NUEVE RELATOS, “NUEVE”...

Zonas de sombra y secretos inconfesables, pasiones que redimen o esclavizan, familias que arropan o acentúan la soledad, la vergüenza y el miedo. La prosa de Rodrigo Hasbún busca qué es eso que esconden tus amigos, qué ocurrió en la escuela o bajo tus sábanas. Te busca a ti. Por eso perturba, por eso engancha. Según refiere una nota al pie de la página 168 del libro editado por Demipage, en “Nueve” de Rodrigo Hasbún (nacido en Cochabamba, Bolivia, en 1981), se reúnen algunos de los cuentos que ya formaron parte de tres de sus libros anteriores: Carretera y Reunión, que se publicaron originalmente en “Cinco” (2006), Familia, El futuro y Larga distancia, en “Los días más felices” (2011) y La mujer y la niña, Sryacuse, Los nombres y Tanta agua tan lejos de casa, publicados en “Cuatro” (2014). Si tuviera que resumir en una frase mi impresión después de leerlo, diría que “Nueve” es un libro incómodo. Con un título breve –que alude al número de relatos que contiene-, una cubierta eficaz pero vacía, teñida tan solo de rojo cereza y una prosa directa, sin adornos, a veces delicada y en ocasiones infiltrada de cierta sordidez, los personajes de “Nueve” exhiben sus contradicciones con una palmaria falta de pudor; se saben perdidos, frágiles, fallidos, pero aun así se muestran. De una manera imprecisa, todos ellos se parecen entre sí, no porque carezcan de perfiles propios y diferenciados, sino por la enorme potencia de todo aquello que comparten: nostalgias sin resolver, familias que nunca lo fueron del todo, el sexo como único vínculo posible y como intensa desazón, el paso del tiempo y la incertidumbre de sus consecuencias, la conciencia de la muerte. Todo ese inabarcable galimatías al que llamamos humanidad. Por razones diferentes,...

Caminar con la sola compañía de los propios pasos...

Accidente nocturno. Patrick Modiano En ocasiones, resulta difícil distinguir los hechos del recuerdo que conservamos de ellos. La evocación construye otra realidad, distinta y tan potente como la propia realidad. En las calles de París no será fácil encontrar las respuestas. Están envueltas en una bruma muy densa; como la que empaña nuestra memoria. Solo seis años después de la concesión del Nobel de Literatura a J.M.G. le Clézio (Niza, 1940), la Academia sueca distingue nuevamente a la literatura francesa otorgando el galardón en 2014 a Patrick  Modiano (Boulonge-Billancourt, 1945), para sorpresa del propio autor y sin que su nombre apareciera esta vez en las habituales listas de favoritos. Entre otros aspectos, se valora en Modiano “el arte de la memoria con el que ha evocado los más incomprensibles destinos humanos y descubierto el mundo real de la ocupación nazi en Francia”. Este argumento enfatiza la extraordinaria habilidad del autor para convertir su obra en el testimonio fiable de un momento histórico que, sin embargo, no vivió personalmente, por mucho que forme parte de lo que el propio Modiano denomina su “memoria prenatal”. Sea cual sea el título elegido, lo habrán percibido o lo percibirán ustedes de forma inmediata. La de Modiano es auténtica literatura. Por su indiscutible habilidad para conmover, inquietar, formular preguntas que a todos nos conciernen, dotar de sentido y hondura cada uno de los acontecimientos por los que hace pasar a sus solitarios, memoriosos, erráticos personajes. También por la indiscutible calidad de su prosa, desnuda, contenida, certera, en la que el material narrativo está exquisitamente seleccionado y los silencios resultan perfectamente audibles. Desde la perspectiva anterior, Accidente nocturno es una novela cuya escritura consume apenas 140 páginas que, no obstante, aparecen secretamente complementadas con otras solo sugeridas, tal es la...

Ellos parecen cansados y nosotros lo estamos...

