De la poética, la erótica y la política...

Habita en un cuerpo que no pertenece a su presente. Tampoco su mente es del tiempo en el que los rizos de su melena describen volutas de sensualidad por donde pasa, por donde pisa. Gioconda Belli nació en Managua en 1948, pero su figura habla de la niña que con catorce años ingresaba en un internado de monjas de la calle Santa Isabel, en Madrid, justo en el lugar en el que hoy se erige el Museo Reina Sofía. O de la guerrillera que se camuflaba de inocencia para pasar armas a la «contra» nicaragüense. Su forma de pensar es la de una mujer venida de un futuro sin complejos, sin discriminaciones, sin frustraciones. Un futuro que no se sabe si existe más allá de sus poemas y sus novelas. Un futuro que es la vida misma, en el que las risas y las lágrimas se alternan en episodios de drama y comedia, estrofas trágicas y capítulos alegres. Viste blusones estampados que volatilizan su talla, acentuada por cuñas imposibles bajo las sandalias. Abalorios que recogen la luz de las miradas sobre el pecho y en las muñecas delgadas. Talismanes que hipnotizan. ¿O es el misterio profundo de la sonrisa amplia? ¿O son los ojos enterrados en los pliegues protectores de los párpados voluptuosos? ¿O son los movimientos de sus manos largas, dulces y sin embargo autoritarias? Belli hace alarde de su erotismo que después de intuirse en su presencia se hace evidente cuando la tesitura de su voz va del rugido hondo al canto agudo con el que se divierte contestando a las preguntas. «La sensualidad femenina es el símbolo de la posibilidad de una mujer de ser quien es. En la sociedad machista querrían que sacrificáramos la esencia de lo que somos. Pretenden...

Poesía en los tres amores de Cardenal...

Óscar Gómez / GRANADA, Nicaragua Cada mes de octubre, cuando la Academia Sueca anuncia el ganador del Premio Nobel de Literatura, la tierra tiembla en Nicaragua con su propia voz interior. No es uno de los sismos en los que manifiesta su energía telúrica la patria de Rubén Darío. Es el nombre vibrante y sonoro de otro de sus poetas, nacido en Granada hace casi noventa años, el que hace estremecerse al istmo, que reclama el máximo galardón de las letras para un Ernesto Cardenal que siempre suena en las quinielas. Cruza el jardín de hotel en el que se realiza la entrevista con la lentitud que el tiempo ha conferido a sus pasos pequeños y sin embargo ágiles, aunque las sandalias no lleguen nunca a levantar del todo de las baldosas de barro cocido. «No hablo sin necesidad. No me gusta hablar. Si puedo estar en silencio, lo prefiero», susurra, dando valor al esfuerzo con el que concede la entrevista. Los saludos respetuosos de quienes franquean su paso en la galería colonial empujan suavemente a Cardenal hacia su destino en un butacón de mimbre: «Poeta, bienvenido», «Buenos días, poeta». Siempre pantalón vaquero amplio, del azul oscuro del Lago Cocibolca que baña la orilla de la ciudad que le vio nacer y el archipiélago de islotes que inspiró una de sus obras más conocidas, El Evangelio de Solentiname. Siempre camisola que confunde su blancura con la de barba larga y la de la melena. Siempre boina negra. Siempre voz que agoniza en un lamento cavernoso e impostado de solemnidad. Siempre ojos pequeños llenos de vida. Siempre habla, y siempre escribe, del amor. De los tres amores que ha conocido en una vida que acaricia el siglo. «Mi primer amor fue cuando yo tenía nueve...

