Back to de Future: El futuro siempre será nuestro

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El próximo 21 de octubre, miles de personas han confirmado su asistencia virtual a un evento sin precedentes: dar la bienvenida a un personaje de ficción. Ese es el día que Marty McFly, el protagonista de Regreso al Futuro, viajaba más lejos en el tiempo; y legiones de fans se congregarán en Hill Valley, Califormia, tanto físicamente como a través de las redes, para asistir a su llegada.

Casi parece mentira, porque eran 20 años los que no eran nada, y han pasado ya 30 desde que Regreso al Futuro nos metió en ese ciclo de viajes en el tiempo de un chaval de 17 años, y su amigo inventor. El futuro al que viajaban ya está aquí y nosotros con él. Por eso, este año 2015 es una fiesta para los millones de seguidores de la trilogía, que cumple, además, 30 años de su estreno. Reestreno anunciado; presentación del documental dirigido por Jason Aron; Nike a punto de sacar al mercado las míticas playeras con robocordones; Lexus trabajando en el prototipo del aeropatín; eventos en todo el mundo; reencuentro de sus protagonistas; un musical que cuenta con la participación del director y el guionista de la saga; una carcasa capaz de convertir un móvil en un DeLorean en miniatura; un cómic; y hasta un Monopoly edición especial “Back to de Future”; son una muestra de la expectación que existe.

Lo que no va a haber (desilusión para quienes llevan años esperándolo, y creyeron el anuncio falso indicando lo contrario), va a ser ni continuación ni remake. Robert Zemeckis, el director,  ha sido muy claro al respecto al afirmar que solo se harán cuando él y Bob Gale (el guionista) estén muertos, y sus herederos pierdan la batalla por los derechos. Tal vez, una continuación no tendría sentido, porque la tercera entrega terminaba exactamente como tenía que terminar; un remake de la primera parte, aún menos. No solo porque la película es buena, que es la razón que esgrime el director, sino porque su éxito viene de una suma de aciertos, errores y casualidades en un equilibrio más que difícil. Zemeckis acertó, pero acertó en una época concreta. En aquellos 80, los adolescentes (y no tan adolescentes), queríamos vestirnos de Levi Strauss, escuchábamos música considerada demasiado ruidosa o demasiado comercial, nos gustaban los monopatines (aún no los llamábamos skates), nuestra vida giraba en torno a los amigos, y las conversaciones en torno a lo que nos depararía el futuro. El nuestro individual, y el futuro del mundo en general. Hasta que llegaba el aguafiestas de turno a recordarnos que habían dicho que en el 2000 el mundo se acabaría, y nos chafaba. Y, por supuesto, nos quejábamos de que nuestros padres no nos entendían. Aún éramos lo suficientemente egoístas como plantearlo en esos términos y no en los de entendernos con nuestros padres. Queríamos vivir aventuras; que el bien triunfase sobre el mal; y ser los dueños de nuestro destino.  Supongo que no muy diferentes a los de ahora. Y, entonces, llegó Robert Zemeckis y nos dio todo eso en forma de película. Por eso nos gusta. Regreso al Futuro, a pesar de su Oscar, sus 4 nominaciones, sus numerosos (y prestigiosos) premios, y su clasificación dentro de las mejores películas de todos los tiempos, no es una obra maestra de la ciencia ficción. Es una buena película, sin duda, pero no una obra de arte, y no es realmente ciencia ficción (el propio director lo ha afirmado en alguna ocasión, incidiendo en el carácter de entretenimiento de la misma). Las tres están plagadas de gazapos (lo que ha contribuido no poco a mantenerlas vivas, en los cientos de discusiones al respecto que hay), las caracterizaciones tienen el punto justo para resultar casi creíbles, y no dan la sensación de haber sido especialmente cuidadas en muchos aspectos. Pese a lo cual, el ritmo es ágil, el guión, emocionante y divertido, la banda sonora, más que adecuada, los efectos especiales están bien hechos, y los actores hacen un trabajo más que digno. El conjunto funciona, y funciona muy bien. En cuanto a lo de que se trate de ciecia ficción, es cierto que los viajes en el tiempo son un tema recurrente en dicho género, pero cumplen una finalidad que Regreso al futuro no tiene. En la ciencia ficción, lo que se presenta son escenarios alternativos; bien en el tiempo, bien es el espacio; en los que la ciencia, de alguna manera, ha llevado a la sociedad a ser diferente, y se busca la reflexión o la crítica acerca de lo que somos; de hacia dónde vamos. En Regreso al Futuro no se da nada de eso. No trata de hacernos pensar, sino de hacernos creer. Creer en que el futuro es nuestro, y está en nuestras manos.