Los padres piensan que sus hijos adolescentes son perezosos, herméticos y poco considerados. Los adolescentes creen que sus viejos son lo peor de lo peor. La historia se repite, pero es siempre nueva. Porque los jóvenes son tradicionalmente inéditos, y la memoria de los adultos suele flaquear. La edición española de la novela Gli sdraiati llega precedida de un gran éxito de crítica y lectores en Italia. Sin ser literal, la traducción al castellano del título original me parece un acierto. Teniendo en cuenta que la narración versa sobre las relaciones entre un padre y su hijo adolescente, Los cansados resulta un título burlón y muy prometedor. Magnífica también la imagen de portada del italiano Gianni Gipi, artista gráfico de indiscutible talento. En la contracubierta de Alfaguara se trascribe un párrafo de la reseña de Pablo di Estefano en el Corriere della Sera, que compone una muy buena aproximación a la obra: “Una novela que no es una novela. Recuerda a Kurt Vonnegut (autor de El desayuno de los campeones y Un hombre sin patria, entre otras), porque en el libro se encuentran esa inmediatez casi brutal, esa inventiva desenfrenada, humor y moralidad, una narración que se mezcla con la severa crítica del mundo contemporáneo”. Es cierto; deliberadamente alejado del esquema más característico de la novela, el autor opta por ir al grano desde el primer renglón, y prescinde de algunos recursos literarios –la ausencia casi total de diálogos sería el mejor ejemplo- quizá para evitar que el lector pierda el hilo del discurso que constituye el núcleo de la trama. Tratándose de un texto de tan solo 146 páginas, se llega al final con la sospecha de haber encajado sin rechistar la charla que el padre narrador gustosamente le habría echado a su...

EL REFUGIO DE LOS OLVIDADOS: GALVESTON...

El infierno existe; está aquí, entre nosotros. Tras una puerta que se cierra a la luz, en el hermetismo del maletero de un coche, la fuerza implacable de los puños que golpean o el frío destello del arma detonada. Nuestro averno es esa violencia vidente, que insiste en cebarse con los más débiles. De todo aquello que es consustancial al comportamiento humano, quizá sea la violencia lo que me produce un rechazo más visceral. Aun cuando desde el punto de vista legal su uso pueda estar total o parcialmente justificado dentro de los estrictos márgenes de la moderna configuración jurídica de la legítima defensa, cualquier clase de violencia de cierta gravedad, y muy particularmente la física, me causan una congoja y una desazón difícilmente soportables. Con independencia de otras consideraciones más trascendentes, las infinitas modalidades de comportamientos violentos imaginables en la vida real –y creo saber un poco de lo que hablo- son de una fealdad absoluta. La violencia genera escenarios ruinosos y desolados, deforma los rostros y lo impregna todo con su pegajoso manto de oscuridad y terror. Y sin embargo, pocos aspectos de nuestra naturaleza han inspirado mejores obras, tanto en la literatura como en el cine. Quizá sea porque se trata de un fenómeno extraordinariamente complejo, y es esa complejidad la que constituye, en último término, su principal atractivo. O es posible que la simple interposición de la palabra o la imagen nos protejan del verdadero sentido del acto violento, haciéndolo más fácilmente digerible. El lector reflexivo no se escandalizará si admito que las secuencias televisivas en las que se observa el impacto brutal de los aviones contra las Torres Gemelas son de una espectacularidad no exenta de cierta belleza; sin embargo, tal percepción es solo un espejismo atroz que cede...

DEMONIOS FAMILIARES O LA LUCHA POR SALIR DE LA OSCURIDAD...

