Cine que dignifica la naturaleza humana

The-Pianist-PC-wallpapers-in-hd

Hay ocasiones en las que el cine se convierte en un mal necesario. Deja de ser esa  válvula de escape a la vida rutinaria, o la fantasía que nos empuja a pensar que un mundo mejor es posible. A veces, el cine retumba en la conciencia como un cañonazo, mostrándonos que la capacidad de supervivencia del hombre supera con mucho al más adaptado de los insectos o a la más espabilada rata de cloaca. Y es en ese momento, cuando todo parece perdido y sólo nos empuja a despertar por la mañana el más puro y profundo instinto animal, cuando reencontramos la poesía y la grandeza que nos dignifica.

Basada en las memorias del célebre pianista polaco Wladyslaw Szpilman (1911- 2000), y tituladas  Śmierć Miasta (Muerte de una ciudad), El Pianista (2002),  arranca justamente en el momento en que los alemanes bombardean Varsovia, en cuya emisora de radio Szpilman se encuentra interpretando una pieza al piano de Chopin. La irrupción repentina de la barbarie en mitad de una de las expresiones más elevadas de nuestra cultura occidental, es el primer aldabonazo a nuestra conciencia civilizada. Y aunque todo hace pensar en lo peor, la familia de Szpilman, de origen judío, pretende mantenerse ajena a la debacle, organizando la marcha como si de unas vacaciones se tratara. La radio, el lugar donde viven las emociones del protagonista, acaba de anunciar que Reino Unido ha declarado la guerra a Alemania, así que la contienda no puede durar mucho. Y efectivamente, así fue para toda la familia de Szpilman, trasladada en un viaje sin retorno al campo de concentración de Treblinka. El pianista, en cambio, consigue salvar la vida gracias a la ayuda de sus amigos, y esconderse en una Varsovia en ruinas que será su macabro hogar hasta el final de la guerra.

Hay un Polanski anterior a esta película y un Polanski que nunca regresó del gueto de Varsovia tras el clamoroso éxito de El Pianista. Víctima del holocausto judío en Polonia cuando  tenía seis años —sus padres y su hermana fueron deportados a campos de concentración, de los que nunca regresó su madre—, en una entrevista afirmó que esta película había sido una manera de reconciliarse con el pasado. «No creo que usted filosofara sobre ello si le hubiese ocurrido algo similar. Se toma como algo personal. No te das cuenta del efecto que está teniendo en ti. No piensas en el mundo. ¿Por qué a mí? Tal vez sea porque fue algo tan fuera de lo normal. No solo para mí, sino para cualquiera».

El Pianista ha sido, sin duda, la película que mayores premios y honores ha reportado a Polanski, comenzando por el Óscar al mejor director que nunca pudo recoger so pena de ser detenido nada más pisar suelo norteamericano. Además, se alzó  en el 2002 con la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cannes, siete Premios César del cine francés, dos Premios BAFTA y tres Óscars: el citado al mejor director, al mejor actor principal y al mejor guion adaptado, de un total de 7 candidaturas.

still-of-roman-polanski-and-adrien-brody-in-the-pianist-(2002)-large-picture

No era fácil superar el listón que en 1993 había dejado Spielberg con la Lista de Schindler. Y tampoco era fácil abordar un tema que, como el holocausto judío, se ha tratado de mil maneras por el cine de ficción y el género documental. No era la primera vez que unas memorias desde el gueto o desde la clandestinidad inspiraban una película de dimensiones épicas. Sin embargo, esta vez, las vivencias de Szpilman son utilizadas por Polanski como una metáfora donde la música, la más elevada de las creaciones humanas, es el hilo conductor que llega a amansar a las fieras. Con una narrativa in crescendo en la primera parte del metraje, donde asistimos a la caída de la familia Szpilman y a la realidad dramática del gueto de Varsovia durante la ocupación nazi, la acción piano piano se acompasa, como si el director quisiera hacernos sentir que el paso del tiempo no corre de igual forma en medio de la desesperación, el hambre, la devastación  y la soledad. Culminada con, quizá, uno de los momentos más  bellos del cine de todos los tiempos: la secuencia del piano bajo las ruinas, y Chopin sonando ante la imponente presencia del oficial alemán.

Valorándola como adaptación de la obra literaria sigue siendo sublime.  Polanski capta todo lo que el autor nos intenta transmitir trasladándolo a una perspectiva casi neutra que llama la atención al tratarse de una biografía. Quizá su principal fallo reside en que no es un libro, que es una película y multitud de matices, personajes algo flojos y situaciones inacabadas pudieron haber sido corregidas desde la silla de dirección, pero eso no hace desmerecer una adaptación que, en conjunto, es insuperable. Cuando Polanski se refiere a esta película como una reconciliación, entendemos el impecable y a ratos enternecedor papel del oficial alemán Wilm Hosenfeld, interpretado por Thomas Kretschmann. Es precisamente este personaje el que nos lleva a comprender  la tormenta que azotaba a  Polanski en su interior.  Su presencia,  y la manera en la que se narra la relación entre Spilzman y el oficial alemán, impiden sentir  únicamente pena por el pueblo judío. Es como si la película tratase de escarbar en las raíces del odio para mostrar, desnuda, la realidad de que la naturaleza humana no entiende de razas, sexo, naciones  o religión. Es probable que el director intuyera lo que el diario y las cartas de Hosenfeld, publicados en 2004 en Alemania bajo el título Intento salvar a todos, contaban. En ellas aparece un hombre asqueado por la barbarie nazi pero que no puede escapar a su destino como alemán. Un destino que le conduciría a morir en un campo de internamiento ruso en 1952, a pesar de los intentos sin éxito de Spilzman de dar con él. Es el elemento que más aleja a Polanski del relato autobiográfico. Se trata de contar algo más, de reaccionar en contra del maniqueísmo, de no culpar ni odiar, de hacer incluso, autocrítica.

Polanski da clases a muchos que intentan adaptar y solo consiguen imitar, que fallan en el ritmo, que copian; Polanski fabrica una obra independiente y coherente, Polanski crea y destruye el relato para hacerlo renacer con la fuerza de la más emocionante de las melodías cinematográficas.

Emma Camarero es profesora de comunicación de la Universidad Loyola Andalucía y directora de cine documental.