Roberto Devereux: La zona oscura de eso que llamamos amor Sep26

Roberto Devereux: La zona oscura de eso que llamamos amor...

La temporada operística arranca en el Teatro Real de Madrid. Lo hace con Gaetano Donizetti. La obra Roberto Devereux, sin ser la más conocida de este compositor, llena el escenario de esas cosas de las que tanto se ha hablado desde que el hombre es hombre y que ha sufrido desde el principio de los tiempos: injusticia, venganza, infidelidad, traición, celos, muerte y amor auténtico. Desde que Homero dejó escritas sus obras, todos los autores de la historia han seguido hablando de las mismas cosas. Amor, muerte, venganza, envidia, guerra, injusticia… Más que nada porque todos los autores han tratado de explicar qué es eso que nos ocurre a los que nos pasamos un rato por este mundo. Dicho de otra forma, los autores de todos los tiempos han querido pasar a limpio la vida intentando encontrar un sentido a nuestra existencia. Gaetano Donizetti no fue una excepción. Y se interesó por un capítulo que protagonizó la reina Isabel I y su pariente Roberto Devereux que contenía todos los ingredientes necesarios para contar una historia repleta de esas cosas a las que me refería. Es verdad que la ambición y la arrogancia de Devereux se convierten en inocencia y amor verdadero y que la reina amenazada, arrasada por las circunstancias, se convierte en una especie de brutal depredadora; pero eso ya es el resultado de las vueltas que los autores dan a las cosas para que funcionen sobre un escenario. El interés de Donizetti se tradujo en la ópera Roberto Devereux. La producción de la Welsh National Opera de Cardiff que presenta el Teatro Real resulta opresiva, inquietante. Las sombras invaden el escenario en un intento del director de escena Alessandro Talevi por trasladarnos a un mundo en el que todo se tiñe de...

Sensaciones I: Roberto Devereux de Donizetti Sep26

Sensaciones I: Roberto Devereux de Donizetti...

Era el año 1991 cuando fui a ver por primera vez una ópera. Tenía entonces yo 9 años. Mi madre dijo: “Vamos al Teatro Cervantes a ver El barbero de Sevilla”. Allí, desde Buenos Aires, y a los 9 años, a mí los nombres Cervantes y Sevilla todavía me eran extranjeros, y hasta incluso términos de ficción, sobre todo pronunciados en ese contexto. Hoy, 23 años más tarde, veo por primera vez una ópera en el Teatro Real de Madrid. Aquello ya no es extranjero: yo soy española aunque uno a los 9 años no sospeche que puede sortear fronteras con la identidad. Y Cervantes y Sevilla ya no se juegan como meras palabas de títulos o nombres vacíos, como ficción; ahora son real, como el Teatro. Entre medias, vi óperas en distintas ciudades del mundo. ¿Pero qué es eso que es la infancia? El momento donde comienzan a impregnarse las cosas por primera vez. El mismo año que mi madre me llevó a ver El barbero de Sevilla (Giacchino Rossini), también me llevó a La flauta mágica, de Mozart. Y un año después, en 1992, me dijo: “¿Te acordás de las óperas que vimos el año pasado? Bueno, tengo entradas para ir a ver otra, se llama El elixir de amor, ¿querés?”. Yo no sabía que era Donizetti. Le dije que sí. Me gustaban la palabra amor y la palabra elixir, y sobre todo: tenía recuerdos bellísimos de aquellas experiencias de óperas. Las gargantas vibrantes, los trajes de las mujeres, las lámparas del teatro y algo inolvidable: nuestro palco. Era mucho mejor que jugar a la casita (aunque a los 9 ya no jugaba, pero la tenía fresca en el recuerdo). El palco era tener una casa de color rojo sangre, suave como la...

Goyescas + Gianni Schicchi = #MeGustaPlácidoDomingo Jul04

Goyescas + Gianni Schicchi = #MeGustaPlácidoDomingo...