Deambulan por los pasillos y las estancias de la vieja casona familiar; el rencor, los silencios, la culpa. En busca del abrazo cálido que nunca tuvo, Eva se enfrenta a su propio egoísmo y al despertar enérgico del primer amor. Eva y sus Demonios familiares, último regalo de la gran Ana María Matute. El pasado 25 de junio, Ana María Matute nos dejó cuando faltaba apenas un mes para que cumpliera los 89 años y mientras escribía la novela que se ha convertido en su obra póstuma, Demonios familiares, que acaba de publicarse en Destino, con prólogo de Pere Gimferrer y Notas sobre la escritura de una novela inacabada, de María Paz Ortuño. Los dos textos que acompañan a la novela resultan muy enriquecedores. Si bien es cierto que la muerte sorprendió a la autora cuando todavía no había dado por finalizado su trabajo, me parece una reflexión muy interesante la que realiza Pere Gimferrer en el prólogo: «Me niego a considerar que Paraíso inhabitado –novela de la que la propia autora tenía pensada la continuación- y Demonios familiares, sean novelas inconclusas […] Cuando una obra, en la forma en que se nos manifiesta y llega a nosotros, posee plenitud, la noción de inacabamiento carece de sentido”. Igualmente sugestivas son las especulaciones del prólogo en relación con el corte -realista o no- de la novela: “Cada elemento es real, pero no necesariamente realista; verdadero muy hondamente, pero no necesariamente verídico o veraz como una crónica; tiene la verdad de las imágenes simbólicas”. Por otra parte, las notas firmadas por María Paz Ortuño, amiga del alma y ayudante de Ana María Matute hasta sus últimos días, dan cuenta del trabajoso proceso creativo que supuso para la autora este su último libro, escrito y cuidadosamente corregido...

NIÑOS, DOLOR Y SILENCIO...

Durante la niñez, todo queda registrado en una memoria nueva e imprescriptible, para bien y para mal. Expulsados antes de hora de ese paraíso privativo, los niños sufren en silencio y se vuelven prematuramente juiciosos. ¿No lo creen? Escuchen a Nicolas. Pero, sobre todo, sea esta lectura mejor, peor, llevadera o dolorosa, dediquen todos sus esfuerzos a proporcionar una vida mejor y un mundo más habitable a los pequeños que tengan cerca. En la contraportada de la edición de Anagrama se reproduce una frase extraída de la reseña de Vincent Landel en Le Magazine Littéraire que describe a la perfección la novela de Emmanuel Carrère. Dice Landel: «Con un rigor extremo, con un tacto extremo, Carrère traza una red de sutiles señales, amenazas y premoniciones, trabajando con un registro preciso, directo, casi naturalista, en la elaboración de una perfecta narración de terror». Comparto al cien por cien este dictamen al que poco podré añadir en las siguientes líneas, salvo recomendarles encarecidamente la lectura del libro. Emmanuel Carrère nació en París en 1957. Diplomado por el Instituto de Estudios Políticos de su ciudad natal, ha ejercido el periodismo y es guionista de cine y televisión, además de director cinematográfico. Varios de sus libros han sido llevados al cine y en el año 2005 dirigió la adaptación cinematográfica de su novela El bigote (La moustache, 1986). Forman parte de su obra otras novelas como El curso de invierno (La classe de neige, 1995), y De vidas ajenas (D’autres vies que la mienne, 2009), y las biografías Werner Herzog (1982), Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos: Philip K. Dick 1928-1982 (Je suis vivant et vous êtes morts, 1993),y Limónov (2011). Ya he comentado alguna vez que elijo mis lecturas de manera desordenada y poco ortodoxa, a...

Esas personas que casi siempre sonríen...

¿Cómo llegamos del enamoramiento luminoso al aburrimiento, la traición y la soledad? ¿Es inevitable ese viaje? ¿Viajamos solos o hay overbooking? Pregúntale a James Salter. Tal vez él pueda darte alguna respuesta. Porque cuando en un relato hay verdad, el lector encuentra su hueco; porque si de algo sirve la literatura, en este libro de James Salter podemos encontrar esa utilidad. Por razón de mi oficio, estoy obligada a leer mucho -y algunas veces, muy árido-. A lo largo de los años, he adquirido la costumbre de hacer una primera lectura rápida, casi en diagonal. Este hábito casi inconsciente constituye un filtro muy útil en mi tarea diaria, pero a la hora de disfrutar de un libro por el simple placer de hacerlo, tengo que forzar un ritmo menos mecanizado, más lento y reflexivo, y aun así, siento la necesidad de releer quizá con demasiada frecuencia. El problema se agrava con los cuentos y los relatos cortos. Resulta obvio que para captar la atención del lector en pocas páginas, es preciso recurrir a técnicas literarias diferentes a las propias de la novela convencional. El relato breve dispone de recursos específicos que, bien utilizados, ayudan a dotar de sentido a la historia, sin que la economía de medios propia del género constituya una limitación o un obstáculo. No obstante, una lectura demasiado expeditiva tendrá siempre peores consecuencias allí donde se presupone una cuidadosa selección del material literario y la casi total ausencia de adornos. Lo dicho hasta ahora nada tiene que ver con la, a mi juicio, abusiva utilización del relato corto como vehículo habitual de ciertas tramas erráticas con finales sorpresivos o abiertos, como si dejar estupefacto al lector fuera una exigencia ineludible de esta modalidad literaria. Con la llegada de las nuevas tecnologías,...

