Asesinato y voyeurismo. ¿Alguien da más?

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La ventana indiscreta es la máxima expresión del concepto que tenía Hitchcock sobre el medio cinematográfico, en cuanto único arte capaz de representar de manera visual el punto de vista subjetivo del personaje. Plasmó además en ella su opinión sobre el cine como una forma de voyeurismo, en el sentido de manifestación de la curiosidad del ser humano por la intimidad de sus semejantes.

Aunque la década de los 40 nos regaló obras extraordinarias de Hitchcock, es probable que él se sintiera más realizado como creador a partir de los 50, cuando sus reiterados éxitos de taquilla le permitieron lograr mayor control sobre sus películas. La ventana indiscreta, (Rear window, 1954) supuso una experiencia muy satisfactoria porque en su contrato con la Paramount pudo preservar un amplio grado de autonomía. Se rodeó de muchos de sus colaboradores preferidos, incluido John Michael Hayes, cuyo brillante guión enriqueció con personajes y situaciones un relato corto del prolífico autor de novelas de misterio, Cornell Woolrich.

Hitchcock buscaba siempre la identificación del espectador con los protagonistas, incluso cuando incurrían en conductas de dudosa moralidad. En La ventana indiscreta, Jeff (James Stewart) se distrae de la inmovilidad causada por una pierna rota, espiando a sus vecinos. Contemplamos a través de sus ojos a toda una galería de personajes de Greenwich Village: el compositor que se esfuerza por terminar su última obra, la vivaz bailarina objeto de deseo, la pareja que combate los calores neoyorquinos durmiendo en la terraza, la soñadora solitaria, los recién casados que apenas salen de la cama…, y el siniestro viajante del que Jeff sospecha que ha asesinado a su enfermiza mujer. Tanto la novia del protagonista, Lisa (Grace Kelly) como su enfermera Stella (Thelma Ritter) intentan inicialmente disuadirle de su conducta, pero van dejándose atrapar por lo que ocurre al otro lado del patio.

El director nos muestra con descreimiento revestido de humor las carencias que se producen en las relaciones humanas: los vecinos viven aislados los unos de los otros y Stewart se dedica a espiarles porque así puede dilatar enfrentarse a su principal preocupación, ¿qué debe hacer respecto a Lisa? Ella quiere que den el gran paso, pero él no ve cómo puede encajar en su nómada existencia de fotógrafo una neoyorquina sofisticada acostumbrada a una vida lujosa. Sus incompatibilidades son difícilmente resolubles, pero el escepticismo de Hitch no estaba exento de romanticismo, por lo que…, ¿quién sabe?

La coincidencia entre nuestra perspectiva y la del protagonista le permite al director evidenciar su concepción del cine como una forma de voyeurismo, no en el sentido de perversión sexual, sino en el más amplio de manifestación de la curiosidad del ser humano por la intimidad de sus semejantes.

La trama permitía plasmar, esencialmente a través del montaje, el tratamiento subjetivo, que Hitchcock siempre declaró era la característica definitoria del séptimo arte. Así, secuencia a secuencia se reproduce el mismo esquema: se nos muestra al protagonista observando, en la siguiente escena aparece el vecino vigilado y por último se insertan los planos que nos presentan el proceso mental o emocional de Stewart reaccionando (su sorpresa, su diversión, su miedo…). Todo es estrictamente visual y por lo tanto, esencialmente cinematográfico.

James Stewart fue, junto don Cary Grant, el actor preferido de Alfred Hitchcock y juntos colaboraron en cuatro películas. Así surgieron algunos de los personajes más ambiguos del hábil intérprete, que en los años 50 dejó atrás los inocentes prototipos encarnados en las dos décadas previas. Pese a una forma de balbucear algo enervante, su gestualidad corporal y la versatilidad de su mirada eran idóneas para proyectar elementos tan importantes para el medio cinematográfico como son la reacción y la escucha.

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Aunque Grace Kelly no fue una actriz de destacado talento, el director le sacó todo el partido posible en La ventana indiscreta. Kelly es la quintaesencia de la rubia hitchcockniana, cuya apariencia inaccesible (realzada por el deslumbrante vestuario de Edith Head) oculta una inesperada calidez. Al igual que el personaje encarnado por Stewart va superando sus reticencias a medida que va descubriendo nuevas cualidades en Lisa, los espectadores pasamos de admirar a la protagonista por su belleza y distinción, a simpatizar con ella por su pasión, encanto y coraje.

Thelma Ritter representó a la cáustica enfermera Stella, a la que debemos buena parte de los toques de humor de la película. Cuando se refiere con franca crudeza al cuerpo probablemente descuartizado de la víctima, provoca que Stewart o Kelly se atraganten de la impresión…, y nosotros de la risa. Hitch utilizaba el sentido del humor porque, siendo británico, formaba parte de su ADN, pero también porque sabía cómo, introduciendo toques aquí y allá, aliviaba momentáneamente el nerviosismo al que el suspense sometía a los espectadores… sólo para volver a tensar la cuerda con creciente efectividad.

El maestro planificaba íntegramente la película con sus colaboradores antes de comenzar a rodarla. Su lucidez como creador propiciaba que fuera muy resolutivo y supiera en cada momento qué lente utilizar, el encuadre idóneo y la situación adecuada de los personajes en el decorado. Precisamente, el decorado es uno de los elementos más notables de La ventana indiscreta puesto que se construyó en tamaño real el vecindario. Perfeccionista y controlador como era Hitch, podemos imaginarle con su oronda anatomía y su inevitable puro, disimulando bajo su flema inglesa el regocijo que le debió producir dominar un escenario tan perfecto…, y a todos sus integrantes…

Si bien la película obtuvo el éxito de taquilla al que el británico estaba acostumbrado, también padeció en su momento la condescendencia habitual por parte de la crítica americana, que consideraba el suspense como un género menor. Ya en la década de los 60, fueron los cineastas franceses de la Nouvelle Vague, especialmente Truffaut, los que declararon por primera vez la genialidad de Hitchcock y la trascendencia de su obra. A partir de entonces, quedó elevado al Olimpo de los verdaderamente grandes. Hitch ocultaría tras una mordacidad digna de la enfermera Stella, la emoción de ser por fin considerado digno de pasar a la posteridad: «¿Qué ha hecho la posteridad por mi?».