Luis García Montero

Fotografía de Belén Vargas Hoy no se habla de poesía con Luis García Montero a pesar de ser uno de los poetas más importantes de España. Hoy se habla de novela, de su prosa contundente y al mismo tiempo dulce como su voz pausada, y clara como sus ideas. Se habla de Alguien dice tu nombre, la tercera novela del escritor granadino cuya historia revela la posibilidad de encontrar espacios de luz bajo la piel muerta del miedo y la indiferencia. Un relato de iniciación en el amor, la literatura y la política. León Egea, el protagonista, escribe su diario de aprendiz de escritor, en él narra el verano de 1963, durante esas vacaciones trabaja vendiendo enciclopedias y en su pequeña oficina encuentra también el amor. Intenta seguir las lecciones de su maestro de literatura y pronto descubre la diferencia entre teoría y práctica, entre las apariencias y la realidad. A 418 Km. de Granada, escenario de la novela, en una cafetería de la Gran Vía madrileña conversamos sobre literatura, la admiración hacia los maestros, el compromiso político y el paso a la madurez de un joven que representa a una generación que vivió la década que, para el escritor, fue el verdadero comienzo de la transición española. En No me cuentes tu vida, Juan  refleja, en gran medida, lo que es Luis García Montero, y en Alguien dice tu nombre hay mucho de usted también en León. ¿Por qué esa necesidad de contarse a sí mismo? «Hay dos cosas fundamentales: La conciencia de que la literatura está unida a la vida y que la escritura siempre es autobiográfica, hable de lo que hable, y en segundo lugar, la conciencia de que el yo biográfico necesita elaborarse para que el personaje literario sea del...

La ausencia dibujada en la mirada...

Uno, con la edad, logra intuir la importancia de las cosas. Hoy, es una de esas ocasiones en las que la sensación es inequívoca. Antes de comenzar a charlar, decido abrir fuego con la artillería pesada. Quiero que Núria Espert sepa lo importante que es para mí poder hablar con ella. De niño, me tocó vivir un ambiente en el que no nos amenazaban con el hombre del saco. Lo hacían con una especie de monstruos libertinos y peligrosos que se reconocían porque se les veía subidos en los escenarios. Eso es lo que viví durante mi niñez y fue algo que arrastre durante mucho tiempo de forma irracional. Pero escuché a Núria Espert, hace muchos años por primera vez, y descubrí que aquello que me habían dicho siendo mucho mucho más jovencito era una enorme mentira. Se ríe y me pide con énfasis que comencemos. ¿El teatro se aprende en el escenario? ¿Garantiza algo, por poco que sea, el paso de los nuevos actores y actrices por las escuelas de interpretación? «En el mundo del arte, nada garantiza nada. Hay actores que nacen siéndolo y hay quien se va haciendo clase a clase, lectura a lectura y representación a representación. No existen modelos de aprendizaje fijos ni cerrados. Lo mismo pasa en cualquier manifestación artística sea del tipo que sea. Lo ideal sería nacer con facultades imprescindibles y caer, después, en manos de los mejores profesores. Si más tarde el sujeto fuera contratado por una compañía compuesta por gente entregada, modélica y pasional, todo sería perfecto. Pero no conozco a nadie que tenga o haya tenido todo esto. Unos tienen una parte, otros poseen la otra. Eso sí, se tenga una cosa u otra, lo que no puede faltar en ningún caso son...

Julieta Serrano: Interpretar para poder vivir...

La biblioteca del Teatro de la Abadía de Madrid es el lugar perfecto para charlar con Julieta Serrano. Justo antes de comenzar, aparece José Luis Gómez. Ambos interpretaron El resistible ascenso de Arturo Ui de Bertolt Brecht en los años setenta, en una época de la historia de España especialmente complicada. Impresiona el respeto que muestra él por ella. Aunque no me extraña puesto que yo mismo lo hago. De hecho, lo primero que confieso a Julieta Serrano es la admiración que sigo sintiendo por ella. Sonríe y niega con la cabeza. Me dice que soy un exagerado. Julieta Serrano tiene 81 años y son 57 los que han pasado desde que se subió a un escenario, por vez primera, de forma profesional. Le pido que me cuente cómo fueron sus comienzos, por qué eligió esta profesión, cómo fue evolucionando. «Cuando comenzaba, allá por los años 50, la represión era absoluta a todos los niveles. Yo trabajaba en un taller como dibujante, apenas hablaba en público porque era muy tímida. Mis abuelos habían sido actores y tuvieron una compañía de zarzuela. Mi padre sentía gran amor por el teatro y, creo, que quiso ser actor aunque la búsqueda de la supervivencia propia y la de todos nosotros se lo impidieron. De niña me hacían recitar poemas subida en una banqueta y un lazo en el pelo. En catalán y en castellano. Siendo una cría, lo primero que hice fue con mi padre como director; más tarde, me apuntó en un cuadro escénico. Íbamos mucho al teatro y pasábamos la nochevieja en alguno de ellos. Ya ves que el teatro era un ingrediente muy importante en mi vida. Y pasó que el escenario fue lo que me dio la vida; que fue el lugar en el...

