Cervantes es mucho más que El Quijote

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En su XX Aniversario, el Teatro de la Abadía madrileño, recupera los Entremeses de Miguel de Cervantes para celebrar el paso de un tiempo tan difícil como fructífero. La cueva de Salamanca, El viejo celoso y El retablo de las maravillas, nos llevan a esos territorios tan comunes y grises que transita el ser humano y que, el autor, fue capaz de abordar con un ingenio y un sentido del humor difíciles de igualar.

Es posible que alguien pueda pensar que Miguel de Cervantes escribió una sola obra de calidad, El Quijote, famosa en el mundo entero por su modernidad absoluta si nos referimos, por ejemplo, a la voz narrativa elegida. Es posible que alguien piense que el resto de las obras de Cervantes son menores y que su importancia es pequeña. Es posible. Pero lo cierto es que eso no es así. Cervantes escribió muchas páginas repletas de calidad y muchas de ellas pueden servir para explicar, todavía hoy, la realidad de cualquier momento histórico incluida la nuestra que, aunque al servicio de la tecnología y de lo material, es tan parecida a la de tiempos pasados que provoca vértigo cuando se piensa. Al fin y al cabo, las personas de cualquier momento han sido, eso, personas. El resto es más producto de la cosmética (siempre fue así) que de cualquier otra cosa.

José Luis Gómez, director del Teatro de la Abadía y de esta producción, siempre sabe lo que tiene entre manos, pero si el texto con el que trabaja lo firma Miguel de Cervantes, entiende perfectamente el sentido de la palabra, entiende perfectamente la esencia de lo dicho. Y no se pierde en la senda de lo superficial (esa sería la mejor forma de destrozar la literatura de Cervantes por lo que hay que evitar arrimarse). Además, dicta una lección sobre la dirección de actores. Deja que cada uno de ellos muestre y demuestre lo que es capaz de hacer, confiando en que el texto es magnífico y que sus actores y actrices también lo son. Estos Entremeses ya funcionaron hace veinte años y no han perdido un solo gramo de calidad.

Se representan tres piezas extraordinariamente divertidas que ligan muy bien entre ellas y que son una muestra fabulosa del ingenio del autor para hablar de su tiempo (cuando eso no era fácil debido a las presiones de los clérigos y del resto de poderes que, en realidad, eran uno solo) y para retratar esas figuras tan arquetípicas que han perdurado desde todos los tiempos.

En La cueva de Salamanca nos encontramos con el marido crédulo que todo lo que vive lo coloca alrededor de la superstición y las creencias que no dejan sitio a la razón. La crítica de Cervantes a esas artes oscuras (el transfondo anticlerical es evidente) a esa ceguera del que no quiere dar importancia a la condición racional del ser humano es demoledora. Los actores (destacando José Luis Torrijo, Palmira Ferrer e Inma Nieto) se entregan por completo y logran un conjunto creíble y divertido.

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El viejo celoso habla de la infidelidad, de lo imposible que es robar la libertad a las personas por más llaves que cierren las puertas de una casa. Elisa Gelabert interpreta su papel con especial acierto; Miguel Cubero y Luis Moreno están más que divertidos.

El retablo de las maravillas (recuerda esta pieza al famosísimo traje del emperador) es el entremés en el que se trata, de forma casi brutal, el asunto de la españolidad más absurda; la sangre pura y, por tanto, el racismo que tanto hemos negado y que tenemos rondando desde hace siglos. El trabajo de todo el reparto es impecable y sería injusto no señalarlo. Que destaque algún actor o alguna actriz, tal y como señalaba al hablar de los otros entremeses, no significa que el resto no tenga una enorme importancia en la representación.

Los entremeses abordan el amor puro, el mal entendido (infidelidad, celos, posesión obsesiva), la doble moral fruto de la mala conciencia y de las diferencias sociales, la versión más hipócrita de lo superficial. Y, por supuesto, el honor que en el teatro de la época tanto juego daba. Un honor, por otra parte, casi ridículo cuando no se merecía y era producto de actitudes cuestionables.

La puesta en escena es sobria y efectiva. Los actores y actrices se cambian de ropa sobre el escenario para poder interpretar distintos personajes (un vestuario exquisito diseñado por María Luisa Engel) y se mueven con rapidez y sentido por un escenario en el que la actividad es importante; los efectos sonoros se crean delante del espectador con distintos objetos que logran un realismo sorprendente. Y en el centro del escenario un árbol que parece muerto y que cobra vida cuando los actores hacen vivir a sus personajes y explican el universo.

La experiencia que ofrece el Teatro de la Abadía es difícil de olvidar y que en su XX aniversario se elijan estos Entremeses para celebrarlo es todo un acierto. Porque la pureza del arte escénico se presenta en su plenitud, porque el artificio se convierte en único vehículo posible para entender el mundo. Y porque queda demostrado que el paso del tiempo no es capaz de deteriorar obra de arte alguna.