El Padrino III: Cerrar el círculo y morir en el intento Jun06

El Padrino III: Cerrar el círculo y morir en el intento...

Aunque la crítica destrozó la tercera parte de El Padrino, dando incluso a Coppola por muerto cinematográficamente hablando, el tiempo ha puesto en su sitio a la que es, sin duda, la más personal, controvertida e intimista película de la saga. Tres óscar obtuvo la primera parte de El Padrino, seis la segunda y ninguno la tercera. Este dato puede resultar significativo de la clase de reacción que provocó esta especie de tour de force que fue The Godfather part III (1990). Evidentemente, a Coppola no le salió como esperaba, al menos en lo que a respaldo de la crítica se refiere. Sin embargo, yo me declaro una admiradora de esta película; solamente por la dramática escena de la escalera del teatro de Palermo vale la pena esperar los minutos que hagan falta. Nunca un silencio en el cine, -en realidad, un auténtico vacío-, nunca el dolor por una muerte de un ser querido se filmó de una forma tan desgarradora como lo hace Coppola en esos escasos segundos. Al Pacino en la piel de un Michael Corleone maduro, a vueltas con la vida y cargando con la culpa de su propia existencia, estalla en un llanto mudo que solo un actor como él, y un director como Coppola, podían convertir en un instante mítico. Pero desgraciadamente, El Padrino III no es solo esta escena final. Mucha culpa de las terribles críticas sufridas por esta película la tuvo la actuación, cuando menos deprimente, de Sofía Coppola, la hija del director. Realmente, la mayoría de las discrepancias se han centrado en ello. Es cierto que desde el primer minuto uno lamenta profundamente la presencia de una insulsa actriz en un papel que podía haber estado tan lleno de fuerza. Pero tampoco es que su partenaire...

De Cuba para el mundo sin pasar por el calendario May07

De Cuba para el mundo sin pasar por el calendario...

Cuando acaba de anunciarse que la documentalista Lucy Walker rodará la secuela del documental de Win Wenders Buena Vista Social Club (1999), recuperar esta película se convierte en cita obligada para los amantes de la música y de su relación con el cine. La música y el cine documental siempre han tenido una relación amorosa que va más allá del uso de la primera con un sentido diegético, o como simple acompañamiento de las imágenes de una realidad en movimiento. La relación música-cine ha fascinado a directores e incluso a los propios músicos, obsesionados  por reflejar en veinticuatro fotogramas cuánto es capaz de aportar el sonido en su formato visual. Documentales sobre grupos musicales,  solistas o músicas populares ha habido, hay y habrá, infinidad de ejemplos. Desde Don’t Look Back (A. Pennebaker, 1967), considerado el mejor documental musical de la historia, y donde la cámara captura a Bob Dylan con las manos en la masa durante noventa y seis minutos, hasta Canciones para después de una guerra (B. Martín Patino, 1971), en el que la música tradicional se convierte en el hilo conductor de una España recién salida de una guerra y con la esperanza de vuelta a la caja de Pandora. Pero en general, rara vez detrás del mero hecho musical en formato audiovisual existe una historia, una narración fílmica que acompañe a la melodía en su devenir cinematográfico. Por ello  el director alemán Win Wenders encontró a finales de los años noventa del pasado siglo una mina de oro en la historia de unos viejos músicos cubanos que a pesar de la edad y del olvido, se encontraban en perfecta forma. Tanto como para convertirse en los protagonistas de un disco que recibió un Grammy y vendió millones de copias, y de...

Él sí que era perfecto Feb10

Él sí que era perfecto...