Señorita Puri: Cruasanes entrañables...

Tras media hora de espera, Puri sale por la puerta auxiliar del supermercado en el que trabaja. No cuadraba la caja y eso es sagrado. Caminamos hacia una cafetería del centro de Madrid. Llueve con fuerza. Pero Purificación García (Señorita Puri para sus más de 85.000 fans en Twitter; @senoritapuri) siempre lleva un artefacto encima que evita el desastre. El minúsculo paraguas se convierte en nuestra salvación. Sobre todo, en la de ella. No hay quien se meta allí debajo sin expulsar al otro. ¿Cómo va tu nuevo libro, querida? le logro preguntar después de sortear un par de charcos. «Muy bien. Se está vendiendo divinamente. Recibo a diario un buen montón de fotos de mis lectores con el librito en la mano desde lugares inverosímiles. Es emocionante saber que lo que escribes ayuda a la gente a pasar un buen rato y a olvidar sus problemas. Porque ese era el objetivo de Te dejo es jódete al revés y es el mismo que tenía entre los aladares al escribir La familia: alojamiento con tensión completa». Intento encender un cigarro, pero la lluvia lo convierte en un amasijo que se deshace entre los dedos. ¿Te importa parar un momento, guapa? A ver si puedo encender un cigarrito antes de morir ahogado. «Deberías visitar mi blog. Hay un montón de referencias a artículos extraños que permiten hacer las cosas más imposibles». Puri comenzó con su blog al mismo tiempo que yo con el mío. De hecho, nos conocimos intercambiando mensajes y comentarios a los textos que editábamos hace ya algunos años. «Todo era mucho más sencillo. Ya sabes que me gusta contestar a todos los mensajes que recibo, que no dejo de seguir a los amigos, que trato de ser amable con mis fans. No...

Entrevista a Luis Mateo Díez...

Primavera. Parece que sobre Madrid descarga una nevada improbable. Sin embargo, los copos de polen parecer bailar, sin ton ni son, al ritmo de una brisa distraída, negándose a tocar el suelo. Los que terminan posándose en el suelo vuelven a elevarse cuando sienten otra brisa nerviosa y ruidosa: la que provocan los vehículos que van y vienen sobre el asfalto. La luz del sol ayuda a que la estampa se tiña de un encanto que parece imposible en una ciudad como Madrid; una ciudad castigada por la contaminación, un ruido que se hace insoportable en algunos lugares y una suciedad que ya comienza a ser parte fundamental del decorado. Madrid enseña una belleza propia de postal antigua. Luis Mateo Díez me recibe en su domicilio. No coincidíamos desde hacía algún tiempo. Aprovechamos para preguntarnos sobre la familia, sobre nuestras obras en marcha, sobre el futuro más inmediato. Sobre esas cosas que nunca aparecen en las entrevistas ya escritas. El salón es luminoso. Sobre la mesa, los libros que está leyendo. Algo de Pérez Galdós, novela negra norteamericana, la nueva edición comentada de una de sus novelas.Mientras miro los ejemplares, le muestro mi preocupación respecto al mundo editorial. «Vivimos en una sociedad bastante degradada en muchos aspectos. En el caso de la literatura, la degradación llega desde el descrédito de la ficción como fuente de conocimiento humano. Y este es un problema que llega desde un mundo editorial comercializado en exceso, que ha olvidado al lector que se nutre del libro y se ha acercado a un cliente que compra, pero no lee. Ya dije en su momento que vivimos en un mundo en el que escriben novelas quienes no son novelistas para lectores que no leen. Por tanto, hay que fabricar un producto...