Nadie está a salvo

Son luces y son tinieblas. Los sentimientos pueden hacernos mejores o destruirnos. Jugar con ellos es tan peligroso como hacerlo con fuego. Finalmente, nada es lo que parece. Como el rictus de La Gioconda, que tal vez sea sonrisa, o tal vez no. Sin duda la obra más conocida de Aldous Huxley (Godalming, Surrey, Inglaterra, 1894 – Los Ángeles, California, EEUU, 1963) es «Un mundo feliz», texto irónicamente premonitorio publicado en el año 1932. No obstante, el currículo del autor incluye un buen número de otros títulos –novelas, obras teatrales, relatos cortos, ensayos- que dan cuenta de la inquietud literaria y hasta filosófica del autor, cuya trayectoria vital fue ciertamente peculiar. En su origen, «La sonrisa de la Gioconda» formaba parte de una serie de piezas narrativas reunidas bajo el título de «La envoltura humana». Sin embargo, como tal relato nunca fue demasiado conocido del gran público, a diferencia de la adaptación teatral realizada por el propio autor, mucho más popular por haber sido representada en los principales teatros del mundo. Además de esa adaptación teatral de corte seudopoliciaco, el relato fue también llevado al cine en los años 40 por Zoltan Korda, con interpretación de Charles Boyer, Ann Blyth y Jessica Tandy, y bajo el título «Venganza De Mujer». Curiosamente, el autor español Luis Racionero publicó en 2004 una novela bajo el epígrafe de «La sonrisa de la Gioconda», que poco o nada tiene que ver con el texto objeto del presente comentario. La editorial Navona lanza en febrero pasado la primera edición de este relato en la colección Ficciones, diseñada por Eduard Serra. La traducción es del novelista Enrique de Hériz y para la portada se ha seleccionado un dibujo en gris de Douglas Pollard. Acompaña al texto una semblanza del autor...

¿Qué tal si nos paramos a pensar durante al menos treinta minutos?...

El escritor y naturalista Joaquín Araujo dice en el epílogo de este libro: «… si algún día conseguimos un Bosque de bosques, también habremos logrado una Humanidad más humana». Esta semana, la lectora imprevisible quiere presentarte a un buen amigo, el pastor Elzéard Bouffier, y te invita a descubrir si solo plantando árboles es posible poner remedio a tanta insensatez. Desde luego, no resulta frecuente que la lectura de la reseña de un libro ocupe al lector el mismo o quizá más tiempo que la lectura del propio libro. No obstante, esta premisa poco habitual se puede llegar a cumplir en este caso. El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono,  es un cuentecito alegórico de apenas cincuenta páginas que se lee en un rato muy corto y da para pensar toda una vida. El sello Duomo Ediciones publicó en septiembre de 2009 la primera edición de este relato en la traducción de Palmira Feixas, ilustrado en blanco y negro de forma sencilla y eficaz por  Simona Mulazzani, con prólogo de José Saramago y epílogo de Joaquín Araujo. El libro se presenta en un formato pequeño de pastas duras, con portada en tonos sepia y un aire naif que sirve muy bien al objetivo de realzar la dulce sabiduría que destila el texto. Incluye además una brevísima pero suficiente y muy atinada semblanza del autor, nacido en 1895 en la Provenza francesa en el  seno de una familia humilde, circunstancia que sin duda determinó el carácter autodidacta de su importante bagaje cultural. Tras la primera publicación del relato en la revista Vogue de los Estados Unidos en 1954, el autor cedió todos sus derechos sobre la obra, que ha sido traducida a más de quince idiomas, inspirando incluso un corto de animación realizado por...