De un director capaz de decir frases como «Mi exilio no fue una idea mía, sino de Hitler», se puede esperar cualquier cosa cuando decide enfrentarse al guión de una comedia. Y más aún si  esa comedia está plagada de asesinatos, canciones, mafiosos,  travestidos y sobre todo, con  Marilyn Monroe tocando el ukelele. Cuando Fernando Trueba en 1993 recogió el Óscar conseguido por Belle Époque, el director español dijo emocionado que él no creía en Dios, sino en Billy Wilder. Estas palabras dejan entrever un mensaje con el que muchos comulgamos. Existen grandes directores de cine, grandes creadores, grandes innovadores y revolucionarios; y luego está Billy Wilder, capaz de superar a su propio maestro, Ernst Lubitsch, con un puñado de comedias  que son obras maestras –incluso la película más redonda de Lubitsch,  Ninotchka, llevaba un guión firmado por Wilder—. La gestación de Some like it hot no fue flor de un día. Wilder sospechaba que detrás de la película francesa Fanfarre d’Amour (1935), donde dos músicos se travisten y ligan con un chica sexy,  existía una gran historia. Tan solo había que aumentar el nivel de tensión narrativa cambiando el hambre por la amenaza de muerte de un mafioso y trasladando de época la historia. «Cuando la ropa de todo el mundo parece excéntrica, un hombre vestido de mujer no resulta más llamativo que los demás». Pero necesitaba también los actores que fueran capaces de entender que el alocado  guión escondía un tesoro de interpretación y de fulgurante éxito. El primero en subirse al tren (figurada y literalmente),  fue Jack Lemmon, a quien Wilder convenció tras encontrárselo en un restaurante. Después llegó Tony Curtis y  finalmente Marilyn Monroe, con la que ya había trabajado en la Tentación vive arriba (1955). Para Wilder, trabajar con...

Cine que dignifica la naturaleza humana Ene27

Cine que dignifica la naturaleza humana...

Hay ocasiones en las que el cine se convierte en un mal necesario. Deja de ser esa  válvula de escape a la vida rutinaria, o la fantasía que nos empuja a pensar que un mundo mejor es posible. A veces, el cine retumba en la conciencia como un cañonazo, mostrándonos que la capacidad de supervivencia del hombre supera con mucho al más adaptado de los insectos o a la más espabilada rata de cloaca. Y es en ese momento, cuando todo parece perdido y sólo nos empuja a despertar por la mañana el más puro y profundo instinto animal, cuando reencontramos la poesía y la grandeza que nos dignifica. Basada en las memorias del célebre pianista polaco Wladyslaw Szpilman (1911- 2000), y tituladas  Śmierć Miasta (Muerte de una ciudad), El Pianista (2002),  arranca justamente en el momento en que los alemanes bombardean Varsovia, en cuya emisora de radio Szpilman se encuentra interpretando una pieza al piano de Chopin. La irrupción repentina de la barbarie en mitad de una de las expresiones más elevadas de nuestra cultura occidental, es el primer aldabonazo a nuestra conciencia civilizada. Y aunque todo hace pensar en lo peor, la familia de Szpilman, de origen judío, pretende mantenerse ajena a la debacle, organizando la marcha como si de unas vacaciones se tratara. La radio, el lugar donde viven las emociones del protagonista, acaba de anunciar que Reino Unido ha declarado la guerra a Alemania, así que la contienda no puede durar mucho. Y efectivamente, así fue para toda la familia de Szpilman, trasladada en un viaje sin retorno al campo de concentración de Treblinka. El pianista, en cambio, consigue salvar la vida gracias a la ayuda de sus amigos, y esconderse en una Varsovia en ruinas que será su macabro...

Guión para una vida perturbada Ene20

Guión para una vida perturbada...