Mariana Cordero

Mariana Cordero mira con intensidad. Creo que intenta descubrir más allá de lo que ve. Nos acomodamos en una mesa de la cafetería del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Podemos ver caer la lluvia, correr a los peatones que dan pequeños saltitos para evitar los charcos. Pide un té verde. Yo un refresco con mucho hielo. Cambia de opinión y pide lo mismo. Mucho hielo y mucho refresco para los dos. Espera mi pregunta. Y cuando le digo que no hay preguntas, que se trata de charlar, relaja el gesto. Siempre me ha interesado mucho la vida de un actor fuera del escenario. Y como hemos decidido saltarnos las normas de cualquier entrevista, comenzamos por ahí. «El trabajo de un actor o de una actriz consiste en acumular todo lo que va experimentando. Mira, el otro día cedí mi asiento a una mujer negra en el metro. Un hombre mayor me dijo que no me molestara, que ella estaría acostumbrada a ir de pie en su país. Me enfadó tanto, sentí tal ira, que si ahora tuviera que sentir lo mismo, con recordar la cara de miedo y vergüenza de esa criatura, tendría suficiente. Y podría sentir lo mismo tantas veces como fuera necesario. Es el tesoro de los actores y actrices. Al interpretar se filtra la experiencia personal para fundirse con el personaje. Es inevitable arrastrar, en cada función, tus emociones, tus sensaciones, porque en algún lugar de tu consciencia hay algo que tiene que ver con el papel que vas a hacer». Es decir, que os pasa lo que a nosotros, los novelistas, aprovecháis cualquier cosa de este mundo para trabajar. «Con lo cotidiano se puede ensayar. Recuerdo que, en una ocasión, Carlos Gandolfo me preguntó con qué estaba trabajando para...

Javier Pereira

¿Se puede rodar una película en doce días y con sesenta mil euros en la cuenta bancaria (de los que cuarenta y siete mil son préstamos de familiares o amigos y trece mil son aportaciones a través del crowdfunding)? ¿Se puede rodar una película con lo puesto? Pues sí. Y uno de los ejemplos más emocionante y alentador es la película Stockholm de Rodrigo Sorogoyen. Tres años de proyecto que ha terminado siendo una magnífica sorpresa y un auténtico regalo para el cine español. Javier Pereira es el actor principal de Stockholm. Ha recibido el Premio Goya al Actor Revelación este mismo año. Como de costumbre, el tráfico de Madrid nos juega una mala pasada. Nos vemos algo más tarde de lo previsto. Hemos elegido el Círculo de Bellas Artes para sentarnos y charlar. Y el centro de la ciudad suele ser poco delicado con la puntualidad del que lo transita. Javier Pereira es un hombre simpático, dispuesto a escuchar lo que le voy diciendo con actitud reflexiva. Intentamos recuperar el tiempo que nos ha robado la Gran Vía madrileña yendo al grano. «Stockholm es una realidad gracias a las aportaciones de muchos. Además, lo hemos logrado, no sólo por esas aportaciones externas, sino porque el equipo ha invertido su propio sueldo. Todos hemos aportado entusiasmo y un nivel de confianza en el proyecto poco habitual. Tuvimos que reducir gastos al límite. Lo inevitable, como son los gastos de seguridad social del equipo, hubo que pagarlo sin demora; pero, por ejemplo, la casa que se ve en la película es nuestra propia casa. El éxito de la película fue financiarnos de este modo y ocultar las carencias de presupuesto con un movimiento exquisito de cámara por parte de Rodrigo, un reparto cortísimo o la...