Plácido Domingo, a sus setenta y tres años, logró poner en pie al público que llenaba el Teatro Real. Esto no es nada nuevo. Lo que sí es algo menos habitual es que un pequeño recital, entre dos óperas y programado a última hora, se convierta en el éxito de la tarde y de toda una temporada operística. Plácido Domingo parece llenar el mundo entero. Después de montar un verdadero lío sobre el escenario, tomó algo en La Taberna del Alabardero (un lugar exquisito y de obligada visita que se encuentra muy cerca del Teatro Real de Madrid). Daba la casualidad que allí, además de Plácido, se encontraban mi esposa, mi hijo mayor y su novia. Me cuentan que al pagar, el maestro tarareó algo a la señorita que le atendía. El que escribe, mientras, asistía a la tercera parte del espectáculo, la ópera de Puccini Gianni Schicchi. Y me lo narraron entusiasmados por haber estado junto a él, por haber tenido el privilegio de escuchar tararear, a menos de un metro de distancia, algo (muy poquita cosa) a uno de los mejores cantantes de la historia de la música. La camarera parecía flotar sobre la tarima de la taberna. El carisma de los grandes artistas es así. Como ya digo, Plácido hizo feliz a todo el que se encontró por el camino. Y su entrega es algo que no agradeceremos nunca lo suficiente. Acaba de pasar por un momento triste (la muerte de su hermana) y, por ello, ha renunciado a su papel en la obra de Puccini. Como es natural, no le pedía el cuerpo participar en algo tan divertido y disparatado. A cambio, ha regalado, a todos los aficionados que han conseguido entrada, un pequeño recital convertido en la única forma...

Porgy and Bess: Papá, parece que estamos en Broadway Jun14

Porgy and Bess: Papá, parece que estamos en Broadway...

El pasado 10 de junio se ha estrenado en el Teatro Real de Madrid la ópera de George Gershwin, Porgy and Bess. El jazz, el blues, los ritmos africanos casi arcaicos, el gospel y un claro eco vanguardista de la Europa de los años treinta, hacen de esta obra un verdadero placer para el espectador. Lo voy a decir ya: si tienen oportunidad, no dejen de asistir a cualquiera de las funciones que están programadas de esta ópera en el Teatro Real de Madrid. Como mínimo les gustará mucho. A los que no son aficionados a la ópera les diré una cosa (también sirve para los que sí lo son). Mi compañera de butaca, una señorita de ocho años, no pudo resistir la tentación de decir, diez o quince minutos después de comenzar el espectáculo; papá, parece que estamos en Broadway. Al finalizar; ya fuera del teatro; caminando por la calle arenal; llovía en Madrid y hacía fresco; dijo emocionada: cómo me pican las manos de tanto aplaudir. El asunto que trata la obra de George Gershwin es uno de los grandes temas que traen de cabeza al ser humano. Ni más ni menos que el amor. Pero lo hace utilizando vehículos bastante poco convencionales: las drogas, la muerte, la discapacidad, la pobreza, la marginación o la religión. Porque, claro, los pobres también aman, los drogadictos lo mismo e, incluso, y aunque le parezca mentira a unos cuantos, los malos saben y pueden amar de lo lindo aunque sea a sí mismos. También, Gershwin ataca el asunto desde la solidaridad, desde la celebración en comunidad, desde la pareja como unión espiritual que puede desmoronarse en el terreno carnal aunque nunca desaparece. El libreto que, generalmente, en las óperas suele ser bastante flojo, no está mal...

Michael König y Adrianne Pieczonka: La soledad de los cantantes May29

Michael König y Adrianne Pieczonka: La soledad de los cantantes...

El Teatro Real de Madrid está lleno de rincones preciosos. En uno de ellos, en la dependencia conocida como “salita verde”, nos encontramos con Michael König y Adrianne Pieczonka. Son el tenor y la soprano que encarnan los papeles de Florestan y Leonore en las representaciones de la ópera de Ludwig van Beethoven, Fidelio, que tiene programadas el Teatro Real hasta el próximo 17 de junio. El día en Madrid es caluroso. Adrianne Pieczonka tiene poco tiempo para atendernos. Debe caracterizarse para interpretar su papel. Michael König tiene menos prisa puesto que con él tardan menos las peluqueras y maquilladoras. En cualquier caso, el tenor tiene aspecto de hombre tranquilo, de no tener motivos para las prisas. La conversación es fácil y se desliza con la cadencia de la siega en verano. Hablamos de los comienzos, de los porqués. Michael König comenzó cantando en un coro de chicos, a los ocho años, aunque eso “no significaba, en principio, que fuera a ser cantante de ópera. Era educación básica y, finalmente, se convirtió en el momento en el que se desarrollo mi vocación”. El tenor contesta con tranquilidad, moviendo las manos con calma y sin aspavientos. “Fueron mis padres lo que insistieron. Mi padre tenía muy buena voz, pero no le dejaron cantar. Había que reconstruir Alemania. Me inscribió en ese coro de chicos. Al principio no me gustaba, era algo extraño; aunque, después, he sabido que fue la mejor decisión que ellos tomaron por mí. Pasado un tiempo, me pregunté hasta dónde podría llegar eso de cantar. Fue mi propia decisión tras un primer contacto algo dubitativo”. Adrianne Pieczonka es una mujer muy atractiva, de rasgos duros y marcados. Mira a su compañero para comprobar que ya ha acabado su intervención. Y habla. Su...