Una infancia marcada por el holocausto judío, un asesinato atroz y una condena por pederastia. Aunque parezca el argumento de una película de terror, en realidad son episodios que forman parte de la sorprendente trayectoria vital de uno de los  más carismáticos directores de cine de Europa. Una vida que sin duda, se refleja en sus películas. Su cine tiene mucho de inquietante. A diferencia de otros grandes directores como Kubrick, Dreyer o Hitchcock, su técnica cinematográfica desaparece bajo la verdadera dimensión de sus películas;  lo que realmente atrae de Roman Polanski es su capacidad para hacernos sentir las emociones humanas en nuestra propia carne. Superada ya la barrera de los ochenta años, Roman Polanski sigue siendo director de cine. En 2013 estrenó el que es, de momento, su último largometraje, La Venus de las pieles, donde como siempre las excentricidades de su narrativa aparecen bañadas de un experto barniz de clasicismo cinematográfico. Más de cinco décadas después de haber iniciado su carrera  (La Bicicleta, 1955), la inclinación de Roman Polanski por los juegos psicosexuales de la mente realizados en espacios claustrofóbicos, sigue absolutamente vigente en sus películas. Su propia vida supera en muchos pasajes a la más excitante de las ficciones, rozando a ratos lo sublime, a ratos lo criminal. Mucho se ha escrito sobre el peso de su propia existencia en su cine, marcado por el miedo, los espacios cerrados, el sexo y las actrices casi —o sin el casi— adolescentes que, irremediablemente, terminaban convirtiéndose en sus amantes. La edad le hace conservar los objetos que le recuerdan tiempos mejores con celo casi infantil, como la estatuilla del Óscar al mejor director conseguida por El Pianista (2002) y que no pudo recoger. O ese sillón roto que le regaló su segunda esposa,...

Filmando la injusticia Dic16

Filmando la injusticia...

Hay lugares del mundo donde parece que es imposible la esperanza cuando te enfrentas al sistema. Y sin embargo, surgen documentales como Presunto Culpable que demuestran de una forma sorprendente que la ética y la lucha por hacer justicia pueden estar por encima de leyes hechas a la medida de los corruptos. En México, la ley dice que eres presuntamente culpable hasta que consigas demostrar lo contrario, lo cual sucede muy pocas veces ya que el 95% de las sentencias son condenatorias. En México, el 92% de las acusaciones se basan en testigos o supuestos testigos, nunca en pruebas periciales. En México, el 93% de los acusados no ve jamás al juez. En México, se premia con ascenso a los policías por el número de detenciones acumuladas de supuestos delincuentes, así que no es de extrañar que los cuerpos de seguridad detengan y acusen en muchos casos a cualquiera que pueda tener la más mínima relación con un delito. Y aunque resulte difícil  de creer, un policía puede acusarte de un delito tan grave como el homicidio, por el simple hecho de querer poner otra muesca en la culata que cuenta las detenciones  que ha realizado. Basta leer los periódicos de vez en cuando para que nada de todo esto pueda asombrarnos, dada las continuas referencias a la situación deplorable, corrupta y surrealista de la justicia y la policía mexicana. Pero ser testigos de primera mano de hasta qué punto unas reglas y leyes diabólicas pueden  arruinar la vida de un hombre y de su familia, resulta un ejercicio necesario para no perder de vista la magnitud de este dislate. Por ello Presunto Culpable se convierte en un más que necesario documental que nos ayuda a entender porqué en México la policía puede cometer...

Un juego de espejos para distorsionar el arte Dic09

Un juego de espejos para distorsionar el arte...