¿Dónde está la llama de la pasión al leer?...

LA HERENCIA DE ESZTER. SÁNDOR MÁRAI Aun cuando se trata de un autor muy bien valorado, Sándor Márai (Kassa, Hungría, 1900 – San Diego, California, 1989) es controvertido y genera opiniones muy dispares. Para algunos de mis amigos lectores –con los que tengo el placer de charlar largamente sobre literatura-, Márai es un magnífico escritor, poseedor de una voz propia y original, y buen conocedor del alma humana; según sus partidarios, su prosa precisa, depurada e intimista -en la que siempre se detectan potentes trazas poéticas-, su habilidad a la hora de perfilar y confrontar personajes y la forma en la que indaga en lo más profundo de su psicología, son virtudes que aparecen con generosidad en toda su obra. No faltan, sin embargo, quienes le consideran un autor sobrevalorado, con una fuerte tendencia a repetirse y cuya prosa llega a resultar empalagosa y, por tanto, en último término fría, escasamente convincente y hasta ociosa, como si gustara de deambular en ocasiones por el laberinto seductor de una escritura técnicamente impecable hasta llegar a escribir no ya para contar, sino solo por el puro placer de escribir. Estos juicios tan opuestos –que no obstante,  puedo llegar a compartir en alguna medida- no pasan de ser la opinión de un grupo de lectores. Sin duda el crítico literario dispone de otras claves que debe utilizar a la hora de emitir su juicio sobre una obra literaria, pero el lector no las necesita. El lector debería gozar de la libertad de acercarse al texto desde su experiencia personal, sus gustos, las lecturas anteriores, su estado de ánimo coyuntural, los rasgos de su carácter, su formación académica, bagaje cultural y cualesquiera otras infinitas variables que nos conforman a cada uno. Desde ese territorio desconocido para ustedes -y...

El mundo a través de los ojos de una pandilla de críos...

Este año, Quino ha resultado galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, al considerar el jurado del certamen que en el 50 aniversario del nacimiento de Mafalda, los lúcidos mensajes de su creador siguen vigentes a través de la sabia combinación entre la simplicidad en el trazo del dibujo y la profundidad de su pensamiento. Sin duda es esta una magnífica ocasión para recordar a nuestra querida niña porteña. Mi pasión por la lectura comenzó en las ya lejanas noches de verano de mi infancia, cuando con solo cinco o seis años mis padres me permitían apagar la luz a las tantas después de haber permanecido horas y horas enganchada a la lectura de las viñetas de Mortadelo y Filemón, Astérix el galo, Tintín y Mafalda. De ahí pasé pronto a leer las novelas que compraban mis dos hermanas mayores, de las que me separa justo una década; títulos tan variopintos como Nada, de Carmen Laforet, Las corrupciones, de Jesús Torbado, o Carrie, de Stephen King, lecturas absolutamente impropias de mi edad que, no obstante, estimularon mi curiosidad e inocularon en mi ADN, de forma silenciosa y definitiva, el placer por bucear en los libros, eso sí, siempre con la misma falta de método de los primeros años y con la contrapartida de esa gloriosa ausencia de prejuicios que, a la larga, me ha resultado tan enriquecedora. En la adolescencia, a punto estuvieron de alejarme de los libros las lecturas obligadas del colegio, imagino que porque a esas alturas, estaba tan acostumbrada a elegir por mi cuenta que el mero hecho de que alguien me impusiera un título era suficiente para empezarlo de muy mala gana. No obstante, cumplí en su día también con aquellas obligaciones, descubriendo por esta vía...