Fidelio: Luces y sombras sin movimiento May29

Fidelio: Luces y sombras sin movimiento...

Hasta el 17 de junio se representará, en el Teatro Real de Madrid, la única ópera de Beethoven, Fidelio, una obra que suma distintas tradiciones musicales (alemana, vienesa, francesa e italiana) y que está basada en un hecho real ocurrido durante el periodo del Terror francés. Una ópera que oscila entre la oscuridad de la injusticia y la luz que aporta la mujer. Ir a ver una ópera y levantarse de la butaca pensando que una buena grabación hubiera sido suficiente no es muy buena señal. Claro que no lo es. Y eso es algo que puede ocurrir cuando la puesta en escena no funciona. Puede ser que la dirección musical sea correctísima (Harmut Haenchen conduce a la Orquesta Titular del Teatro Real con acierto, con la fuerza necesaria cuando toca y con exquisita delicadeza en cada nota; sabiendo encajar el trabajo del coro y del reparto con facilidad y solvencia); puede ser que los cantantes estén bien de voz y manejen con gracia el arco dramático de sus personajes; puede ser que nos encontremos con algún elemento original dentro de la caja escénica; todo esto puede ser, pero no resulta suficiente. Hoy en día, el público reclama algo más para no sentirse defraudado. Y es que sobre el escenario tienen que pasar cosas, no se admiten pausas en el desarrollo o en la evolución de los personajes cuando no están justificadas; los códigos podrán ser diversos aunque no habrá sitio para la falta de ideas o para solventar la papeleta con lo facilón. Fidelio es una ópera más que interesante. Deudora de la opéra à sauvetage (ópera de rescate), mezcla la tradición italiana (el aria de Leonora Abscheulicher! Wo eilst du hin? es el más claro de los ejemplos) con la francesa en...

Ermonela Jaho o la otra forma de mirar a las personas...

Ermonela Jaho es una de las voces femeninas más bellas del panorama operístico actual. Y una artista de raza. Pero, sobre todo, es una mujer agradable, cercana; con mucho de ese carácter balcánico que reivindica el papel de la mujer en el mundo; una joven que procura mantener los pies en el suelo sin olvidar su pasado. Y muy guapa. Teatro Real de Madrid. Antes de comenzar la entrevista, no puedo resistir la tentación de decir algo a Ermonela. Me mira con interés, intentando comprender. Si yo fuera Giacomo Puccini escribiría La Bohème pensando en ti, le digo. Se mira el antebrazo izquierdo, pasa la mano derecha por encima dos o tres veces con rapidez y se limita a sonreír.  Nos regalamos un abrazo sincero. Las grandes cantantes parecéis estar muy lejos aunque yo sé que no, le digo. Cuando te vean con tu traje negro y la flor roja en el escote quiero que sepan que eres de verdad, que eres como cualquier otra persona. ¿Lo intentamos? Ermonela ríe, dice sí y comienza a hablar. “Tal vez por haber nacido en Albania y vivir un mundo muy cerrado, hasta los 4 ó 5 años fui una niña de una timidez casi patológica. Mis padres se preocupaban mucho porque no jugaba con otros niños. La primera vez que me sentí libre fue la primera vez que canté. Nunca lo hacía en público; el canto era liberador, pero siempre lo hacía a escondidas.  Mi madre era una mujer de gran generosidad, mi padre un oficial idealista. Y las dos cosas juntas fueron perfectas para crear el alma de un artista. Seguí cantando a escondidas, pero frente al espejo. Cuando ellos me vieron dijeron “nuestra hija es normal”. “Más tarde quise entrar en la escuela de...

Flores que se marchitan Abr29

Flores que se marchitan...