El primer largometraje de Banksy se convierte en una reflexión sobre la evolución que ha convertido al arte callejero en un reflejo deforme de sí mismo. Pero lo que es indudable es que se trata de una película genial, profunda e inteligente sobre el street art y su creciente comercialización. Que uno de los artistas más influyentes del siglo XXI, el graffitero y street artist británico Banksy decida hacer un documental sobre su vida, es ya de por sí extraordinario, teniendo en cuenta la fobia que tiene a ser reconocido. Pero es aún más extraordinario que a mitad del proyecto, Banksy decidiera que era mucho más interesante plasmar la vida de quien fue su sombra durante el rodaje, atónito por la capacidad de este personaje de inventarse, de la nada, una vida como artista de éxito. El personaje en cuestión es Thierry Guetta, un francés afincado en Los Ángeles desde mediados de los ochenta, y cuyo único mérito hasta convertirse de la noche en la mañana en un cotizado artista, había sido regentar una tienda de ropa de segunda mano y filmar de forma obsesiva todo lo que sucedía a su alrededor. Esa evolución vital es la excusa para hablar sobre el arte callejero, con una mirada ácida y desconcertante que pone en tela de juicio –sólo hasta cierto punto -, el mercado del arte contemporáneo y los mecanismos que convierten el proceso productivo de un individuo en creación artística. Exit through the gift shop (2010), es la primera incursión en el cine de Banksy, y fue uno de los documentales —o mockumentary, según se mire—, más celebrado de los últimos años. Ganador de innumerables premios en festivales de cine de todo tipo, llegó incluso a estar nominado a los Óscar. No es ni...

Universidad: cultura de la cultura Nov27

Universidad: cultura de la cultura...

La universidad, como toda propuesta educativa, siempre debería ser un experimento que conduzca a construir un mundo nuevo, mejor. Pero es su potencial y su capacidad de ser mediadora en la construcción de cultura, lo que la coloca en una posición privilegiada para favorecer el desarrollo humano. El departamento de Comunicación y Educación de la Universidad Loyola Andalucía viene trabajando desde sus inicios en aspectos tan vitales para la sociedad del siglo XXI como la comunicación positiva, los mass media y el cambio social y la innovación en la enseñanza. Para este joven grupo de investigación, la universidad no tendría razón de ser sin estar al servicio de la cultura, porque la cultura es un elemento esencial de convivencia y sin cultura, la sociedad —y con ello la universidad—, dejarían de ser viables. José Antonio Muñiz, director del departamento, se remonta a los orígenes de la institución educativa para recalcar su papel como mediadora cultural: Hace ya varios siglos, en una Europa aún inmersa en el Medievo, veía la luz una institución destinada a cambiar el mundo: la universidad. Desde entonces, la misión para la que nació sigue siendo más necesaria que nunca, misión que no es otra, o debiera ser, que el progreso en el bienestar y la transformación social. Para ello, además de velar por la excelencia docente e investigadora, y estar en continua comunicación con la sociedad que le cobija, no puede olvidarse de la promoción de la cultura. En estos tiempos en los que confluyen, cual tormenta perfecta, el utilitarismo excesivo y los recortes financieros públicos y privados, es fácil caer en el error de pensar que la cultura es algo superfluo y prescindible, también en las universidades. Sin embargo, como denuncia el profesor italiano Nuccio Ordine en La utilidad de...

La mirada que enseña a aprender Nov18

La mirada que enseña a aprender...

Una obra artística o una película pueden convocar a una serena reflexión. Esto ocurre con el documental francés ‘Ser y tener’ (2002), que tras su estreno, y contra todo pronóstico, fue capaz de activar a nivel internacional un debate acerca del reto de transmitir el saber. El verbo francés être, del latín esse, es un verbo que en términos generales define un estado de existencia. Su significado es mucho más amplio que el estar del castellano, ya que abarca también todas las acepciones del verbo ser. Junto a avoir, constituyen los dos auxiliares que permiten construir todos los verbos compuestos de la gramática francesa. La elección de Être et Avoir (2002) como título de este documental por parte de su director Nicolás Philibert, no es por tanto gratuita. Ambos verbos forman parte de lo esencial de la enseñanza desde el mismo instante en que los niños franceses empiezan a ir a la escuela. Pero también simbolizan, a través de sus múltiples significados, la riqueza del aprendizaje, de la vida, de la personalidad de cada ser humano. Rodada entre diciembre de 2000 y junio de 2001 en el pueblecito de Saint-Étienne sur Usson, en la región de l’Auverge, en pleno macizo Central francés, esta película documental trata sobre la transmisión del saber, del aprendizaje y también de la dificultad de crecer. Y lo hace a través de la mirada sin interferencias de un profesor, -George López-, de una de las numerosas classes uniques dispersas por toda la Francia rural, y de los trece alumnos de entre 4 y 11 años que la componen. Tras múltiples búsquedas del entorno ideal a lo largo y ancho de la geografía francesa,  Nicolas Philbert, uno de los documentalistas más reconocidos del siglo XXI,  se decantó por  seguir al maestro George...

