BILLY WILDER: LOS AÑOS DE PLENITUD (1950-1960)

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Su carrera como director se extendió cuatro décadas pero, con la honrosa excepción de Perdición, obra maestra de los 40, lo más granado de su filmografía se concentró entre 1950 y 1960: El crepúsculo de los dioses, Traidor en el infierno, Sabrina, Testigo de cargo y sobre todo Con faldas y a lo loco y El apartamento. Son obras de arte de primer nivel y hubiera bastado realizar algunas de ellas para merecer ser uno de los grandes, pero nuestro querido Billy Wilder era un acaparador.

En una escena de Mad men, la complicada hija del protagonista musita, “Soy tantas personas…”. Esta fascinante serie sobre una agencia de publicidad de Nueva York en los 60 puede recordarnos a Wilder porque destapa los abusos, vergonzosos acuerdos y sórdidos enredos que puede ocultar una empresa y ese microcosmos sirve para mostrar con tanta crudeza como humanidad (si bien con mucho menos sentido del humor del que hubiera hecho gala el maestro) la dificultad de las relaciones personales y la escisión interior del individuo. Además, Wilder podría haber dicho esa misma frase para retratar su propia complejidad.

En efecto, su filmografía nos revela un espíritu valientemente transgresor abordando ciertos tabúes de su época, pero cauto en evitar polémicas políticas durante la larga era McCarthy. También nos muestra su visión de la condición humana, cínica pero suavizada por su pudorosa sensibilidad. A veces su acidez domina toda la película, pero mucho más a menudo, podemos atisbar a un romántico comprensivo con las taras de sus personajes, en la medida en que sean capaces de redimirse por amor o por una toma de conciencia. Ciertamente, era muchas personas a la vez. Entre 1950 y 1960, realizó diez películas de temáticas y géneros diversos, pero su sello único está siempre presente: su interés por el contraste entre apariencia y realidad y por la impostura, su sentido del humor, sus agudos diálogos y ese espíritu tan complejo.

El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) fue una película brillante, descarnada y osada que puso al desnudo las miserias de Hollywood, provocando admiración e incomodidad a partes iguales. Pese a que no dejaba títere con cabeza en el mundillo, la Academia no escatimó en nominaciones. En este rodaje se peleó con su co-guionista Charles Brackett, acabando su fructífera colaboración. En El gran carnaval (Ace in the hole, 1951), Kirk Douglas es un periodista sin escrúpulos que retrasa el salvamento de un hombre en peligro mortal, para excitar la sed de morbo de las masas. La película era valiente pero tanta acidez levantó ampollas y al público de sus butacas, representando su  primer fracaso.

Traidor en el infierno (Stalag 17, 1953) fue una estupenda obra bélica dotada de una buena dosis de suspense, en la que un grupo de oficiales aliados trata de huir de un campo de prisioneros alemán, con el inconveniente de tener un delator en su seno. El director alemán y judío Otto Preminger tenía tal aspecto de nazi, que Wilder, siempre irónico, le fichó para interpretar al comandante del campo. Resultó uno de los mayores éxitos del director y su segunda colaboración con William Holden, que encarnaba a un bribón con un código ético propio. Después realizó Sabrina (1954), comedia romántica extraordinariamente elegante y entretenida al servicio de una deslumbrante Audrey Hepburn. Su único fallo es que Hepburn y el protagonista, Humphrey Bogart, desprenden escasa química mientras que las escenas románticas de  la actriz con el tercero en discordia, William Holden, destilan tanta miel que generan diabetes al  primer visionado. Claro que, en la vida real, estos dos intérpretes se enamoraron y la cámara rara vez es miope.

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Como Nadie es perfecto, también realizó Wilder dos obras menores en su década dorada. Una fue La tentación vive arriba (The seven year itch, 1955), insípida comedia de la que algunos sólo recordamos la imagen icónica de Marilyn con la falda levantada gracias a una bendita rejilla de aire acondicionado. Y soporífero fue el  larguísimometraje sobre la hazaña del aviador Charles Lindbergh cruzando el Océano en El espíritu de Saint Louis (Zzzzzzzz…, 1957).

Pero afortunadamente, ese mismo año realizó la excelente Testigo de cargo (Witness for the prosecution), adaptación de una exitosa obra de teatro de Agatha Christie, bordando la que fue su única incursión en el género de juicios. Se apoyó en una bestia parda de la interpretación, Charles Laughton, que dio vida a un elocuente abogado londinense que asumía la defensa de un sospechoso de asesinato. Luego unió a Audrey Hepburn con Gary Cooper en Ariane (Love in the afternoon, 1957), tal vez la más intencionadamente lubitschiana de sus comedias románticas, que escribió con el insustituible I.A.L Diamond, con el que trabajaría el resto de su carrera.

A finales de los 50 llegó Jack Lemmon, su actor fetiche, con el que rodaría siete películas. Comenzaron con esa genialidad entre genialidades que fue Con faldas y a lo loco (Some like it hot, 1959), delirante farsa donde Lemmon, Tony Curtis y Marilyn nos hicieron reír hasta caernos de la butaca, a la que nos volvimos a subir para ver El apartamento (The apartment, 1960) y nos volvimos a desplomar de pura admiración. Esta fábula urbana pone al descubierto las vergüenzas ocultas de una empresa pero también muestra el anhelo de amor y de una vida más digna de dos seres muy defectuosos, pero entrañables por su gentileza y vulnerabilidad (Lemmon y Shirley MacLaine). Es la cumbre de su filmografía y una de esas raras veces en que comedia y drama se conjugan con un equilibrio tan perfecto, que cubren un amplio espectro de emociones del espectador, proporcionándonos una sensación de plenitud.