After dark: Lo conmovedor de encontrarse...

Quizá en época de exámenes, o en el campamento de verano; por culpa de un café muy cargado tomado a deshora, por amor o desamor. Casi todos hemos pasado una noche en blanco en la que recorrimos la casa en silencio, deambulamos por bares vacíos, intercambiamos confidencias con un amigo u observamos desde nuestra ventana las figuras humanas que pululan frente a otras ventanas, sin poder o sin querer dormir. Conocemos la sensación, sabemos que la noche lo envuelve todo con un misterioso velo de irrealidad que se hace particularmente tangible con la llegada de las primeras luces. Durante la noche somos más peligrosos y a la vez más accesibles, los sentidos permanecen alerta y los acontecimientos adquieren perfiles caprichosos, como las figuras reflejadas en los espejos deformantes de los laberintos de feria. No es tarea sencilla retratar la noche con palabras, captar esa mezcla de farsa y franqueza, ese aire denso y turbador. No es fácil, pero Haruki Mukarami lo consigue en After Dark. La novela discurre entre las 23.55 y las 6.53, aunque la hora se nos facilita con menor precisión en un pequeño reloj analógico dibujado al inicio de cada capítulo. Ese recurso a la imagen explícita no solo no cede con el uso del lenguaje escrito, sino que se refuerza a lo largo de todo el texto, de modo que el narrador torna en cámara subjetiva a través de la cual el lector puede observar lo que ocurre con más nitidez que si ojeara el storyboard de una futura filmación. Tal y como suena, After Dark se ve; es una película hasta por la forma en la que se suceden los capítulos, dispuestos como en un montaje cinematográfico urdido con habilidad para convertirse en un elemento más al servicio de...

El hombre bicolor: Una croqueta con sabor...

«El tren atraviesa lentamente el páramo de Resondoff, cruza las ásperas montañas de Jeralpieva, avanza por la comarca pantanosa de Gaggoff -donde se crían las únicas ranas carnívoras del mundo- y se detiene con un resoplido en la pequeña ciudad gótica de Boronburg, en el extremo norte del reino de Burgundia, próspera en otros tiempos pero que hoy apenas cuenta con dos mil habitantes». Así de prometedor es el primer párrafo de la novela corta titulada El hombre bicolor, obra póstuma de Javier Tomeo (Quicena, 1932- Barcelona, 2013) en la que el originalísimo autor cuenta las desventuras de Hermógenes W., un Inspector de Segunda Categoría del Cuerpo Especial de Recaudadores Comarcales que tiene el ojo derecho de color azul y el izquierdo verde, y viaja en ese tren con la misión de recaudar impuestos en Boronburg. Será esta su segunda estancia en la ciudad con el mismo fin, pero a diferencia de lo ocurrido en la primera ocasión, esta vez nadie acude a recibirle a la estación ni le espera en la recepción del hotel donde debe alojarse. Cuando telefonea al Ayuntamiento, una voz le informa: «Aquí no hay nadie», una y otra vez. Al caer la noche, no se ve ninguna luz a través de las ventanas de las casas, y aunque sea otoño y sople un fuerte viento, las hojas de las moreras no caen ni se mecen. Quienes conozcan la obra de Tomeo, licenciado en Derecho y Criminología por la Universidad de Barcelona, sabrán que es un autor que no deja indiferente a nadie. O gusta mucho, o no gusta nada. Cuentan además que Juan Benet le acusaba de hacer «croquetas literarias», libros todos con idéntico sabor. Desconozco si la anécdota es cierta, pero sin ser del todo inexacta, la frase...