La historia de Violetta Valéry está unida a la falta de casi todo. La muerte es solo esa forma de ausencia que termina siendo el colofón a toda una vida. Ya lo expresó Alenxandre Dumas en La Dama de las Camelias y así lo recoge Verdi en La Traviata. Y ante eso, el escenario en el que se desarrolla la obra se dibuja, necesariamente, como marco de la zona más oscura de la existencia del ser humano y antesala de un final tan trágico como necesario. Estamos acostumbrados a la luz y al lujo cuando nos presentan esta ópera. A espacios grandiosos en los que se mueven hombres y mujeres educados, elegantes, finos y representantes de lo más luminoso de las personas. Sin embargo, Violetta vive un mundo distinto, malvive entre alhajas que le permiten fingir una felicidad que compra a plazos, pero que nunca logra disfrutar. Tal vez sea esta La Traviata menos atractiva o menos amable para el público aunque es la que más poso deja en el espectador sin lugar a dudas. Hasta el 9 de mayo, cada tarde de representación, el Teatro Real de Madrid se llena de un público que desea pasar un buen rato con una de las óperas que más agradan desde siempre. Un público que celebra la inclusión de obras clásicas y conocidas, de óperas amables, en el programa anual. Un público que no busca lo exquisito en las interpretaciones porque en las butacas se mezclan expertos, aficionados y personas que quieren acudir a la ópera por primera vez. ¿Es esto lo que debería ocurrir siempre? Desde luego que sí. Si la ópera es un espectáculo con el que debe disfrutar el público que así sea. Los detalles, los matices, la valoración de lo exquisito, es cosa...

El público: La dualidad del universo Mar03

El público: La dualidad del universo...

Federico García Lorca dejó muchas joyas literarias para que pudiéramos disfrutar de ellas. Al fin y al cabo, fue un excelente escritor. Entre ellas se encuentra una obra sin concluir titulada El público. Ahora, con libreto de Andrés Ibáñez y partitura de Mauricio Sotelo, se convierte en ópera (posiblemente la mejor forma de ponerla en escena) y se representa en El Teatro Real de Madrid hasta el 13 de marzo. Estreno absoluto en el Teatro Real de Madrid. El público. Obra de Federico García Lorca adaptada por Andrés Ibáñez. Partitura de Mauricio Sotelo. La mujer que tuve a mi derecha, cinco minutos después de comenzar la representación, ya decía que aquello no lo podía entender nadie. Incómoda en la butaca, lo repitió varias veces. En el descanso, ella, sus acompañantes y un buen número de espectadores, abandonaron sus butacas para no volver. Ni entendían nada ni hicieron el más mínimo esfuerzo por comprender. Y es que, todo hay que decirlo, la pedagogía Mortier ni dio ni dará los frutos que él esperaba porque el espectador del Teatro Real es lo que es y es como es. El público es uno de los últimos coletazos de lo que quiso hacer este hombre tan incomprendido como terco en sus propuestas. El público, a pesar de las fugas, resulta ser una ópera magnífica, moderna, atrevida y exigente con el escenario y la platea. Es verdad que algunas cosas destacan sobre otras que están y no se echarían de menos al desaparecer en una posible revisión de la producción. Pero el conjunto es atractivo; a veces, vehículo de emociones intensas y remotas arrancadas al espectador; a veces, una olla a presión de la que sale disparada una lírica en forma de imagen que arrasa con todo a su...

Una mirada limpia Ene27

Una mirada limpia

Estupendo el espectáculo que puede disfrutarse en el Teatro Real de Madrid hasta el próximo día 7 de febrero. Hänsel y Gretel se presenta con una puesta en escena muy divertida y cercana para convertirse en una opción única con la que iniciar a los más pequeños en una manifestación artística tan potente y desconocida como es la ópera. No solo es cosa de todo tipo de adultos; también es cosa de niños. Una de las excusas más habituales que utilizan (utilizamos) los padres para no llevar a los niños a esos lugares que parecen estar en este mundo para el uso exclusivo de adultos y solo adultos es imaginar que se aburrirán y les (nos) destrozarán el plan. Se pueden aburrir, igual se duermen, no sabemos si aguantarán al descanso para ir al baño. Pues bien, lamento comunicar a los padres, madres, tíos y abuelos de este mundo que en eso (como en casi todo lo que tiene que ver con los niños) estamos equivocados. De cabo a rabo, para ser más exacto. Hasta el 7 de febrero se representa en el Teatro Real de Madrid la ópera de Engelbert Humperdinck Hänsel y Gretel. Es divertida a más no poder, amable hasta lo sorprendente. Y una ocasión única para dejar las excusas olvidadas. A veces (muchas), los que escribimos sobre lo que vemos en los teatros, nos perdemos en profundidades técnicas y olvidamos aspectos fundamentales. Voy a decirlo sin cosmética: nos ponemos estupendos. Una de esas cosas que solemos dejar a un lado es, ni más ni menos, lo que se puede disfrutar de un espectáculo sin prestar atención a la colocación de un elemento sobre el escenario, el diseño del vestuario o si la soprano se ha dejado olvidado su mejor La...

