaje puede estar muy distante de lo pensado; ese enamoramiento que se va convirtiendo en un recuerdo que tapa lo cotidiano; todo esto podría ser la relación de cualquier pareja. Escuchamos a Alvyn dividir a las personas en horribles o miserables. Los horribles son los que están enfermos y pasando una vida horrible. Los miserables el resto. Por ello debemos estar satisfechos. Todos miserables, todos iguales.
Una de las mejores comedias de todos los tiempos.