Inside Job o la codicia como virtud Nov11

Inside Job o la codicia como virtud...

El documental ganador del Óscar en 2011 cumple con una de las funciones que mejor describen el género: la de servir como herramienta de denuncia social, mediante la investigación de verdades incómodas, y el reflejo de las mismas mediante testimonios en primera persona. Un trabajo que responde a decenas de preguntas sobre el origen de la recesión económica mundial y que señala por primera vez a sus verdaderos artífices, según las tesis que plantea la película. Cuando la sociedad española se encuentra más escandalizada que nunca por la corrupción y el enriquecimiento ilícito de parte de la clase política – llámese tarjetas opacas, operación Púnica o caso Alaya, por citar solo tres de los ejemplos más recientes y más sangrantes-, se hace duro pensar que no existe una película más seria y necesaria que Inside Job. Como afirma esta película, ganadora del Óscar al mejor documental en 2011, la crisis económica de 2008 no fue un accidente. Bajo la voz de Matt Damon se abordan no sólo las causas, sino también los responsables de la debacle económica que significó la ruina de millones de personas, la pérdida de hogares, empleos y sueños de un futuro mejor, y que además puso en peligro la estabilidad económica de los países desarrollados. A través de una extensa investigación y de entrevistas a financieros, políticos y periodistas, que ante la cámara son incapaces de justificar sus acciones, Inside Job muestra la historia de un gobierno de Wall Street y explica cómo la crisis financiera ha sido efectivamente un inside job , un delito interno colectivo ejecutado por banqueros, políticos, agencias calificadoras, burócratas e inclusive profesores universitarios. Cuando el mercado de hipotecas subprime se desplomó, destruyendo los ahorros de toda una vida de muchas personas, ellos habían creado los mecanismos para evitar que la debacle económica les afectara...

Sentir la guerra Oct14

Sentir la guerra

Nunca antes el cine había sido capaz de reflejar tan certeramente la visión de la guerra desde el punto de vista del soldado, salvo en la secuencia inicial del desembarco de Normandía en Salvad al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998). Pero la diferencia es que esta vez, en Restrepo, los soldados no son actores. Y la guionista es la propia guerra. El reconocido crítico de cine David Eldestain escribió que Restrepo era un documental ambientado en un mundo casi alienígena con un toque de surrealismo.  En cambio, -afirmaba-, no podía existir un cine más alejado del escapismo. En Restrepo sus directores, los reporteros Tim Hentherintong –asesinado por un mortero en Libia en 2011, poco después de estrenar la película-, y Sebastian Junger, se empotraron en un comando del ejército norteamericano en Afganistán. Su objetivo era tratar de mostrar su profundo interés y respeto por la realidad que vivían los soldados. Pero ¿qué es la realidad? En Restrepo nos encontramos un reflejo de la riqueza y la ambigüedad de la vida de los soldados, pero más allá de la observación objetiva. La realidad humana, cuando se encuentra bajo presión, se convierte en surrealismo y alucinación, como se observa brillantemente en este documental. La mezcla de lo cotidiano y el horror de la guerra, soldados casi infantiles en sus comportamientos, a ratos destrozados y hundidos en sus testimonios a la cámara, quedan convertidos, en la escena siguiente, en terribles guerreros capaces de todo. Es aquí donde las percepciones de los directores quedan incluidas en el resultado final como parte de la rica narrativa resultante. Candidata al Óscar al mejor documental en 2011 y galardonada con numerosos premios, Restrepo narra el despliegue de un pelotón de soldados estadounidenses en el Valle de Korengal en Afganistán,  considerado uno...