Muerte en Venecia: El viaje sin retorno Dic09

Muerte en Venecia: El viaje sin retorno...

Madrid tenía una deuda pendiente con Benjamin Britten. Ya se ha liquidado. Y no de cualquier forma. Porque el estreno de Muerte en Venecia del compositor inglés es el ejemplo extraordinario de esa unión de todas las artes escénicas que es, en realidad, la ópera. Maravillosa la ópera de Britten. La puesta en escena de Willy Decker es inteligente, eficaz, a la vez que atractiva y vistosa; y, con ella, se resuelve uno de los problemas por los que esta obra se ha representado tan pocas veces: su teatralización. Son diecisiete escenas repartidas en dos actos que no permiten dudas. Decker, utilizando distintos telones, es capaz de presentar la obra sin empujones, sin exigir del espectador un esfuerzo adicional y, con ello, consiguiendo que todo fluya para que en el patio de butacas la atención se centre en lo importante y no en lo accesorio. Por cierto, Decker ha realizado un trabajo de limpieza, muy de agradecer, para eliminar todo aquello que representaba una molestia por superficial e irrelevante. Por su parte Alejo Pérez, director musical, acompaña bien. Y digo acompaña porque tampoco intenta nada más allá de lo que esto representa. Bastante trabajo supone seguir el ritmo frenético del escenario. Su dirección es correcta y algo plana. Aunque suficiente. Estamos hablando de la última ópera de Britten. Estamos hablando de la adaptación de una de las mejores novelas de todos los tiempos firmada por Thomas Mann (Der tod in Venedig, 1912). La libretista Myfanwy Piper hizo un trabajo muy meritorio modificando el punto de vista de la novela para que todo se convirtiera en un monólogo interior del personaje central (Gustav von Aschenbach) y para que los encuentros narrados en la novela con distintos personajes, en esta adaptación, se pudiesen interpretar como parte...

Lo irresistible de la ópera...

El próximo día 4 de diciembre se presenta en el Teatro Real de Madrid la ópera de Benjamin Britten Muerte en Venecia, una relectura de la novela de Thomas Mann. El director artístico, Joan Matabosch, reflexiona sobre la realidad de la ópera en España, sobre los tópicos que rodean un arte escénico que no tiene posible comparación con ningún otro por su fuerza y su grandeza; defendiendo la necesidad de convivencia entre de la defensa de la tradición y los cambios necesarios que ya han llegado y estar por venir. Tal vez sea la única forma de acercar la ópera al gran público. Desde el despacho que Joan Matabosch ocupa en el Teatro Real se disfruta de unas magníficas vistas de la plaza de Ópera de Madrid; un lugar en el que se encuentran ryders volando como pegados a su BMX, paseantes; muchachos que, con su patín, insisten en lograr cosas imposibles; parejas de novios besándose, vendedores ambulantes y chiquillos correteando. Joan Matabosch es un hombre amable, nervioso, rápido de ideas y excelente conversador. Construye su discurso con enorme rapidez, sin mostrar dudas sobre lo que dice. Es el director artístico del Teatro Real. Le pregunto sobre cómo alguien llega a ocupar un puesto tan importante como este. Sonríe y me cuenta. «No he llegado al mundo de la ópera de forma programada. Ni se me había pasado por la cabeza. No creas, cuando se me han planteado cambios profesionales en mi vida, siempre, he mostrado cierta resistencia. Eso sí, mi relación con la música, el teatro y la ópera, fue muy prematura. Con cinco años asistí a mi primera ópera. Y con seis o siete era capaz de ver festivales enteros. Es algo que siempre me ha acompañado. Supongo que eso y mi...

