Bailar, bailar y bailar

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Rafaela Carrasco es la directora del Ballet Flamenco de Andalucía. No entiende la vida sin que esté rodeada de arte. Ni el arte rodeado de vida. Desde muy niña comenzó a bailar teniendo que sortear todo tipo de obstáculos. Pero ella lo que quería era bailar porque era la forma de expresión necesaria para crecer como persona y, desde luego, como artista. Ahora, además, es maestra de maestros, actividad con la que confiesa aprender cada día al verbalizar los conceptos que llegó a conocer a base de repetición y al aprehender todo lo que le resulta innovador.  Rafaela Carrasco es una artista de raza, de las de verdad.

Aranjuez es uno de los pueblos más espléndidos de la provincia de Madrid. Ahora, cuando el tiempo ya invita a tomar un café en un velador sin pasar más calor de lo necesario, me encuentro con Rafaela Carrasco, directora del Ballet Flamenco de Andalucía, para charlar. Un manchadito muy corto de café para ella. Cortado para mí. Rafaela es una mujer cercana, con la que da gusto hablar. Aunque no gesticula en exceso, se ayuda con un movimiento de las manos si quiere enfatizar sobre lo que dice. Y nunca deja de mirar a los ojos como queriendo entender perfectamente al que tiene delante, buscando los matices de lo que va escuchando.

Hablamos de la crítica, de Aladar, de los niños (del suyo y de los míos), del Ballet Flamenco de Andalucía. Mientras, removemos los cafés bebemos despacio.

Rafaela, todos sabemos que eres una gran bailadora y eso no lo vamos a contar una vez más (asiente con la cabeza enseñando, al mismo tiempo, un gesto que debe significar algo así como sí, vamos a hablar de otras cosas que eso ya se lo han dicho un millón de veces), pero me interesa mucho saber cómo alguien llega hasta el lugar en el que te encuentras.

«Con doce o trece años me puse a dar clases en el altillo de la casa de mis padres. En Tomares. Me colocó mi padre cuatro tablas que chocaban unas con otras en el suelo y un espejo. Dicho y hecho. Comencé a enseñar sevillanas a niñas de mi edad. Eso aportaba una ayuda económica que hacía mucha falta. Era gracioso, cuando llegaba la gente, escuchar como preguntaban si allí estaba la academia de Rafaela Carrasco. Era lo más. Claro, luego me veían y ponían una cara algo extraña. Porque también enseñé sevillanas a las personas mayores que querían bailar en la feria. Más tarde comencé a dar clases en la Casa de Cultura de Tomares (nunca he dejado de dar clases desde que empecé en el altillo de casa) y fui haciendo camino».

Me interesa saber si hubo antecedentes en la familia, si alguien le había transmitido la pasión por el baile, si alguien le había enseñado a bailar mientras otras niñas jugaban en el parque. Le formulo la pregunta y vuelve a ser un torrente incontrolable.

«En casa se cantaba. A veces escuchaba a mis padres cantar cosas que ni siquiera ellos sabían como se llamaban. Mi familia es gente de campo, humilde y muy trabajadora, que nunca tuvo oportunidades para nada que no fuera trabajar duro. Cantaban de forma intuitiva, sin preguntarse por ritmos ni nada parecido. Esa es toda la tradición que puedo recordar que tenga que ver con el flamenco. Me la construí. A los seis años bailé mis primeras sevillanas en la academia del pueblo; más tarde, obligué a mi madre a que me llevara a la academia de Matilde Coral en Triana porque se había convertido en una pasión eso de bailar a todas horas. Más, más y más. Eso era lo que quería. Además, ir a Sevilla era toda una aventura. Mi madre decía qué voy a hacer yo con esta niña y mi padre me preguntaba si estaba loca, pero se embarcaron conmigo haciendo un esfuerzo enorme. Comencé con ocho años y terminé a los diecisiete cuando me fui atrabajar a la compañía de Mario Maya».

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Supongo que cuando tenías diez o doce años ya intuías que la cosa iba en serio y que triunfarías algún día, le pregunto. No, no, ni mucho menos, contesta. Alzo la ceja poniendo en duda lo que dice. Lo deseaba, pero no lo sabía, dice entre risas.

«Mira, Gabriel, recuerdo lo que me dijo un día mi madre como si lo estuviera escuchando ahora mismo. Fali (así llaman a Rafaela en casa) ¿tú estas segura de querer hacer esto? Porque si se trata solo de un juego para ti, nosotros no podemos hacernos cargo. Menuda responsabilidad me cayó encima con doce años. Ya sabía que tendría que tirar del carro con todas las consecuencias. Y me hizo pensar en lo seria que era la cosa, en que no podía fallar. Pasase lo que pasase ya no había marcha atrás. Estaba obligada a mejorar trabajando duro. Siempre he sido muy trabajadora y muy constante. Supongo que, entre otras cosas, por no poder fallar a mi familia».

¿Por qué bailas, Rafaela?

«Ahora, por necesidad absoluta. No soy capaz de distinguir entre mi vida personal y la profesional. Son un todo indivisible. Del mismo modo que no me recuerdo jugando como otras niñas (bailaba, bailaba y bailaba); hoy, no sería capaz de separar una parte de mi. Todo es uno y no se puede separar. Al margen del arte no tengo vida; al margen de mi vida no hay arte. Por ejemplo, no tengo recuerdos anteriores al baile. Era muy pequeñita cuando empecé».

Vaya, me parece muy fuerte que tu primer recuerdo sea bailando, que no haya otros, le digo. Pues mira, ahora que lo estoy diciendo, sí; a mí también me parece eso, muy fuerte.