La épica de la sencillez Sep30

La épica de la sencillez...

En la trilogía cinematográfica a la que pertenece Rompiendo las olas, Von Trier recupera su obsesión adolescente por la capacidad de entrega del ser humano. El director danés lo hace además rindiendo un implícito homenaje a su compatriota Dreyer, y desplegando todos los recursos narrativos que el Manifiesto Dogma  pone a disposición de la historia del cine. No puedo decir que Lars Von Trier sea uno de mis directores fetiches. Ni siquiera puedo decir que su filmografía y trayectoria profesional, aún calificándola de extraordinaria en el sentido literal de la palabra, me fascine. No puede negarse que su afán por romper lo establecido y ser el creador de Dogma 95,  uno de los movimientos cinematográficos más auténticos y vanguardistas, le ha elevado según algunos, a la categoría de creador e innovador cinematográfico. Sin embargo, buena parte de sus películas, especialmente las de su más reciente etapa creativa, exceden con creces el buen gusto y se dedican casi exclusivamente a dar rienda suelta a sus instintos pornográficos, mezclados con una buena dosis de sadomasoquismo nórdico.  Películas como Anticristo (2009) y Ninphomaniac (2013) no pueden calificarse más que de subversiones del subconsciente adolescente de un director  pagado de sí mismo y que ha decidido hacer, cinematográficamente hablando, de su capa un sayo. Sin embargo, en medio de esta debacle sexual en la que se ha convertido últimamente su cine, Von Trier (el ‘von’ distinguido es un añadido personal a su apellido producto de su admiración por directores como von Stroheim y von Sternberg) nos ha brindado auténticas joyas del cine. Y probablemente sea Rompiendo las olas (Breaking the waves, 1996) el mejor paradigma de cómo la técnica depurada, cruda y realista producto del Manifiesto Dogma, y la poesía, las emociones y las obsesiones convertidas en fotogramas,...

El miedo, la muerte, el sexo Sep16

El miedo, la muerte, el sexo...

Tercera parte: De la televisión al thriller psicológico (1955-1980) El tiempo y la paradoja que encierran la personalidad de Hitchcock han hecho que el cineasta más accesible por la simplicidad y la claridad de su trabajo sea, a la vez, un genio irrepetible, capaz de filmar las relaciones más sutiles y ocultas, reflejos de sus inconfesables obsesiones. Mucho antes de que aparecieran ni siquiera en la imaginación de los guionistas series hoy consideradas de culto como  Los Soprano,  A dos metros bajo tierra o Dexter, Alfred Hitchcock ya había inventado una personalísima forma de hacer televisión de autor. Como todo pionero, lo que más le atraía era la posibilidad de experimentar con nuevas formas narrativas. Ahora los cameos de sus películas se convertían en apariciones en la pantalla en toda regla, y su ego, siempre a la búsqueda de nuevos espacios interpretativos, encontraba el papel protagonista que siempre había deseado. La televisión dio a Hitchcock la ocasión de ser conocido por el gran público no sólo por sus méritos como director de cine, sino por su propia personalidad. Ningún cineasta vivo o muerto es tan reconocible como Hitchcock por los espectadores, y la televisión, lógicamente, tuvo mucha culpa. Entre 1955 y 1965, a los sones de la Marcha fúnebre para un títere de Charles Gounod, y con una silueta dibujada por él mismo como cabecera, el mago del suspense se abrió un hueco cada semana para presentar sus shows Alfred Hitchcock presenta y La hora de Alfred Hitchcock.  Se trataba de auténticas antologías de relatos de crimen y misterio seleccionados y dirigidos por él mismo o por realizadores solventes, y con actores de la talla de Steve McQueen, Peter Lorre o Vicent Price entre otros. Pero lo mejor de estas historias de suspense era la introducción y el epílogo que de...