El amable disparate Oct28

El amable disparate

Que en un espectáculo prime la diversión sobre aspectos más profundos del arte no está mal. Al contrario, es una cosa muy saludable. El problema es que eso sea lo más frecuente. La fille du régiment es una ópera que incluye un libreto superficial e imposible, pero, además, una partitura firmada por Gaetano Donizetti que es maravillosa y que exige de los cantantes un esfuerzo extraordinario para salir airosos de la batalla. El Teatro Real presenta un divertimento que exalta el bel canto y la inteligencia al diseñar un espectáculo. Si usted cree que la ópera es una forma de diversión, y poco más, La fille du régiment es su obra. Si, por el contrario, cree que la ópera es fuente de conocimiento y una entrada lujosa que da acceso a miradas desconocidas y extraordinarias, La fille du régiment es su obra. Porque no pasa nada por levantar el pie del acelerador y poder asistir a espectáculos divertidos y solo divertidos. Desde luego, si alguien busca pensamiento profundo en esta obra de Gaetano Donizetti se está equivocando de cabo a rabo. Pero si alguien quiere conocer lo que es la ópera por primera vez, el trabajo de Donizetti es una oportunidad de oro puesto que lo amable es, siempre, bien recibido. Nunca estaremos agradecidos del todo con este compositor que, sin dar la espalda a la mejor música buscaba lugares comunes para entendidos, aficionados y recién llegados. La producción que presenta el Teatro Real de Madrid es vistosa, divertida y casi entrañable. Bien la puesta en escena llena de inteligencia que explota las pocas virtudes de un libreto absurdo, bien musicalmente (Bruno Campanella cumple aunque sin grandes alardes), bien el vestuario (cuidadísimos los detalles), todo bien; salvo las voces que van de bien a...

¿Y si vamos a la ópera?...

Los tópicos suelen convertirse en barreras que hacen imposible llegar a la verdad de las cosas. La ópera, al menos en España, se convirtió en un espectáculo artístico reservado a una clase social determinada, a personas de cierta edad y a entendidos (o a los que lo parecían). La ópera quedó instalada en la lejanía, en lo exquisito resevdo a unos pocos. Una lástima. Porque la ópera es universal, puede llegar a emocionar a todo tipo de personas y la tenemos a la vuelta de la esquina de cualquier ciudad con cierto interés por la cultura. Y con presupuesto, claro. Son muchos los que me preguntan por qué me gusta la ópera, por qué acudo con entusiasmo al Teatro Real o cualquier otro foro (sea lo que sea que se represente), cómo puedo conducir mientras escucho semejante cosa. Naturalmente, los que preguntan este tipo de cosas no son aficionados a la ópera. Suelo contestar alzando la ceja. Explicar un gusto o una afición resulta difícil. Y, además, las preguntas son retóricas. En realidad, lo que me quieren decir es que apague el reproductor del coche porque no les gusta o que soy un tipo de lo más raro. Posiblemente, aburrido. Como ellos creen que es la ópera, vaya. He escuchado muchas veces una frase que dice que si vas a la ópera caben dos opciones, o bien te apasiona hasta llorar, o bien detestas el espectáculo. He escuchado esta frase tantas veces como he pensado que es un tópico y, que, a la vez, es bastante discutible. Si alguien entra en, por ejemplo, el Teatro Real de Madrid por primera vez y la ópera que se va a representar es La Bohème de Giacomo Puccini, es muy posible que quiera repetir, es muy posible...

La brillantez de lo clásico Sep16

La brillantez de lo clásico...

Arranca la temporada de ópera en el Teatro Real de Madrid. Y lo hace con fuerza, con elegancia; apostando por un cambio radical respecto a lo que Gerard Mortier propuso durante el tiempo que fue director artístico del teatro. El foro madrileño se vistió de gala para recibir una ópera universal: Le Nozze di Figaro. Elegir a Mozart para inaugurar es una apuesta segura y, esta vez, para tranquilidad de muchos, no hubo sorpresas con una puesta en escena que busca la pulcritud y el respeto absoluto por la idea del compositor. Además de un compositor único e irrepetible por su genialidad, Mozart era algo gamberro. En el caso de Le Nozze de Figaro, nos hace reír acompasando cada nota con la evolución narrativa, acompasando cada elemento musical con el teatral. Mozart era compositor, pero no puede ponerse en duda su enorme capacidad para construir teatro. Gustaba de llevar las cosas hasta los límites establecidos en la época como insalvables en la que escribía sus obras; obras que siguen pareciendo modernas puesto que, al fin y al cabo, tratan temas universales: amor, amistad, lealtad… y son manejadas con una ironía y un sarcasmo atemporal. Y esta ópera que inaugura la temporada en el Teatro Real de Madrid contiene todos los ingredientes del mejor Mozart. Durante los últimos años, muchos aficionados entraban en el foro madrileño con la ceja levantada después de figurarse que iban a asistir a algún experimento o, lo que es peor, a alguna patochada que quisiera tapar la falta de talento de alguien dispuesto a inventar la ópera (otra vez). Otros llegaban encantados por la misma razón (todo hay que decirlo). Esta vez, la puesta en escena de Emilio Sagi resulta de una elegancia extraordinaria y no puede dejar indiferente a...