En cuanto a la película, si alguno de los más de 40 estudios a los que fue presentada y por los que fue rechazada hubieran podido viajar en el tiempo, y ver el éxito mundial en que se convertiría, seguramente hubiera sido rodada mucho antes. Hizo falta bastante para que alguien apostara por un proyecto nacido de una idea muy simple ( Bob Gale, viendo el anuario de instituto de su padre, se preguntó si, de haberse conocido entonces, serían amigos), en el que se introdujo la posibilidad de que el protagonista, al viajar hacia atrás, conociera a su madre y esta se enamorase de él, que fue lo que se empleó como “gancho”. Finalmente, Spielberg se convirtió en co-productor, y consiguió que Universal la llevase adelante. El éxito fue tan grande que llevó al equipo a rodar una segunda y una tercera parte.
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La primera de las entregas (para muchos la mejor) es la responsable de haber metido en nuestras vidas a la familia McFly, a “Doc” Emmet Brown, y, por supuesto, al condensador de fluzo. Marty (Michael J. Fox) es un chaval de 17 años que quiere ser músico, ir con su novia, Jennifer (Claudia Wells) al lago, y que su madre (alcoholizada y frustada por la vida que llevan), acepte a su chica. Su  padre, mucho más comprensivo, está dispuesto a dejarles el coche, pero el que lleva siendo su pesadilla desde el instituto (Biff, arquetipo de personaje odioso y abusón que sigue siendo el mismo a pesar de los años, y al que George McFly nunca ha sido capaz de plantar cara), lo ha destrozado. Todo muy cotidiano. Pero Marty tiene un amigo científico (Doc, interpretado por Christopher Lloyd) que le llama ese mismo día para enseñarle su último invento: una máquina del tiempo. Por desgracia, la máquina requiere plutonio para funcionar, y unos terroristas libios aparecen para hacerse con él. Pequeño punto de actualidad política, en unos años en los que los malos por excelencia eran los rusos, hecho un año antes del bombardeo de EEUU sobre Libia. Por supuesto, los libios los atacan, matan a Doc, y Marty no tiene más remedio que esconderse en la máquina del tiempo, un magnífico DeLorean (inicialmente la idea era que la máquina fuese una nevera, pero se cambió en previsión de que los niños se metieran en ellas tratando de emular al protagonista), que es una de las mejores bazas de la cinta. Escapar, escapa, pero no solo en el espacio, ya que el coche estaba preparado para viajar a 1955, que es donde aparece.

Ágil, divertida, llena de guiños a los 80, es la favorita de muchos, incluido Ronald Reagan. Una de esas películas que dejan buen sabor de boca, y se recuerdan con cariño.

