CIENCIA Y FICCIÓN, EN EL SENTIDO DETECTIVESCO DE LAS PALABRAS

agatha
Baltimor, octubre de 1849, un cuerpo, que no debería estar allí, agoniza en la calle mientras flota su alma delirante. El rastro que quedaba de Edgar Alan Poe (Boston, EE.UU, 1809) fue reconocido por un amigo que le llevó hasta el hospital, donde fallecería días después, por causas que aún hoy se desconocen. Faltaban apenas unas semanas, para que este joven viudo de cuarenta años volviese a contraer segundas nupcias. Una vida segada, como las de sus obras. El gótico periodista estadounidense no engendrará otros hijos que sus cuentos, poemas y relatos de misterio.

El decimonónico Poe crea un nuevo concepto ficcional, el de detective, y lo llama Dupin.  Este investigador aficionado se convertirá en el referente parisino de Sherlok Holmes de sir Arthur Conan Doyle, como Holmes lo será, años más tarde, para el detective belga, Poirot, de la británica Agatha Cristie; con exhibicionistas guiños referenciales entre las tres.

La novela detectivesca nace con la tríada del primero de nuestros protagonistas, Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Roget y La carta robada. Pero qué les dota a estas novelas del sentido primigenio de lo policiaco, el método científico sin lugar a dudas.

Los fundamentos del método científico se vuelven una constante en este género. La observación, el análisis experimental o psicológico y la deducción son las bombillas que iluminarán los nudos del crimen. La explicación científica vendría a desatarlos. Un crimen que se pondrá sobre la mesa para ser diseccionado por nuestros afanados y profesionales detectives (en el caso de Poirot) o aficionados consultores (Dupin y Sherlok Holmes).

Encontramos sintomatología narrativa de la aplicación del método científico cuando Dupin aplica la lógica y el análisis pormenorizado de las pruebas, que el asesino olvida por el camino; como observamos la demostración del Discurso del Método en la actuación investigadora de Poirot.

La forma de entender la novela detectivesca de Doyle (Edimburgo, 1859) estaba basada en dos premisas, el sentido ético de justicia y el método científico. Tanto es así, que siendo lector de relatos de detectives,  percibía que los que desempeñan ese trabajo no ofrecían una explicación de cómo habían llegado a sus conclusiones. Fue entonces cuando se planteó introducir los métodos científicos en el trabajo detectivesco. Siendo un joven doctor, tenía un profesor llamado Bell brillante en el razonamiento deductivo. Con sólo mirar la boca al paciente era capaz de diagnosticarle la enfermedad, la nacionalidad, su empleo u otra serie de razones. Debido a esta inyección pedagógica, el escocés Doyle convino crear un detective que atendiera a los pequeños detalles para llegar, legítimamente, a sus conclusiones.

Agatha María Clarissa Miller, Agatha Cristie (Devon, Inglaterra, 1890), a pesar de haber tenido la infancia que quizá soñara el huérfano Poe, acabó moviéndose por los mismos derroteros del misterio que el estadounidense. Durante la I Guerra Mundial trabajó en el dispensario farmacéutico de un hospital y esto le valió para obtener conocimientos sobre venenos, que dosificaría en sus escritos, convirtiéndolos en la causa  de la muerte de la sra. Inglethorp, víctima intuida de su primera publicación, El misterioso caso de Styles. He ahí la ciencia de nuevo. A pesar de que la autora británica se inclinara más por las nuevas corrientes científicas de su época, la psicología, gracias a la cual se nos facilita el camino para comprender las intenciones de la pluralidad de personajes que aparecen en sus narraciones. De ahí se desprende su maestría a la hora de cerrar el círculo, pues ella aspirará al por qué, no a la forma despersonalizada de las operas primas de Edgar Allan Poe o del creador de Sherlock Holmes de los posibles artífices del asesinato, centradas en el cómo y el quién, pues nada es el quién sin el cómo, el ser sin su modo no es. Ahora bien, el móvil justifica el modo y perdona al quién. Recordemos Asesinato en el Orient Express. Poirot afirmaba «el porqué llevará al cómo».

Resulta curioso cómo el sentido de justicia y el espíritu científico pueden retroalimentarse, en palabras de Holmes: «De haber estado inventada esta demostración, centenares de personas que se pasean hoy por las calles habrían pagado hace tiempo, la pena debida a sus crímenes».

Claro que cada uno de estos autores tiene un modo de entender lo detectivesco, de describir el caso, de caracterizar a quienes lo investigan, una personalísima forma de usar la pluma.

Los cuentos de Poe son más breves aunque, no por ello, menos densos. Producen vértigo. El halo de misterio que impregna sus relatos es más permeable y consigue que la historia se viva, en un principio, con mayor intensidad pero conforme la trama se va desarrollando el desorden en la exposición de los hechos, la acumulación de titulares sensacionalistas de los periódicos sobre el suceso de la calle de París, puede volver soporífera la lectura. Poe se guarda ases en la manga para prolongar el suspenso y cuando se descubre sucumbe la credibilidad, aunque eso hace mágico a su relato y nos invade un ambiente lúgubre, intimista y respirable a través de sus palabras.

El autor de Estudio en Escarlata tiene el don de la elegancia porque prácticamente dibuja las escenas de los crímenes sin tachaduras. Lo hace con una sutileza inaudita. Los diálogos no son forzados como los de Alan Poe y esto es, precisamente, lo que les brinda cercanía. Los textos de este médico tienen un ritmo, propiciado por la naturalidad de los coloquios. La pertinencia discursiva y argumentativa impide que el lector se distraiga. Cada capítulo reporta un soplo de claridad. Ni que decir tiene que la complejidad de las novelas de Agatha Cristie y los hilos personales que traza entre los personajes; la contextualización de los mismos y la infografía de los lugares del crimen son gestos didácticos que decide mantener con el lector y esto le honra.

El hiperrealismo de los personajes que recrearon estas historias de intriga, pertenecieran a quien pertenecieran, hacía sentir a sus escultores encriptados volviéndose un deseo el cometer parricidio. Las lecturas seriadas eran tan ávidas que los lectores rompían los hilos que los “marionetizaban”. Las señoritas escribían a Conan Doyle para poder servir a Sherlock Holmes, imagínese. Pero sepa que, aunque el obituario del New York Times se despidiese del monsieur Poirot, todos estos personajes cobrarán vida, cada vez que se anime a leer, Los crímenes de la calle Morgue, Estudio en Escarlata o El misterioso caso de Styles, entre otros.