Bohemia, facturas y famoseo

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El mundo, de unos años a esta parte se ha llenado de escritores. La difusión a través de la red de obras de todo tipo ha hecho pensar a muchos que la posibilidad de ser leído es lo mismo que ser escritor. Todo esto se mezcla peligrosamente con el estereotipo de escritor que se instaló hace muchos años entre los lectores y provoca un efecto en el que se confunden distintas ideas como si fueran la misma cosa. Sea como sea, las cosas siguen siendo lo que eran aunque algunos se empeñen en arrimar el ascua a su sardina.

Muy pocos autores de novelas tienen el privilegio de poder vivir de lo que escriben. Si hablamos de los poetas el número se reduce escandalosamente. Por ello, casi todos los escritores dedican gran parte de su tiempo a (los más afortunados) escribir columnas de opinión en los periódicos, participar en tertulias, a trabajar en una empresa (haciendo todo tipo de cosas que nada tienen que ver con la literatura) o a la enseñanza. El tiempo dedicado a la escritura, lógicamente, se ve reducido a la mínima expresión. Y es que los novelistas y los poetas tienen que pagar las facturas a final de mes como cualquier otro ser humano, tienen que llevar el coche al taller y tienen que abonar la compra semanal hasta el último céntimo. Que yo sepa no hay descuentos especiales para el que escribe.

La idea del escritor encerrado en su despacho, con el café humeante a la derecha y el cheque bancario enviado por la editorial a la izquierda, con todo el tiempo del mundo para pensar sus tramas y las almas de sus personajes, con la tranquilidad necesaria para experimentar con el lenguaje y conseguir el relato perfecto, es cosa de película y reservado a un puñado de personas. Otra cosa bien distinta es que desde el mundillo literario (que poco tiene que ver con la escritura) se vende esta idea, se vende una imagen que toca a muy pocos (a los que participan en los saraos, en los premios de dudosa calidad y credibilidad; a los que quieren ser famosos y, de paso, escritores). Pero ese asunto del famoseo y del marketing no interesa Vayamos a lo nuestro.

A pesar de que hay quien defiende la penuria como fuente de inspiración artística, creo yo que el efecto que produce la necesidad es lo que bloquea a muchos autores que no terminan de construir su literatura acogotados por las necesidades. La necesidad bloquea, los momentos fatales bloquean y las desgracias personales bloquean. Sin tomar la distancia necesaria el relato se hace imposible. Para escribir lo mejor es estar tranquilo, poder comer, tener vivos a todos los que quieres. Desgracias se ven muchas en la televisión y se pueden utilizar como material sin tener que vivirlas. Es mejor tener dinero para comer, pagar deudas y tener cierta tranquilidad. Por tanto, salvo que pueda vivir de la escritura, lo que mejor puede hacer un escritor es trabajar y disciplinarse con los tiempos para hacer literatura.

Por tanto, un trabajo que procure cierta estabilidad económica al autor hace que este pueda escribir lo que quiera, sobre lo que quiera y de la forma que quiera. Escribir sin la angustia de colocar la obra en una editorial, de recibir un anticipo para ir maltirando o de escribir cualquier cosa con tal de cumplir plazos. Eso termina siendo un desastre. Un buen escritor encontrará huecos, se organizará la agenda y entregará la obra sin problemas. Un buen escritor con la losa económica a cuestas puede llegar a escribir bobadas y terminar tirando sus posibilidades y su talento por la borda. Buscar en cada línea un plato de comida caliente forma parte de una bohemia añeja. Porque, además, la bohemia actual ni es bohemia ni es nada; es algo que se ha alejado de ese carácter romántico, casi suicida de algunos escritores de tiempos pasados que resulta tan atractivo a algunos. Lo de destrozar cuadros o los marcos de las puertas para poderlos quemar en una estufa o lo de correr delate del casero por la Gran Vía ya no forma parte de la vida del artista. Eso se ha quedado para las clases más desfavorecidas que no han podido acceder a una gran formación y que no pueden permitirse el lujo de pensar en libros o esculturas. Bastante tienen con buscar algo de comida cada día. La bohemia actual tiene muy poco que ver con renunciar a todo para ser artista. Se aproxima más a la búsqueda de ese espacio que antes llamaba mundillo literario. Ser artista hoy (salvo las excepciones que nunca faltan) es la búsqueda de un puesto social de cierto prestigio. Una pena, pero es así. De hecho, nunca antes se conocieron tantos artistas. Las redes sociales han sido el trampolín para millones de ellos (se autodenominan así). La bohemia se ha reducido a proclamarse artista. ¡Menuda cosa! Por supuesto, el que cree que lo es por el hecho de ponerse la etiqueta o por escribir un mal texto no sabe ni lo que dice ni, sobre todo, lo que representa ser artista. Aficionados a escribir y a leer hay miles (cosa que debemos celebrar todos); escritores hay muy poquitos. Bohemios ni uno. Escritores pobres a patadas, pero no es lo mismo. Pobres a patadas hay en cualquier lugar en el que busques. Ha perdido la gracia.

Tal vez lo mejor es –dadas las circunstancias- dedicar buena parte de tiempo a otra actividad que no sea la escritura y, así, poder escribir menos aunque mejor. Tal vez lo mejor sea alejarse de las cámaras y pensar en lo que significa y representa escribir. Tal vez lo suyo sea no pensar en la publicación o en los cheques. Ser escritor es algo que se encuentra a años luz de todo eso. Muy cerca de pagar facturas y muy lejos del tópico al que muchos quieren parecerse sin saber que, ni siquiera, existe.