Suenan las campanadas en el reloj del ayuntamiento de Aranjuez. Mientras hablo con Rafaela Carrasco descubro en su risa la claridad del que no esconde nada, en su mirada una broca con la que arranca cada detalle para llevarlo consigo, en cada gesto el convencimiento de ser auténtica. Habla de sus alumnos, de lo mucho que aprende con ellos obligada a verbalizar lo que hace por repetición, de ellos al descubrir detalles en el baile que le sirven para pensar en cosas nuevas. Se crece mucho en un aula. Como alumna y como profesora.

«Mario Maya decía de mí que era una especie de ratilla de laboratorio. Tengo cierta facilidad para captar la idea. Pronto comencé a ser repetidora (son las personas que enseñan al resto de compañeras las coreografías) con Matilde Coral y lo mismo sucedió con Mario. Era algo muy natural. Hoy, enseño a enseñar, reflexiono sobre todo lo que he ido aprendiendo y trato de transmitir esas ideas a otros. Es fascinante».

¿Y crear?

«Pues mira, Mario Maya era muy innovador, tenía unas ideas espléndidas, pero necesitaba que alguien le diera lo que el necesitaba si hablamos, por ejemplo, de pasos o de variaciones. Lo reclamaba para dar forma a la creación. Creo que soy una persona razonablemente creativa».

Rafaela comenzó su carrera profesional directamente en una compañía. Su hábitat es el teatro y eso hace que comprenda perfectamente el lenguaje, los códigos que se utilizan en un escenario. Entiende que un espectáculo es un conjunto artístico y técnico indisoluble.

«Del mismo modo que Matilde Coral me enseñó el respeto, la disciplina, el baile en sí; con Mario aprendí a entender un escenario».

¿A que te refieres al decir respeto?

«Al respeto por el flamenco, por la tradición, por lo que se conoce como pureza. Esto es importantísimo. Si no sabes de dónde vienes ¿cómo vas a saber a donde vas? Pero tengo que decirte una cosa. A veces los profesionales queremos que eso sea cosa del público; que sepan de técnica como nosotros mismos. Y eso no es así. El público lo que tiene que hacer es sentarse a disfrutar, a emocionarse. El flamenco es una expresión cultural étnica que nace como necesidad de expresión. El público debe ser ajeno a todo lo que corresponde al profesional. Igual que los que bailan sin formación bailan para expresar los sentimientos más primitivos del ser humano, el público debe recibir ese arte sin barreras que le impidan disfrutar de la pureza del flamenco. Esa pureza no se aprende; sólo puede sentirse. Es un error agarrarse a lo puro, a lo más tradicional, para valorar un espectáculo. Lógicamente, un profesional se fijará en aspectos mucho más difíciles de ver y que, por supuesto, yo respeto al máximo, pero eso es cosa de pocos. El público, generalmente, no entiende tanto como para llegar a esos límites. Afortunadamente, porque no hay nada comparable a ver a alguien llorar viendo como otro baila. Sepa mucho, poco o nada de flamenco. Si es verdad lo que está ocurriendo en el escenario todo va bien y termina llegando con claridad a la platea».

¿Existe algún peligro para el flamenco tradicional?

«Ninguno. Los códigos de lo puro están y estarán siempre. Sin eso no se podría caminar. En cualquier caso, ya está todo hecho. Las grandes innovaciones son más cambios estéticos que otra cosa. Y muy personales».

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Rafaela se siente afortunada por cómo le van las cosas. Aunque ahora habla con cierta amargura al pensar en el universo artístico que comparte con tantos otros.

«En España, todo va de mal en peor. Parece mentira que un país con una riqueza cultural tan inmensa lo desprecie de este modo. Los tablaos se han llenado de figuras a falta de otra cosa, no tienen oportunidades de ningún tipo, los cachés están por los suelos, tener una compañía propia es un sueño casi imposible. La cosa está difícil. Aunque se está viviendo un momento fantástico, por otra parte. Nunca hubo tanta preparación técnica ni intelectual, nunca hubo tanta información para los bailarines. Pero esto no da para comer, claro. Y hay mucha gente de fuera de España que baila más que bien. En el Ballet Flamenco de Andalucía tenemos algunos ejemplos que dejan con la boca abierta a cualquiera».

¿Esto puede ocasionar que la cantera del flamenco se vea mermada?

«No; rotundo. La necesidad hace que busques alternativas y saldremos adelante».

Las circunstancias actuales ¿obligan a crear condicionado?

«Cuando pienso en las nuevas coreografías me dejo llevar por lo que necesito en ese momento desde un punto de vista expresivo. Es una terapia. Expreso como me siento y es algo que te cura de inmediato. El flamenco tiene esa característica: se adapta a tus posibilidades, a tu forma de entender el baile, a tu estilo. Y con el paso del tiempo más y mejor. Más técnica, más capacidad creativa, más flamenco en su máxima expresión. Así que no, las circunstancias actuales que estamos viviendo no me afectan más que las mías propias. En absoluto».

¿Eres de la que va bailando por la casa? Rafaela recibe la pregunta entre risas.

«No, cuando llegas a casa aparcar el baile. Si cocinas, cocinas. Si haces la tarea con el niño, haces la tarea con el niño. Conviene diferenciar en cada momento. Aunque no dejas de pensar en tus cosas (como en cualquier otro trabajo) centras la atención en lo que haces en cada momento».

Nos vamos despidiendo y no dejo de pensar en la última de sus respuestas. No es así. Rafaela no deja de bailar ni un instante. Ni un solo músculo se relaja cuando hay que expresar. Y bailar no es otra cosa que eso.

En la mesa quedan un vaso, una taza y un par de cucharillas. El sonido de las campanas (otra vez) resonando en Aranjuez. Un sitio espléndido para charlar con una mujer espléndida.