El héroe discreto

A fin de dejar resueltas cuanto antes las cuestiones más espinosas, diré en primer lugar que soy perfectamente consciente de que atreverse a comentar, desde la perspectiva de una simple lectora, la última novela publicada por un autor galardonado, entre otros muchos, con el premio Nobel de literatura, es al mismo tiempo un órdago intrascendente y una osadía descomunal que, no obstante, considero perfectamente disculpables, porque para quién se escriben los libros si no para los lectores como usted y como yo, ávidos de tenerlos entre las manos y disfrutarlos. En segundo término, y dado que me resultan inevitables las comparaciones, quizá lo más honesto sea reconocer que la novela El héroe discreto (2013) está, en mi opinión, a años luz de alcanzar la calidad de La Fiesta del Chivo (2000), título este último que considero la mejor obra de Mario Vargas Llosa con diferencia y que, por eso mismo, ocupa un lugar muy destacado entre mis libros favoritos. Así pues, si bien es cierto –utilizando un símil deportivo- que el título de hoy parece jugar en otra liga, no lo es menos que su lectura fluye con facilidad y placer, y reúne condiciones para proporcionar ese disfrute especialísimo, tan característico del viaje a través de los vericuetos de una prosa de factura impecable, aun cuando las veintitantas últimas páginas resulten un poco morosas y el desenlace de la trama deje una cierta sensación de fiasco. Las principales líneas argumentales de la novela giran en torno a dos figuras masculinas con algunos rasgos comunes, entre los que destaca particularmente su marcada virilidad, en el sentido más clásico del término. De un lado, el empresario del ramo del transporte Felícito Yanaqué, cincuentón afincado en Piura y hombre hecho a sí mismo, quien, un mal día,...

Malentendido en Moscú: Aviso a navegantes...

Simone de Beauvoir escribió Malentendido en Moscú entre 1966 y 1967. El texto debería haber formado parte de la compilación La mujer rota, pero fue la propia autora quién acabó rechazándolo, de modo que no se publicó hasta 1992, en la revista Roman y a título póstumo. En España, la novela ve la luz en Navona Editorial en una primera edición del mes de octubre de 2013, tratándose de una versión traducida por Joachim De Nys y prologada por Rosa Regàs. Protagonizan el relato Nicole y André, una pareja de profesores parisinos que, ya jubilados y en la sesentena, -década considerada en el texto como antesala de la decrepitud-, realizan un viaje a Moscú para encontrarse con Masha, la hija de André. El periplo realizado por los tres personajes es identificado por los biógrafos de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir con el que estos últimos realizaron por la Unión Soviética en el verano de 1966, acompañados por Zonina, traductora al ruso del filósofo y una de sus presuntas amantes. El núcleo temático de la obra lo constituye, sin duda, la vejez, inevitablemente proyectada a cualquier otra faceta de la vida: el desgaste del amor de larga evolución, el declive físico, la estupefacción del individuo ante la urgencia del paso del tiempo, la decepción ante un mundo que no cambia, o cambia de forma diferente a como pensamos que lo haría… la vejez como hecho sorpresivo e incontrovertible y como lente a través de la que se filtra todo lo demás; la ancianidad como epílogo vital en el que todo parece tornarse repetido y trabajoso. El argumento de la novela es un esqueleto muy sencillo sobre el que se soportan las reflexiones que los dos personajes protagonistas realizan a lo largo de su...

Sombras de Grey: Cincuenta, Más oscuras y Liberadas. La Trilogía...

El Diario de una lectora imprevisible hace honor a su título y aborda esta semana el comentario de la que fue trilogía de moda, ahora que los tres gruesos tomos y los demás libros secuela publicados a rebufo de aquel fenómeno literario, se apilan perezosos en las secciones de libros de los hipermercados y en los expositores de las grandes cadenas de librerías, de donde volaban en pocas horas hace menos de dos años. El lector que aun no haya abandonado la lectura de estas líneas por su falta de interés en estos títulos, sentirá la tentación de despachar las inefables Sombras de Grey en todas sus modalidades: Cincuenta, Mas oscuras y Liberadas, con algún calificativo rotundo y expeditivo, como libros basura, literatura de consumo, o simplemente best sellers, que es término importado que goza de muy escaso prestigio en nuestro universo literario. No seré yo quien lleve la contraria a quienes se expresen en esos términos; en mi opinión, los tres libros van, por su orden, de mal a fatal, y desde ahí, a peor todavía. Es, por tanto, difícil aventurar cuales son los motivos por los que el gran público se engancha –nos enganchamos- a productos tan previsibles, desdeñando la mejor literatura con la misma arbitrariedad con la que el niño rechaza la verdura, pese a no haberla probado jamás. Debo reconocer que, con esfuerzo, finalmente conseguí acabar la trilogía. Inicié la lectura por el principio, es decir, por el volumen titulado Cincuenta sombras de Grey, y es cierto que logró engancharme como enganchan los libros que se pueden leer tomando el sol en un lugar muy ruidoso, que no son todos y casi nunca los mejores. No deja de ser un misterio que alguien aficionado a leer desde la tierna infancia,...