Orfeo y Eurídice: El lenguaje universal Jul15

Orfeo y Eurídice: El lenguaje universal...

Arrancando desde la ópera de Christoph W. Gluck (1714 – 1787), la coreógrafa Pina Bausch creó un ballet muy cercano a las intenciones del compositor aunque incluyendo ideas originales que buscaban mayor intensidad en los encuentros entre Orfeo y Eurídice, así como el camino a transitar para lograr convertir el arte en algo accesible a través de la encarnación necesaria. Pina Bausch se arrima al clasicismo para no topar con un final feliz ante el que sucumbió Gluck en su ópera. Pina Bausch (1940 – 2009) dijo que «la danza es el único lenguaje verdadero». Esta es una afirmación que podríamos discutir aunque lo cierto es que lo que sí conseguía, en cada una de sus obras, es que pareciera una verdad absoluta. La puesta en escena de su Orfeo y Eurídice (danza – ópera en cuatro cuadros) es, sencillamente, colosal. El encuentro con las sensaciones y los sentimientos humanos como característica universal del ser humano (de aquí procede la afirmación de Bausch) es absoluta, rotunda y casi perturbadora. Para conseguir algo de esta categoría, la coreógrafa utiliza personajes desdoblados en sus facetas vocales e interpretativas que dotan al conjunto escénico de una fuerza expresiva y narrativa de la que la ópera de Christoph W. Gluck carecía. Ambos autores iban al encuentro de convertir en carne lo que era arte, pero es Bausch la que consigue el objetivo de forma primorosa acercando lo más primitivo, eso que nos ancla a la realidad más inmediata a través de cualquier manifestación artística, eso que no puede disfrazarse o arroparse con lo que forma parte de lo superficial en la existencia del ser humano. Durante el desarrollo de los cuatro cuadros que dibujan un círculo expositivo (diablo, violencia, paz y muerte), cada gesto, cada movimiento de los...

Les Contes d’Hoffmann: Ópera sin manual de instrucciones May28

Les Contes d’Hoffmann: Ópera sin manual de instrucciones...

Que un montaje de estas características tenga que ser explicado es mala señal. Si la intención no está clara, si eso queda para paladares exquisitos o cercanos al creador, es que algo está fallando. Christoph Marthaler y Anna Viebrock, director de escena y escenógrafa de esta producción del Teatro Real de Madrid que representa Les Contes d’Hoffmann, intentan explicar (al menos parcialmente) por qué nos han contado las cosas de ese modo. Y lo hacen a través de un poema que recita Altea Garrido, (del que es autor Álvaro de Campos; si lo prefieren Fernando Pessoa), así como quien no quiere la cosa, rompiendo el ritmo de la ópera porque se le ocurrió a alguien en un momento de inspiración grandiosa. Además, se recita con una rapidez que no permite al espectador entender lo que está pasando ni lo que se le está diciendo. Prescindible por innecesario. Prescindible por necesario y explicativo. No hay excusa alguna para algo como esto, ni para la puesta en escena que nos presentan como si fuera el invento del siglo; un invento que no aporta nada, absolutamente nada, a la obra de Jacques Offenbach. ¿Cuándo se van a enterar algunos de que la imagen artística es un elemento que hace posible y busca la comunicación y que sin un entendimiento mínimo del espectador esa imagen se queda vacía? En realidad, esa imagen, se queda en el lugar en el que se ideó: en lo exclusivo para unos pocos y en el regocijo propio del creador pagado de sí mismo. A este paso, el público que acude a la ópera va a tener que leer media docena de libros (del director de escena no del autor de la ópera) y un manual de instrucciones redactado por un erudito dedicado...

Lohengrin: La dualidad del universo Abr08

Lohengrin: La dualidad del universo...

