Billy Wilder: El hombre, el guionista y sus comienzos como director

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Pese a ser indiscutiblemente uno de los mejores directores y guionistas de la historia del cine, Billy Wilder siempre sostuvo que su único objetivo era entretener al público, demostrando una admirable falta de pretensiones. Fue un narrador divertido e irrepetible. En sus inicios en Hollywood como guionista escribió junto con Charles Brackett joyas de la comedia como Medianoche y de su primera etapa como director destaca Perdición, que escribió con Chandler.

El hombre:

Wilder fue un austríaco aventurero que se dedicó a oficios varios como periodista o bailarín, hasta que empezó a trabajar como guionista en la industria del cine en el Berlín de entreguerras. También fue uno de los numerosos judíos que cruzaron el charco huyendo del nazismo y se ganaron la vida trabajando para los estudios de Hollywood. Sufrió la pérdida de parte de su familia en los campos de exterminio y para soportar el dolor, se recubrió de una recia armadura de escepticismo. Aun así, nunca perdió su anhelo de vivir y su curiosidad por el ser humano.

Cuando llegó a Hollywood, apenas chapurreaba el inglés. Sin embargo, su facilidad para mantener su ingenio en este idioma fue pronto pasmosa porque su inteligencia verbal era de primera. Su humor era tan agudo, que decían que tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar. Era valorativo con aquellos a los que apreciaba, pero ¡ay si le contrariabas! Podía ser borde como una esquina, partirte en dos con una sola frase y verter arsénico sin compasión sobre lo que quedara de ti…

Ha quedado para la historia del cine como un cínico, cuando lo cierto es que aunque a veces tratara con acidez las miserias del ser humano, no se le escapaban sus facetas valiosas y en buena parte de sus películas se palpa su indulgente simpatía por los personajes e incluso, a veces, una cierta ternura.

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Sus inicios en Hollywood como guionista:

Empezó a trabajar en la década de los 30 en la Paramount, estudio entonces reconocido por sus comedias sofisticadas y por contar con estrellas como Gary Cooper o Claudette Colbert. En 1938 comenzó su exitosa colaboración con Charles Brackett, que se prolongaría hasta 1950. Era habitual que el oficio de guionista se hiciera en equipo y además Wilder pensaba que dos buenas cabezas juntas generaban mejores ideas y que no era lo bastante bueno escribiendo en inglés como para hacerlo solo.

Entre 1938 y 1941, escribieron guiones tan luminosos, entrañables y divertidos como La octava mujer de Barbazul, Ninotchka, Medianoche y Si no amaneciera. El director de las dos primeras fue Ernst Lubitsch y el de las otras dos Mitchell Leisen. Su admiración por Ernst era absoluta y su máxima durante toda su carrera fue preguntarse antes de afrontar cada historia “¿Cómo la hubiera hecho Lubitsch?”. En el polo opuesto se situaba su opinión sobre Leisen, al que menospreciaba porque consideraba que era un simple esteta preocupado sólo por los aspectos formales de la película e incapaz por ello de valorar el trabajo de los guionistas. No sabemos hasta qué punto la mala baba de Wilder condicionó el discreto (e injusto) lugar que Leisen ocupa en la historia del cine, pero está claro que era conveniente no disgustar al de las cuchillas cerebrales…

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Primeros años como director:

La razón de que Wilder decidiera dar el salto a la dirección fue la misma que motivó antes a otros: asegurarse de que sus guiones fueran respetados. Continuó colaborando con Brackett como co-guionista y se lanzó con una comedia que tuvo mucho éxito, aunque no ha envejecido demasiado bien, El mayor y la menor (The major and the minor, 1942). En ella, una adulta (Ginger Rogers) se hace pasar por una improbable adolescente. Aunque contiene situaciones muy divertidas, produce verdadera grima ver a Ray Milland, tontear con la Rogers aun cuando cree que tiene trece años. Siguió aprendiendo su nuevo oficio con Cinco tumbas al Cairo (Five graves to Cairo, 1943), entretenida cinta bélica.

Pero a la tercera fue la vencida…Perdición (Double indemnity, 1944) le consolidó como un realizador de primer nivel y fue su primera obra maestra y una cumbre del cine negro en la que Barbara Stanwyck fue la más fatal de las mujeres. Brackett no quiso participar esta vez porque la siniestra trama le echaba para atrás y Wilder la escribió con el también genial Raymond Chandler. Aunque se llevaron de pena ¡qué alegría nos dieron! Llovieron las merecidas nominaciones, pero la película no cosechó ningún Oscar.

Tal vez por ello, la Academia, con esa manía que tiene de compensar sus errores de un año votando al agraviado en otras ocasiones en que no lo merece tanto, trufó de Oscars su siguiente obra, Días sin huella (The lost weekend, 1945) que sigue siendo considerada todo un clásico. No obstante, sin negarle el mérito de ser una de las primeras películas en tratar abiertamente el alcoholismo, no le llega a la suela del zapato a Perdición y hay que reconocer que ver a Ray Milland deambulando de botella en botella puede resultar un tanto cansino. En todo caso, enlazar éxitos permitiría a Wilder conseguir el anhelado “Director’s cut” (montaje del director), gracias al cual se erigió en el dueño y señor del resultado final de la película, por encima de los designios de los entonces todopoderosos estudios.

La última obra de gran calidad que realizó en esta primera etapa fue “Berlín Occidente” (A foreign affair, 1948), original comedia sobre la doble moral imperante en dicha capital en la postguerra. Fue la primera vez que trabajó con la fascinante Marlene Dietrich y la estridente Betty Hutton. Repetiría con aquella y no con ésta, porque Wilder intentaba volver a coincidir sólo con aquellos colaboradores que le daban buen resultado.