A sangre fría

Desde el mismo momento de su publicación en el año 1966, In Cold Blood obtuvo una muy buena acogida por parte de la crítica y los lectores, quizá por la extraordinaria fuerza del relato, su originalidad formal y ese plus de interés que añade a la historia el hecho de tratarse de un suceso real, teñido además por el morboso atractivo de los llamados crímenes de sangre. El texto relata los sucesos ocurridos en 1959 en Holcomb, el tranquilo pueblecito de Kansas donde fueron asesinados los cuatro miembros de la familia Clutter, compuesta por Herbert, su esposa Bonnie y sus hijos, Nancy, de 16 años, y Kenyon, de 15. Los autores del crimen, Richard Eugene (Dick) Hickock y Perry Edward Smith, eran sendos convictos en régimen de libertad condicional que accedieron al hogar de los Clutter en la creencia -que la misma noche del crimen se demostró errónea-, de que en ella se guardaba una importante cantidad de dinero dentro de una caja fuerte. De forma inopinada, los acontecimientos desembocan en la muerte violenta de todos los integrantes de la familia, y la obtención de un botín tan exiguo que sirve de muy poca ayuda a la hora de intentar comprender los motivos del horror. Desde mi punto de vista, el tono narrativo de la novela es un auténtico prodigio literario. Dejando al margen las etiquetas de que se hizo destinatario al texto en su momento, y dando por bueno el tono testimonial y cuasi periodístico del relato, lo cierto es que la historia envuelve -o más bien abduce- al lector desde las primeras páginas, hasta el extremo de enterrar sus zapatos en el lodo de todos y cada uno de los escenarios en los que se desarrolla la acción, convirtiéndole en algo muy...

Los mares del Sur

Più nessuno mi porterà nel sud  (ya nadie me llevará al sur) Salvatore Quasimodo Leí por vez primera Los mares del Sur en 1979, año en el que Manuel Vázquez Montalbán ganó el Premio Planeta de novela con este título. Yo tenía 16 años y recuerdo que me gustó y que, ya entonces, la releí un par de veces. Al hacerlo ahora de nuevo, mi opinión sobre la calidad literaria del texto ha cambiado un poco, pero las sensaciones de la primera lectura persisten con inesperada nitidez. Los libros marcan, nos hacen, y es solo de esas cicatrices de las que puede hablar alguien que no tiene la crítica literaria entre sus ocupaciones profesionales. Quizá deba aclarar también que para una lectora como yo, poco metódica y sin prejuicios, el mero hecho de que un texto gane un premio, no lo convierte en necesariamente bueno, pero tampoco en rematadamente malo, por muy mediático que sea el certamen en cuestión. A día de hoy, abro cada nuevo libro con la misma avidez de aquella niña, lectora precoz, que seleccionó sus primeras historias con el sesudo criterio de empezar por los tomos que ocupaban las estanterías más bajas de la biblioteca familiar y se podían alcanzar sin riesgo de descalabro. En Los mares del Sur, como en toda su obra, Vázquez Montalbán da muestra de la eficacia de su oficio, que lo tenía y mucho, además de dibujar un mosaico de personajes rico y verosímil. A parte de un ritmo narrativo ágil y fácil de seguir, y una hábil dosificación de la intriga, fueron los temas llamémosles “de fondo” que aborda la novela, de forma más o menos explícita, lo que más me interesó en su día, y lo que me sigue interesando hoy. El núcleo...