Marta Sanz

En el barrio de Malasaña de Madrid se mezclan todo tipo de personas, todo tipo de nacionalidades; se pueden encontrar puestos callejeros en los que, si quieres, compras objetos sin utilidad alguna o echas un vistazo tratando de imaginar para qué podría servir cada cosa; tiendas de las que ya no quedan (esas que estaban en cualquier esquina del barrio y que ya sólo vemos en las fotografías antiguas o paseando este barrio); restaurantes dedicados a la cocina tradicional, otros que lo hacen buscando alternativas modernas; bares y cafés. En uno de esos cafés, el acogedor Pepe Botella, nos encontramos Marta Sanz y el que escribe. Creo reconocer en la música que acompaña la conversación, el saxo de John Coltrane, el de Ben Webster, el piano de Bill Evans y la trompeta de Davis. Comenzamos hablando del pasado. Hace ya muchos años, ambos fuimos alumnos y, más tarde, profesores de la Escuela de Letras de Madrid. La formación del escritor es el primer asunto que abordamos desde el recuerdo. «En la Escuela de Letras de Madrid, aprendí lo que no se debe hacer; aprendí a leer; que eso que llamamos literatura no es lo bonito de una novela o un poemario, ni un acto de exhibicionismo que sirva para recibir halagos. Aprendí que la literatura poco tiene que ver con los juegos florales. Aprendí a leer con una alta capacidad crítica y a utilizar esa misma capacidad para ejercer una mirada seria sobre lo que escribía yo misma. Entré en contacto con las personas que forman el mundo literario; con escritores, con editores, con otras personas que deseaban hacer de la literatura su forma de vida. Eso sí, la mirada personal me la llevé puesta de casa, eso es algo que no se aprende....

Luis Landero

Mientras me acomodo en una mesa del Café Comercial para esperar a Luis Landero, pienso en una frase que pensé hace ya muchos años. “La vida de un escritor es una vida cualquiera. La única diferencia entre esta y las otras es que la del escritor se puede leer”. La vuelvo a escribir en mi agenda. Forma parte del rito de la entrevista. De cualquiera de ellas, aunque esta con Luis es especial por muchas razones. Una de ellas, tal vez la más importante, es que es uno de los autores más cercanos con los que he hablado; cercano y sencillo. Y eso no es poco siendo uno de los escritores más importantes de la narrativa actual española. Otra de ellas, es la extraordinaria influencia que ejerció sobre mi forma de entender la literatura su novela Juegos de la edad tardía. De eso hace ya mucho tiempo. Veinte años si no me falla la memoria. Luis Landero llega puntual. La sonrisa de siempre. Es un hombre muy educado, de trato exquisito. Nos contamos los proyectos de cada uno, los que ya están en curso, los que son ideas sin concretar. Pedimos algo de beber. Él lo habitual. Yo dejo que sea el camarero el que elija por mí. Le leo la frase que he escrito poco antes. Y no hace falta nada más para que mantengamos una conversación estupenda. Luis Landero fue profesor durante treinta y dos años. Su discurso es tranquilo, atractivo; cada frase parece fluir sin problemas para encajar en un escenario que va construyendo con suma facilidad. “Procedo de una familia campesina. Todos mis parientes lo eran. Padre, madre, abuelos, tíos y primos. Jamás conocí un libro siendo niño. Lo que sí tuve fue la gran fortuna de escuchar a mi abuela...

