Bailar en la oscuridad. Mejor no ver más cosas

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Bailar en la oscuridad es una de las mejores películas filmadas en los últimos veinticinco años. Lars Von Trier construye un trabajo en el que el buen cine se encuentra en cada toma, un film que nos muestra la cara más terrible de un mundo cruel y despiadado al mismo tiempo que descubre una zona en la que todo eso se puede convertir en un reflejo que, aunque distorsionado, nos permite poder sobrevivir. Von Trier deja a un lado la postura provocadora, casi pueril, y se dedica a narrar como pocas veces se ha logrado en el cine.

Las personas experimentamos constantemente. Recibimos lo que nos llega del entorno, lo procesamos y, o bien no ocurre absolutamente nada, o bien se establece un antes y un después de esa experiencia.

Bailar en la oscuridad, dirigida por Lars Von Trier y estrenada el año 2000, es una de esas experiencias que descolocan, que perturban, que generan un cambio radical en muchas personas (en otras el efecto es justo el contrario y las críticas son nefastas). Y es, posiblemente, el mejor trabajo del realizador danés. Es dolorosa, agresiva con las conciencias, un relato que nos provoca náuseas al hacernos pensar en lo que somos. Si bien la calidad de la imagen podría parecer modesta en exceso, lo cierto es que contienen una belleza inusual. No prima la brillantez de lo exquisito sino la profundidad y el sentido último de un trabajo extraordinario. Además, hay una explicación técnica que conviene resaltar. El relato de Bailar en la oscuridad está rodado con la cámara al hombro, buscando los encuadres que muestran sólo lo que se tiene que enseñar. Sin embargo, todo lo que tiene que ver con la imaginación de Selma se graba con la cámara fija; el color es más cálido; el montaje es evidente y, naturalmente, sabemos que nos están ofreciendo ese artificio que llamamos cine (en este territorio es en el que el director acude a los elementos técnicos más cinematográficos y más universales y se separa de su Dogma 95). Esta es una de las causas por la que la sensación de fotografía poco cuidada sorprende al espectador. Porque así lo quiere el realizador y por contraste con la la parte que si está trabajada para conseguir el efecto contrario.

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Como digo, Von Trier no se arrima a su Dogma y recoge los elementos que hacen que el cine sea cine y que nunca han dejado de estar en el mismo lugar en el que estuvieron. Recurre al cine y a la verdad para conseguir una película auténtica, transgresora en muchos aspectos.

Bailar en la oscuridad habla de la injusticia social, de las diferencias existenciales entre pobres y ricos, de una inmigración convertida en la esclavitud moderna, en una ratonera que atrapa sin soltar nunca más; y del egoísmo, de la fantasía como recurso para sobrevivir, de la doble moral que preside un mundo enloquecido en el que los malos tienen todas las de ganar y en los que se implanta la pena de muerte para resolver problemas sin acabar con su raiz.

Por si era poco, Von Trier elige la vía del melodrama musical para contarnos la historia de Selma; una mujer que emigra a los Estados Unidos de América, una mujer que es madre soltera, que se está quedando ciega con mucha rapidez, que tiene un hijo padeciendo su misma enfermedad -una dolencia por la que dejará de ver en el futuro-. Su único objetivo es ahorrar lo suficiente para que eso no ocurra. Selma apenas puede ver, Selma imagina que su realidad es un musical en el que puede vivir cada día porque los musicales son esas películas en las que nunca pasa nada malo; mezcla los sonidos de la fábrica, del tren, de cualquier cosa, para componer un número lleno de belleza del que no podría disfrutar en ningún lugar del mundo. Y Selma es una mujer que termina tirando las gafas que le permiten una mínima visión porque es mejor no ver más cosas, porque lo que ya ha sido visto se puede volver a ver si imaginas. Selma sabe que el mundo es cruel, despiadado con los más desfavorecidos. Trata de ignorarlo, pero el mundo parece odiar a Selma. Acompañamos a la mujer en un viaje sobrecogedor que nos va enseñando lo insignificantes que podemos llegar a ser, lo malvados que podemos llegar a ser, lo frágiles que podemos llegar a ser. Y ese viaje lo propone el director para enfrentar la valentía del débil y la cobardía más egoísta que esconde el ser humano; la inteligencia calculadora y esa bondad que solemos confundir con un retraso mental; la ceguera universal y la propia de Selma que le permite llegar a ver lo que otros son incapaces, la zona más amable de la realidad. Von Trier hace un esfuerzo considerable para que ese viaje sea lento, para que nos dejemos atrapar por Selma y su mundo. Se coloca, nos coloca, ante la propuesta que ya hizo con Rompiendo las olas: ¿es necesaria la actitud infantil, el no querer ver, para poder sobrevivir? Acompañamos a Selma a través de un musical imaginado que es la única posible forma de expresión ante una sociedad que termina resultando patética por su crueldad.

Encarna al personaje de Selma una extraordinaria Björk. Se lanza al vacío sin miedo alguno para conseguir un personaje compacto e inolvidable. Es tal el nivel que alcanza en su interpretación que las de Peter Stormare (un hombre de buen corazón y capaz de amar sin reparos), Catherine Deneuve (el personaje que encarna la amistad pura y desinteresada) y David Morse (la violencia y la maldad que legan del miedo), parecen prescindibles aun siendo espléndidas. Por supuesto, la música de la cantante islandesa es el aderezo exacto. Se ha criticado mucho a Björk. Es una gritona, las melodías de sus canciones son incomprensibles. Claro, como el grito que supone el sufrimiento de las personas; tan incomprensibles como es la vida.

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Dos de los números musicales de la película destacan sobre los demás. Por su importancia en la trama y por su desarrollo artístico. Von Trier introduce el género en el momento justo. Y, de paso, lo modifica para convertirlo en algo inimaginable. I’ve Seen it All (se desarrolla en un tren y es una maravilla artística y dramática) y 107 Steps (imaginado por Selma camino de una tragedia que se intuye desde la primera toma). Sí, destacan, aunque el más extraordinario es el que no puede dibujar la protagonista. La escena en la que Selma llora desconsoladamente, cantando, sin tener fuerzas para convertir en escenas lo que llega, es de una tristeza difícil de explicar.

Von Trier arriesga todo lo que tiene. Y gana con facilidad. Porque esta es una película que enternece, que hace sentir vergüenza, que nos plantea preguntas que sólo un cambio de rumbo en nuestras vidas puede contestar. Es una película que marca para siempre.

Cuando Von Trier dedica su talento a hacer cine, cuando deja las posturas casi pueriles que le enfrenta al resto del mundo, logra hacer cine de gran calidad, logra una dirección actoral soberbia, logra encuadres únicos con una cámara nerviosa que no resta un gramo de calidad a la película. Y escenas como en la que la amiga de Selma (Deneuve) le entrega las gafas de su hijo porque ya no le hacen falta. Una exquista metáfora que nos lleva a pensar en que el esfuerzo de la madre hace ver a su hijo.

Bailando en la oscuridad es una de esas películas que trazan la línea que divide el antes y el después en el espectador que ama el cine, que añora un mundo mejor.