Hécuba Mar17

Hécuba

“Compadécete de mí, y situándote a distancia, como un pintor, mírame y considera qué desdichas tengo” Hécuba es la gota que colma el vaso. Muchos lectores conocerán al personaje, a los demás no les importará que yo cuente aquí de nuevo una historia que se repite una vez y otra desde hace dos mil quinientos años. Ha caído Troya. En el campamento de los vencedores, bajo las ruinas de las murallas, las mujeres troyanas se enfrentan a su futuro de esclavas. Han sido repartidas como presa entre los griegos y ya solo aguardan a que los vientos sean propicios para partir en las naves que las llevarán hacia el más triste exilio que hayan visto los tiempos. Hundida en la desgracia, la reina se lamenta de su destino. Nunca lo hubiera hecho. Porque una de las características de la tragedia es la capacidad para hundir a sus personajes en la noche oscura de un sufrimiento inimaginable, llevándolos hasta los límites mismos de la razón. Hécuba cree que lo ha perdido todo: Troya ha sido borrada de la faz de la tierra, sus habitantes son dispersados, su marido Príamo y sus hijos han muerto defendiendo la patria; ella y las mujeres han tenido que acudir a un último acto desesperado tras el colapso, acogerse a sagrado, aferrándose a las estatuas de los dioses en busca de amparo y de clemencia. No les ha servido de nada. Pero la función no ha comenzado. La soberana deberá ver todavía como su hija Políxena, apoyo de su vejez, es arrebatada para ser sacrificada en el túmulo de Aquiles. Apenas consumada la desgracia se desencadena el cataclismo, las olas traen a la orilla el cadáver de Polidoro, el benjamín, que se había refugiado con parte del tesoro de Troya...