El paisaje alucinado Jul22

El paisaje alucinado

La pintura de Kim Dorland, de mensaje directo y sugerente, posee una alquimia plástica que nos reconcilia con la pintura paisajista. Construida desde la impresión inmediata, pero a través de una interpretación excesiva, su obra transporta al espectador hacia mundos familiares aunque cargados de misterio que ofrecen una visión salvaje y seductoramente romántica de los bosques canadienses. El impulso de la pintura, esa disciplina que tanto nos ha hipnotizado durante siglos, se ha visto revertido en drástica proporción desde el advenimiento de las nuevas tecnologías como forma lógica y consecuente de explicar el mundo y a las nuevas formas de vida que surgen en nuestro, aun incierto, siglo XXI. A la pintura le cuesta encontrar resquicios donde aún mostrarse importante y capaz, donde ir mas allá de una nostálgica recreación del pasado mitificado o del recurrente análisis de los propios elementos pictóricos que se repite cíclicamente desde los ya lejanos tiempos de la pintura-pintura. Uno de esos oasis en los que el medio pictórico aún encuentra su fortaleza es en el contacto directo con la naturaleza, una tradición que no entiende de modas al estar inscrita en lo perenne, lo (aún) no modificado, el espacio salvaje que nos define incluso en la distancia, aún en el contraste, a pesar del empeño destructor de nuestra civilización tecnológica, como seres que habitan un mundo que nos preexistía. Kim Dorland (1974, Alberta) encuentra en la pintura una vía directa, tan mágica como en sus prehistóricos orígenes, de relacionarse con los bosques autóctonos de su, aún en gran medida, salvaje país. Una visión que no se concreta solo en sus intensos paisajes sino que condiciona incluso un acercamiento a los núcleos urbanos o sus inquietantes retratos, desfigurados en una intensa orgia matérica que une al retratado a la...

Jesús Moreno: Paisaje, vida y elementos Abr22

Jesús Moreno: Paisaje, vida y elementos...

Jesús Moreno es uno de esos artistas con los que da gusto charlar. Es sencillo en su discurso; lo que hace comprensible y cercano todo lo que dice. Mientras echamos un vistazo a sus cuadros, va hablando con suavidad, pensando con calma cada cosa que dice. «Me interesa mucho que el observador perciba el juego entre la textura, los colores (de los que siempre elijo la misma gama) y la simbología que toman o ya tienen, esa textura y esos colores. Además, trato de sumar otros símbolos totalmente explícitos que se pierden, se esconden, cuando se contempla el cuadro a cierta distancia. Es casi obligado tener que arrimarse a la obra para percibir todo su significado. El mensaje hay que buscarlo, también, en los detalles». Ese mensaje es siempre el mismo con las variantes propias de cada cuadro. Jesús Moreno busca la conexión entre la tierra y el ser humano. La tierra pertenece a este y este a la tierra. Al fin y al cabo, esa tierra es por lo que el hombre ha luchado siempre, esa tierra fue siempre el factor decisivo en la lucha por la supervivencia de la raza. Es por ello que el vínculo con los elementos es esencial. «Si hay algo terrible que le está sucediendo al ser humano es perder ese vínculo con la naturaleza. Vivimos en la tierra, en el mar, en las plantas; y, por mucho que queramos separarnos del entorno, estamos condenamos a mantenernos unidos formando un todo. Maltratarlo es un mal camino que las sociedades han comenzado a transitar». Señalo los símbolos religiosos de las diferentes confesiones que aparecen en cada cuadro. Son una especie de reiteración que imprime un carácter sumamente especial a la obra. «La religión siempre fue la gran excusa de...

Gus Gracey: Un canto a la vida resucitada Mar18

Gus Gracey: Un canto a la vida resucitada...

Asomarse a la obra de Gus Gracey supone estar dispuesto a ser arrastrado por una vorágine capaz de hacer sucumbir cualquier idea previa de lo que es la vida y obra de un pintor. De lo que es gestar un cuadro. De cómo evoluciona el trazo desde la inmadurez vital y artística, hasta llegar al culmen y apogeo de su obra, cuando miles de pinceladas hacen que el trazo del color sea como respirar; cuando la vida le ha mostrado ya todas sus caras, y todas sus pulsiones, y puede sin miedo dejarse arrastrar por la materia. Asomarse a la obra de Gus Gracey es llegar a la exposición que lo consagra (Londres, 2010), y descubrir que es la primera. Que esos más de ciento cincuenta cuadros expuestos – maduros, acabados, perfectos- han sido pintados en sólo ocho meses. Que la última, este otoño pasado, en el Eduardo Úrculo de Madrid, es una retrospectiva. Que son más de mil quinientos los cuadros pintados en menos de cinco años. Los transcurridos desde el día en que decidió dedicarse a pintar, pintar febrilmente y sin descanso, dejando todo lo demás. Desde que se encerró en el cuarto de las monturas, autoexiliado de su vida previa, como quien busca encontrarse con su animal del gran poder, pero sabiendo de antemano cuál era éste: él mismo. Resulta difícil imaginar, y asimilar, además, que en tan poco tiempo haya sido capaz de llegar a esas cotas de expresividad. Algo así no surge de pronto, espontáneamente, por las simples ganas de llenar una superficie de pintura. Aunque confluyan. No basta. Para conseguir algo como lo que Gus Gracey hace -y hace además como quien respira-, es necesaria toda una vida de observación, de aprendizaje, y de trabajo. Hace falta una...

Las Furias: Alegoría política y desafío artístico Mar17

Las Furias: Alegoría política y desafío artístico...

Museo Nacional del Prado 21 de enero – 4 de mayo 2014 Cierren los ojos. Imaginen una sociedad en la que el cine y la televisión no existen. Tampoco la fotografía ni la publicidad han aparecido. Solamente la pintura es capaz de convocar imágenes. Éstas sacuden la imaginación del pueblo, que apenas si puede tener -en el claroscuro de los templos o en la clausura de los palacios- el atisbo de una realidad paralela poblada por seres mitológicos. Pintados en carne y hueso, envueltos en colores que no se encuentran en lo cotidiano de la naturaleza: tornasol, escarlata, púrpura, índigo, amaranto… cuanto más nos adentremos en las brumas del norte de Europa más sobrecogedora resulta la composición. Porque al fin y al cabo en el sur –Nápoles, Sevilla, Constantinopla- el sol estimula el imperio de los sentidos con las naranjas, el albero, el azafrán; llegan las naves de un más allá remoto habitado por pájaros exóticos y especias raras, cargadas con brillantes porcelanas, con seda, con plumas, con ídolos de turquesas. Aislado en la cúspide del poder, Su Majestad Cesárea Carlos, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Rey de las Españas y de las Indias, de Nápoles, de Sicilia, de Cerdeña, duque de Borgoña y archiduque de Austria, rige los destinos del mundo en el nombre de Dios. Hace apenas quince años que hasta el Papa, Clemente VII, ha tenido que humillarse ante su persona para entregarle el orbe imperial. Pero en Alemania ciertos príncipes protestantes han tenido la osadía de desafiar su poder, ensoberbecidos por la herejía. El escarmiento será memorable. Las persecuciones asolaran el norte de Europa durante una década. Como aparato de propaganda y para ejemplo edificante, la hermana del césar, María, reina de Hungría y de Bohemia, Gobernadora de los...