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La segunda parte comienza exactamente donde finaliza la primera, en el porche con Jennifer (ahora interpretada por Elisabeth Shue) y Marty, recién llegado del pasado. Todo en orden el el presente, todos felices, los papeles invertidos y Biff en su sitio, cuando aparece Doc para llevarse a ambos al futuro. Uno de sus hijos tiene problemas. Y allá que van, para encontrarse un 2015 en el que los coches y los monopatines vuelan, las cámaras son dirigidas por drones, las puertas se abren con la huella dactilar, los relojes y las gafas son inteligentes, las reuniones son por videoconferencia, y un sin fin de adelantos más imaginados por Zemeckis y Gale. Hoy, más que nunca, es curioso ver (y recordar) cómo imaginábamos que sería, y comparar con lo que tenemos. Es la entrega que más juego da, sin duda. La que más saltos temporales y más paradojas contiene, y, por tanto, la que más discusiones suscita. Hay, incluso, una escena divertidísima en un capítulo de Big Bang Theory en el que los protagonistas debaten acerca de las líneas de tiempo de la misma. Tenemos a Marty y a Jennifer (dormida) en 2015, impidiendo que sus hijos acaben en la cárcel, cuando a Marty no se le ocurre más que comprar un almanaque deportivo con los resultados hasta el año 2000, con idea de llevárselo a 1985 y apostar. Pero (sin pero no hay acción), el almanaque es robado por Biff, junto con el DeLorean, que se lo lleva a 1955 para dárselo a su yo de entonces, lo que hace que el 1985 al que regresan haya cambiado, ya que Biff se ha hecho multimillonario gracias a él. Marty se encuentra un presente distópico, un barrio destrozado, su casa ya no lo es, su instituto no existe, y las calles están llenas de miseria. Una sociedad sin justicia y con la policía comprada, en la que Biff, como hombre más rico del mundo, campa a sus anchas. Y lo que es peor, a su padre muerto, y a su madre casada con quien siempre le hizo la vida imposible. Biff es un acosador, obsesionado con ella (en la primera la amenaza con que llegará a ser su mujer), que la maltrata, y su madre, una víctima agotada y superada por la situación. Por supuesto, no queda más remedio que volver a 1955 para evitar que el Biff de 2015 le entregue el almanaque al de 1955, con lo que hay un momento en el que se encuentran, simultáneamente, dos Martys y dos Docs de 1985 viajando en el tiempo. Recuperar el libro no va a ser sencillo, y la película se convierte en una de acción trepidante. Volver al 85, aún menos. Un rayo ha caído sobre el DeLorean y lo ha hecho desaparecer. Marty queda atrapado en 1955, Doc ha desaparecido, y un mensajero le trae una carta escrita por este…en 1875. Y ahí nos quedamos, porque la peli acaba con “continuará” y con un avance de la tercera entrega.

La tercera y última se hizo esperar poco. Ambientada en el oeste americano (uno de los grandes aciertos de la trilogía es la manera que tiene de cambiar de escenarios), repleta de guiños al cine (Marty se hace llamar Cleant Easwood), en el que Doc, al fin, ha encontrado su sitio. Es feliz siendo herrero, y tratando de inventar objetos que le permitan tener las comodidades del s. xx. No quiere volver, pero, cuando Marty descubre que es asesinado por un antepasado de Biff, no le queda más remedio que plantearse salir huyendo. Solo hay un problema: el DeLorean tiene perforado y vacío el depósito de gasolina, y, sin ella, el motor no funciona. Y van a tardar más de una semana en inventarla, que es lo que falta para que lo maten. Para colmo, el amor se cruza en su vida. Clara, la maestra llegada al pueblo, dulce, dulcísima, y apasionada por Julio Verne y la ciencia. Una mujer entre diez millones. Volver supondría renunciar a ella. Todo se complica cuando el malo malísimo acusa a Marty de ser un gallina, haciendo que este acepte batirse en duelo, lo que acabaría con él muerto.

Pero el amor triunfa, ganan los buenos, y, sobre todo, la lección es clara: el futuro no está escrito. Ni depende de hechos o acontecimientos, sino de nosotros mismos. Eso, ni más ni menos, será lo que esté presente el próximo 21 de octubre, en esa fiesta en la que el protagonista principal ni estará, ni se le espera. Porque, a fin de cuentas, a pesar de todo, nosotros estamos aquí. Y eso hay que celebrarlo.