CÓMO DESCUBRIÓ AMÉRICA LA LUZ DE SOROLLA

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La Fundación Mapfre de Madrid provoca una mirada notable sobre la carrera de Joaquín Sorolla en los Estados Unidos, una ocasión excepcional para ver reunidas obras que están dispersas por el mundo. La muestra pone en contexto el encargo para la Hispanic Society, en Nueva York, una de las embajadas oficiosas de la cultura española en el mundo, fundada por un enamorado de nuestro país y nuestras costumbres.

Entre 1913 y 1919 Sorolla pinta la obra emblemática de su carrera artística, la Visión de España, para la biblioteca de la Hispanic Society of America, una colección de lienzos de grandes dimensiones que ofrecen un panorama de todas las regiones españolas. La serie se pudo ver en nuestro país en 2009 aprovechando los trabajos de restauración de la sede de la sociedad en Nueva York.

Ese conjunto no se puede considerar aislado, sino que debe ser considerado en el marco de la intensa relación de viajes y de encargos que el pintor valenciano obtuvo en los Estados Unidos en los inicios del siglo XX; y eso es lo que hace la actual exposición de la Fundación Mapfre en su sala de exposiciones de Madrid.

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Sorolla había conocido a Archer Milton Huntington en Londres en 1909 y ese encuentro provocó dos exhibiciones sucesivas de sus cuadros en tierras americanas; para la primera, que recorrió Nueva York, Boston y Búfalo llevó trescientas cincuenta y seis obras que tuvieron un gran éxito de ventas que se reprodujo dos años más tarde en una gira por Chicago y San Luis. De ahí surgió el contrato para la Hispanic Society –fundada por Huntington-y la promoción del pintor como el artista español más célebre en los Estados Unidos, donde se consagrará como retratista de la alta sociedad.

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Antes de esta expansión publicitaria, Sorolla ya tenía cierto predicamento en Norteamérica en donde su obra formaba parte de destacadas colecciones, era ya el pintor un artista maduro y conocido por los mercados, premiado con importantes galardones. La luz mediterránea que tan bien supo captar encandiló a los mecenas americanos con esas ventanas abiertas a un mundo exótico por la misma fluorescencia de sus colores. Al otro lado del Atlántico se comenzaba a crear una corriente de interés por nuestro país y, bajo el patrocinio de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, se daba inicio a una diplomacia de los pinceles que procuraba limar las asperezas provocadas por la guerra hispano-norteamericana de 1898.

El más importante de sus mecenas fue el ya mencionado Huntington, apasionado desde muy joven con nuestro país. Otro de los comitentes que rápidamente se interesó por el valenciano fue Thomas Fortune Ryan. La exposición se articula con los cuadros coleccionados por estos dos magnates después de mostrar alguna de las obras de Sorolla que ya estaban en los Estados Unidos antes de su primer viaje. Se continúa con los retratos que le encargó la plutocracia de la costa este, huérfana tras el abandono de este género por parte del maestro John Singer Sargent y ávida de ser representada a la manera de la aristocracia europea.

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Se incluye una colección de bocetos y otra de guaches, realizadas como apuntes mientras el artista se alojaba en los hoteles americanos, que muestran instantáneas de la vida de la burguesía en su deambular por los salones prestigiosos y el movimiento de las calles de la Gran Manzana, con sus automóviles y sus muchedumbres.

De los viajes realizados para dar cuerpo a los encargos que le demandaban sus patronos surge una investigación sobre los jardines de España y los monumentos de la Alhambra y los Reales Alcázares de Sevilla de los que hay una buena muestra. Se oponen a la parte más conocida del genio de la luz, las playas valencianas, los niños desnudos jugando en el agua y esa investigación impresionista sobre la variabilidad de los tonos del agua incididos por una luz que nos ciega con su reverberación.

Descubrimos a lo largo de la muestra a un Sorolla complaciente con las figuras de la alta sociedad para las que construye retratos previsibles y convencionales en los que se ve el influjo y la huella inevitables de Sargent; en contraposición al pintor libre, maestro del resplandor de los colores, cuando las circunstancias le permiten liberarse de las ataduras; en ese sentido se hace notar que fue el primer artista en sacar el retrato al aire libre.

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Vemos también a un investigador de la soledad y la lírica de los jardines en los que parece huir de las telas poderosas que los clientes solicitaban, cargadas de grandes grupos en composiciones complejas y efectistas, en las que centra la mirada en lo exótico de un mundo que desaparece perseguido por la industrialización, la España rural.

Descubrimos a un pintor social del que podemos admirar dos composiciones poderosamente comprometidas y emocionalmente logradas, Triste herencia (1899) que se mostró en la Exposición universal de París de 1900 y Otra Margarita (1893). Y sobre todo encontramos la búsqueda continua de un enfoque fotográfico con el que había estado familiarizado desde su juventud por medio de su suegro que era fotógrafo y que se plasma en la elección de los formatos de los lienzos, de una gran variedad, y que se adaptan con magisterio a cada uno de los temas, pero también los encuadres en los que descarta la línea del horizonte para centrar la mirada en un mundo compuesto por detalles, o hacerlo en perspectivas aéreas como el los guaches, o sumergir al observador en las olas del mar. Algunas de las composiciones adquieren una nueva dimensión a cierta distancia, desde donde la mirada es atraída hacia mundos definitivamente diferentes.

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Destaca Bailando en el Café Novedades de Sevilla (1914), con las bailaoras encendidas en la hoguera de una danza frenética; el Retrato de Louis Comfort Tiffany (1911) sentado ante su caballete en un bosque resplandeciente de rododendros; o Cristobal Colón saliendo del puerto de Palos (1910) que llevaría al autor a recorrer los lugares colombinos para captar la psicología del momento y para el que retrató a su descendiente, el duque de Veragua; un cuadro donde el simbolismo está encerrado en lo crepuscular de un fanal encendido. La nacarada textura del Retrato de Mary Lillian Duke (1911) es sin duda una de las más logradas de la exposición por la iridiscencia de su vestido, como lo son también los niños de El bote blanco, Jávea (1905), o El paseo del faro, Biarritz (1906) donde pinta a las mujeres de su familia bordeando el acantilado con una estudiada elegancia, aislada en el fogonazo escarlata de su hija menor. Bajo el toldo, Zarauz (1910) se basa en el movimiento de un velo verde y en la matizada luz de la sombra.

La exposición se presenta como una oportunidad única de ver reunidas piezas de lugares tan dispares como la Fundación Sorolla de Madrid, la de Bancaja de Valencia, así como diversos museos e instituciones norteamericanos. Una de las obras llega del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana y otra del de Asturias que la obtuvo como parte del legado Masaveu.

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Joaquín Sorolla nació en Valencia en 1863 y murió en Cercedilla, Madrid, en 1923; desarrolló una carrera imparable desde la infancia sobre premios y estancias en París e Italia, hasta alcanzar su consagración. Es el gran maestro del luminismo. Su producción tiene conexiones con los impresionistas con los que sin embargo mantiene una lejanía basada en el estudio de los clásicos españoles, destacadamente Velázquez, en no haber abandonado nunca lo figurativo, así como en cierta inocente mirada naturalista sobre los lugares de su provincia natal.

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Sorolla y Estados Unidos

Fundación Mapfre, Madrid

26 de septiembre 2014 a 11 de enero de 2015

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