Aprendizaje o el libro de los placeres

Clarice Lispector

Lo mejor de leer a Clarice Lispector es ya haberla leído (su obra) y no estar leyéndola (un libro). Porque vale la pena (razón para la perífrasis verbal del participio). Y porque es densa (para la perífrasis del gerundio).

La densidad no recae en el machaque existencialista (si yo amé a Sartre…). Ni siquiera en su lenguaje lírico. Sino en la combinación perfecta de ambas cosas sumadas al discurrir de la palabra al tiempo del amarre de la acción. No pasan las cosas si no pasan por el lenguaje. Desespera. Pero es de una maestría absoluta, al mismo tiempo. Como ese narrador en tercera que olvidamos que es tercera. Se recuerdan (incluso podría decirse: se sienten, se viven…) los libros de Lispector como si nos narrara esa mujer protagonista. Lori en el caso de Aprendizaje o el libro de los placeres. Porque es un narrador en tercera persona en absoluto omnisciente: sólo sabe de Lori. Pero eso sí, de Lori todo lo sabe.

Aprendizaje o el libro de los placeres es esa novela de Clarice Lispector que empieza con una coma y acaba con dos puntos. Viene a decirnos: voy a meterme (además) con la forma. En cuanto a su sustancia: historia de amor entre Lori, maestra, y Ulises, profesor de Filosofía. Dos seres atractivos que esperan encontrarse. Unirse finalmente. Entre tanto: el aprendizaje -de la alegría y la consecuente idea de la posibilidad de perder dolor- o los placeres (entonces me parece una disyunción inclusiva): «El sexo y el amor no te son prohibidos. Finalmente aprendiste a vivir». Ya lo decía uno de los epígrafes del libro: «”Compruebo/ Que la más alta expresión del dolor/ Consiste esencialmente/ en la alegría”, Augusto dos Anjos».

Pero una pregunta muy difícil se hace Lori a pesar de que Ulises le sugiere que la evite: «… quién soy yo». «Eso no se responde, Lori. No te hagas la fuerte preguntándote la peor pregunta». Sin embargo, esa pregunta alcanza una escapada hacia el final del libro. No una respuesta, sí una alternativa. No se contesta, se alcanza la sabiduría en la comprensión de que no hay respuesta. Eso recae no tanto en el concepto obvio de «el amor» sino en el fundamental de «el Otro»: «La solución para ese absurdo que se llama “yo existo”, la solución es amar a otro ser diferente que nosotros comprendemos que existe».

Lori: otra mujer de Clarice Lispector. De esas que lejos de caracterizarse por la belleza (aun siendo guapas, lo que no llegaría a saberse) se caracterizan por su género, y su cuerpo antes de la apariencia. Cuerpo por dentro primero. Ovarios como perlas secas los de Lori, parecidos a los de Macabea (personaje de La hora de la estrella), que eran marchitos como una seta cocida.

Sí, no se olvidan las mujeres de Lispector, las novelas de Lispector. Se recuerdan y hasta se echan de menos. Se necesita de ellas. Se las ama, se las adora, se las comprende. Yo necesito voces como las mujeres de Clarice. Y sin embargo, ¡qué densa Clarice algunas veces en la página a página! Pero no me sorprende: en dos ocasiones el narrador de Aprendizaje… nos dice sobre Lori (sobre la única que sabe decir) que ella había llegado a la conclusión de que no tenía un día a día sino una vida a vida. Pues eso, para mí con Lispector, algo parecido: como si no hubiera que absorber su literatura en un libro a libro, sino en una obra a obra.

Calificación: Densa
Tipo de lector: Lispectoriano
Tipo de lectura: Existencialista o por lo menos reflexiva.
Argumento: Lori buscando aprender la alegría. Ulises guiándola en el aprendizaje.
Personajes: Lori y Ulises, ni uno más.
¿Dónde puede leerse?: En la playa de noche.