Manuel Rico

Nos encontramos en la Glorieta de Bilbao. Frente al Café Comercial. Es esa hora a la que Madrid se despierta definitivamente. Siempre he pensado que esta ciudad es un enorme corazón que bombea, hacia sus calles y plazas, a hombres, mujeres y vehículos. A modo de glóbulos rojos, blancos o plaquetas. El agua de lluvia disfrazada de plasma, la brisa oxigenando todo. Es la idea que tengo en la cabeza justo antes del apretón de manos con Manuel Rico. Poeta, novelista y crítico literario. De los buenos. Entramos en el salón del café. Excesivo bullicio. Nos invitan a ocupar la planta de arriba para poder charlar tranquilamente. Le recuerdo a Manuel que compartimos nuestro gusto por escribir con estilográfica y con tinta verde mientras firma uno de los libros con los que me ha querido obsequiar. Fugitiva ciudad, un poemario exquisito. No exagero si afirmo que es uno de los mejores libros que he leído en los últimos tiempos. Nos preguntamos, uno al otro, sobre autores que ambos conocemos. Esto nos lleva a cambiar impresiones sobre el mundo editorial, acerca de lo extraño que resulta el bajísimo número de ejemplares con los que cuenta una edición en la actualidad,  sobre los problemas con los que se encuentran los nuevos escritores, sobre la preocupación de encontrar espacios en los que puedan estar todos ellos. Sobre la autoedición y sus efectos. “Siempre hubo autoedición. Ahora es mucho más elevado el número de títulos que llegan al mercado por esta vía gracias a las nuevas tecnologías, pero siempre hubo autores que invirtieron en su propia obra. Y no es algo malo en sí mismo. Lo que no puede desaparecer, porque sería muy perjudicial, es un instrumento discernidor que proponga el canon y lo mantenga; tanto en edición...

Hilda Farfante: Del espanto y de la felicidad...

El destino hizo que Hilda Farfante y el que escribe nos arrimásemos, uno al otro, hace ya muchos años. He escuchado a Hilda contar muchas cosas acerca de su vida, en muchos momentos distintos, en diversos lugares. Me une a ella un enorme sentimiento de admiración. Hilda tiene ochenta y dos años; es maestra y directora escolar (cargo conseguido al opositar) además de licenciada en pedagogía; aunque el título que más le gusta es el de hija de los maestros asesinados de Cangas de Narcea. Me dice que es maestra porque aquellos eran unos estudios muy bonitos para una mujer y, además, baratos. Por otra parte, eran casi los únicos que podía realizar. Hilda, ¿qué queda de aquel proyecto que comenzaron a construir cientos de hombres y mujeres durante la II República? No deja de jugar con un bolígrafo que tiene la punta doblada. Me he fijado, mientras toma algunas notas de lo que voy diciendo, en que el trazo de Hilda es duro y ágil. “Yo creo que hoy en día hay mucho de aquello. Fue durante los cuarenta años de dictadura cuando la educación reposaba en un auténtico desierto. Demasiado tiempo dentro de un lavadero de cerebros”. Me quejo. Tímidamente, pero me quejo. Porque creo que sí se han perdido cosas preciosas. Le pongo un par de ejemplos. El santo respeto por el niño. El arte de perder el tiempo como parte del aprendizaje. “Tienes algo de razón. Pero lo fundamental, lo que se procura salvar y potenciar a toda costa es la escuela de todos (es decir la escuela pública) y para todos (hombres y mujeres, ricos y pobres; en igualdad). Ese concepto engloba esas cosas tan bonitas que mencionas. Primero lo fundamental y, una vez conseguido, moldear cada parte. Y...

José María Merino

Los escritores jóvenes, siempre, quieren parecerse a otros más veteranos; a los que, por alguna razón, admiran. Yo que he sido joven (aunque a estas alturas me parezca mentira) quise parecerme a algunos de ellos. A Faulkner por su dominio absoluto del lenguaje, a Vargas Llosa por su capacidad para desarrollar una novela total y a José María Merino por su capacidad de fabulación, por su intuición al escribir, por saber agarrar lo cotidiano y convertirlo en ficción. Prologó la segunda de mis novelas y eso me produjo gran satisfacción; una alegría parecida a la que sentí cuando supe que el 27 de marzo de 2008 ingresaría en la Real Academia Española para ocupar la silla m. José María Merino me recibe en su casa. Me sigue pareciendo el mismo hombre cercano, sencillo, amable y sabio, que conocí hace años. Llega una gatita joven que se estira arqueando el lomo y escapa cuando alargo el brazo para acariciarle. Ya sentados, mientras nos preguntamos sobre cómo nos van las cosas al uno y al otro, me fijo en el precioso reloj de pared que tengo a mi derecha. El péndulo es enorme. Sirve de metrónomo para la conversación que comienza sobre escritura, cultura, lo divino y lo humano. Me intereso por su trabajo en la Real Academia Española. Antes de contestar, me parece ver que el académico cruza las piernas y arquea ligeramente la espalda. Tal vez quiera escapar de lo solemne, arrimarse a un discurso claro y asequible. “En la Real Academia Española se hace lo mismo hoy que hace trescientos años. Los académicos trabajamos con las palabras, con el diccionario. Aunque, lamentablemente, en la actualidad tengamos que hablar, más tiempo de lo deseado, del bajo presupuesto con el que contamos y de cómo...