El Teatro Real de Madrid se vuelve a vestir de gala. Llega la ópera Lohengrin de Richard Wagner. Wagner estaba convencido de que la ópera no podía ser el territorio escénico en el que un cantante se luciera; estaba convencido de que la ópera no podía ser el lugar de disfrute de un público que quisiera pasar el rato. Por ello, optó por hacer regresar la poesía intentando construir un solo elemento integrador. La importancia de la orquesta, limar distancias entre recitativos y arias, acabar con la extravagancia de la floritura vocal; lograr un todo formado por música, poesía, danza y plástica; eran los objetivos del compositor alemán. Lohengrin, ópera que se representa desde el 3 de abril y podrá disfrutarse hasta el próximo día 27, fue el puente trazado entre esa idea casi obsesiva de Wagner y su posterior concepción de ópera como obra de arte total. Por ello, por ser una pieza de tránsito, aparecen esquemas tradicionales en la partitura. Ya se dejan ver algunas constantes de lo que el alemán buscaría constantemente y aparecen temas recurrentes como la redención por el amor y los valores del pueblo germano. En Lohengrin, Wagner interpreta y reescribe la mitología alemana. Esta obra es un relato en el que se enfrentan la maldad con la bondad, la zona más oscura del alma humana con la más limpia y transparente, el amor y el odio, la magia y la fe, el Dios monoteísta y los dioses paganos. Estos son los vehículos utilizados en el libreto para plantear el tema más importante de la obra: la duda y las consecuencias de su presencia. Y la orquesta (mucho más importante que en obras anteriores de Wagner) se convierte en un protagonista más. El director musical, Hartmut Haenchen lo...

La hija del Regimiento de Gaetano Donizetti Mar25

La hija del Regimiento de Gaetano Donizetti...

El 20 de febrero de 2007 el tenor peruano Juan Diego Flórez cantó La fille du Regiment en el Teatro alla Scala y consiguió, con el público puesto en pié durante cinco largos minutos, bisar un aria. Rompía así con una tradición de setenta y tres años que había impuesto Toscanini y que impedía los bises en el teatro lombardo. Lo consiguió con el Ah! Mes amis, considerada por los expertos como el Monte Everest de los tenores, y con la que ya se había revelado Pavarotti en la Metropolitan de Nueva York. Porque este aria presenta la particularidad de aparecer relativamente cercana al inicio de la función, cuando el cantante no ha tenido tiempo de calentar la voz para afrontar esos nueve dobles altos, capaces de encumbrar a un artista al Olimpo de la lírica. Flórez, que se había estrenado con esa ópera en Londres, regresa ahora al teatro de Covent Garden consagrado como una de las destacadas voces de la ópera mundial. El más grande tenor ligero de todos los tiempos, en palabras de Plácido Domingo. Único en el dominio de la coloratura, excepcional por la belleza de su voz e impecable en el control de la respiración, sin la que ha dejado literalmente a los espectadores y a los críticos del teatro británico que se le han rendido una vez más. No hay que desdeñar tampoco la poderosa presencia escénica de sus cuarenta años que infunden una vida nueva a su Tonio, ese joven tirolés del que se enamora María, la protagonista. Interpretando ese rol, le acompaña en el escenario una sorprendente Patricia Ciofi, soprano italiana que consigue en todo momento estar a la altura de su papel y de su partenaire, destacando con una voz de una pureza extraordinaria que...

Alceste: ¿Aquí qué ha pasado? Mar17

Alceste: ¿Aquí qué ha pasado?...

Alceste, la ópera de Christoph Willibald Gluck, es una obra excelente en la que la innovación es absoluta respecto a lo que se componía en el momento en que este autor la escribió. Es el drama lo que manda y no una partitura que busca lucimientos o un libreto vacío que sirve para el entretenimiento. El resultado es una ópera importante. Pero vivimos en el siglo XXI y cada director de escena puede interpretarla como le viene en gana o como buenamente puede. El Teatro Real de Madrid presenta Alceste dentro de una programación que corresponde a la era Mortier. Y se nota. Ya lo creo que se nota. Esta vez el director de escena es Krzysztof Warlikowski. La propuesta resulta desconcertante siempre, absurda a veces, práctica e inteligente en algunos aspectos. Por tanto, la producción resulta irregular y no termina de funcionar bien. Warlikowski utiliza bien los medios técnicos de los que dispone el Teatro Real de Madrid. Con ello soluciona un problema que tiene que ver con los cambios espacio temporales que plantean Gluck y su libretista Marie Francois-Louis Gand Le Blanc du Roullet. A base de plataformas móviles que ocupan el escenario, de subir o bajar estructuras y un buen uso de la iluminación, todo nos lleva de un lugar a otro sin problemas. Sin embargo, el trasiego de actores y actrices de un lado a otro del escenario mientras la partitura avanza sin que tengan que cantar, o lo que se inventa Warlikowski sin razón lógica aparente, se convierte en un pequeño caos o en un toque de falsa modernidad que amenaza con cargarse la obra en su conjunto. Nos encontramos con varios momentos que difícilmente podemos encajar sin una buena dosis de generosidad. Momento Star Wars que comienza con...