El nacimiento de una dorada obsesión:El perfil vital de Alfred Hitchcock Sep09

El nacimiento de una dorada obsesión:El perfil vital de Alfred Hitchcock...

Segunda parte: Hollywood se rinde a sus pies (1940-1955) «Es cierto, no me atraía Hollywood como lugar. Lo que quería era entrar en los estudios y trabajar en ellos». Con esta frase, Hitchcock confesaba su falta de interés hacia el modo de vida típico de las estrellas de la meca del cine. Pero su gusto por el lujo y sobre todo, su obsesión por las actrices rubias, lo ligaron a Hollywood el resto de su vida. Un contrato de casi 3.000 dólares semanales, más una bonificación anual de otros 15.000 por dirigir dos películas al año  le bastaron al productor David O. Selznick para convencer a Hitchcock de que Hollywood era su sitio. A partir de la década de los cuarenta, gozaría de libertad para  elegir el equipo de rodaje, los guionistas y lo que era para él aún más importante: las protagonistas femeninas de sus películas. Con Rebeca (1940) y la actriz Joan Fontaine comienza la larga serie de películas donde las rubias y el suspense compartían protagonismo a parte iguales. La actriz escribió en su autobiografía que Hitchcock tenía una extraña manera de comportarse, como si su lema fuera «divide y vencerás». Reclamaba total lealtad, pero solo a su persona.Aquello le permitía ejercer el mando, y formaba parte de la confusión que buscaba y que tanto favorecía el ambiente agónico y opresor de sus películas. Nunca daba a los actores —y mucho menos a las actrices—  la confianza suficiente para hacerlos fuertes y seguros de sí mismos, todo lo contrario; buscaba ahondar en sus complejos y mantenerlos emocionalmente en la cuerda floja para hacer más creíbles sus interpretaciones de personajes al borde del abismo. Como él mismo afirmó varias veces, «sentía predilección por las nórdicas», a las que consideraba mujeres misteriosas, frívolas...

Nada es lo que parece: El perfil vital de Alfred Hitchcock Sep02

Nada es lo que parece: El perfil vital de Alfred Hitchcock...

Primera parte: De Londres a Hollywood (1899-1939) Todos los genios necesitan que el mundo gire en una determinada dirección para que su vida sea extraordinaria. Alfred Hitchcock no fue una excepción. Llena de matices diabólicos y divinos, la personalidad del cineasta ha hecho que cientos de seudoestudios biográficos sobre su vida y obras pululen hoy por las bibliotecas y la red, buscando desentrañar las verdaderas razones que le llevaron a convertirse en un genio. Si Alfred Hitchcock (1899-1980) levantara la cabeza, diría que por fin se ha hecho justicia. Por primera vez en cincuenta años, Ciudadano Kane (1941) ha dejado de ostentar el cetro de la mejor película de la historia para cederle el puesto a Vértigo (1958), que rodó este director de origen inglés, obeso, acomplejado y obsesionado con las rubias, pero que fue capaz en esta película, de hacer una maravillosa y triste reflexión sobre el amor y sobre los velos que manipulan las pasiones sexuales. Las películas de Hitchcock no envejecen, o al menos lo hace mucho mejor que sus inmediatas competidoras. Probablemente porque bajo la mirada caleidoscópica del suspense, el director escondía sus propias obsesiones, las que le acompañaron desde que era un niño de clase media del actual East End de Londres.  La culpa, la manipulación, el sexo e incluso el sadomasoquismo estuvieron presentes en su mente y en su vida desde su más precoz infancia. Y esas obsesiones han sido una de las razones por las que su personalidad, casi tanto como su cine, sigue fascinando y atrayendo como una puerta cerrada tras la que intuimos se esconde un macabro secreto. El imaginario colectivo se ha basado sobre todo en el sorprendente libro El Cine según Hitchcock (1966),  en el que el cineasta francés François Truffaut recoge una...