Jorge Blass

Antes de comenzar la entrevista, mientras nos acomodamos en un par de butacas del Circo Price, le pregunto a Jorge Blass si, en realidad, es mago. –       Haces cosas imposibles. Y eso es magia se mire por donde se mire. –       Ya sabes que lo que cuenta es la mirada del espectador. Ni siquiera el truco es importante, me dice entre risas. La magia abre los ojos, te genera una experiencia reconfortante. Esa es la magia. Vamos dejando cosas en las butacas de alrededor. Los operarios corren de un lado a otro para colocar todo en el lugar exacto. –       Jorge ¿has pensado que los artistas nos dedicamos a construir mundos para explicar la realidad y los magos lo que hacéis es poner la realidad patas arriba para explicarla? Vais por libre, como si con vosotros no fuera la cosa. –       Qué buena lectura; nunca antes me habían dicho nada parecido. Me lo quedo. –       Te lo regalo. ¿Será por eso que nunca se os incluye dentro del marco cultural? (Intento ganar algo de tiempo mientras rescato la mitad de mis cosas que han caído al suelo) –       No, no. A Juan Tamariz le han concedido la Medalla de las Bellas Artes. Es el único mago que la ha recibido. El resto tendremos que ir dando pasos en la dirección correcta. Pero no podemos evitar romper las leyes físicas para poner el mundo patas arriba. En cualquier caso, es verdad que hemos vivido una carencia importante de propuestas escénicas en el mundo de la magia. Ahora es cuando estamos consiguiendo algunas cosas importantes. Dejo un ejemplar del periódico sobre mi agenda. En portada un caso de corrupción. –       Estos si que hacen magia. Cómo desaparecen las cosas de su alrededor ¿no? –       Son malos...

Amando de Miguel

Madrid. Doce de febrero. Café Gijón.La ciudad es inmensa. Hay cientos de lugares en los que se puede charlar de cientos, de miles, de asuntos. Pero, seguramente, el Café Gijón sea el único en el que el sabor de cada palabra se tiña del color de la cultura. De literatura, de lenguaje exquisito, de tradiciones intelectuales. Doce más treinta. Amando de Miguel llega a su hora. Le espero con quince minutos de impuntualidad. Pedimos un vaso de leche caliente (él) y un café cortado descafeinado (yo). Uno de los camareros es escritor. Sólo en un sitio como este pueden pasar estas cosas. ¿Habrá lugares con tanta solera intelectual? La charla comienza sosegada. Nunca hay prisas para hablar de lo importante. “El lenguaje sirve, entre otras cosas, para que no pensemos mucho. Si tuviéramos que pararnos a pensar en cada cosa cargaríamos con un trabajo muy pesado. Por eso construimos frases que quedan hechas aunque eso no es un problema; no nos adormece. Al contrario nos obliga a buscar en los archivos que tenemos guardados en algún lugar”. Amando de Miguel va construyendo cada frase con el gusto de un buen conversador, mirando de frente para intentar saber si las cosas se van colocando donde tocan. Estamos de acuerdo, Amando. Pero el problema es que desconocemos la herramienta que llamamos lenguaje. Y eso nos lleva a tener confusiones graves. Unas divertidas y otras no tanto. Le robo unos segundos de protagonismo en la entrevista para ser yo el que cuente algo que ha ocurrido hace unos días y que me parece revelador. Dos niñas de siete años sentadas a la mesa. Las madres hablan de sus partos, de cómo fueron. Escucho a una de esas crías. Le dice a la otra que una madre puede...