¿Cómo nos criaron?

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¿Nos criaron como nos durmieron? ¿Qué nos cantaron en ese duermevela? La respiración como soniquete y ese susurro de nana que nos hicieron sentir seguros ¿se perderán?

Haz como si cerraras los ojos y vuelve atrás…, más…, hasta que escuches…, ese crujir de los palillos de la silla, ssssssss, ese guiño de la mecedora…, ¿escuchas? Ese susurro tarareante, que envuelve esa canción de cuna, que te mecía…, y te cantaban…, y te calmabas, ¿escuchas? Seguro que te sosiega también ahora. El mismo que paraba tu juego, que junto con la luz del patio, iluminaba las sombras abstractas.

Las nanas sembraron en nosotros el recuerdo de quien te amparaba de todo lo malo que pudiera emerger de un mundo aún por descubrir o recién descubierto. Son los melismas somnolientos que nos cuidaron, pero a través de anunciarnos esos peligros, sumamente precisos, para sentirnos a salvo después.

¿De dónde proceden estos cantos de hermanas, tías, madres y abuelas, de sirenas, tan nuestros? Sin despreciar las esbeltamente clásicas piezas de Chopin, Ravel o Brahms, dada la proximidad con otras raíces más flamencas, les convío a que se arrimen a  las ramas andaluzas.

El flamenco de hoy sigue recogiéndola como palo. José Manuel Gamboa, en Una historia del Flamenco (2005:119), nos recordaría quién hizo suyo, y desde cuándo, este cante autóctono. Por lo visto ya en el año 1931, La Argentinita junto con García Lorca habrían grabado la Nana de Sevilla «Este galapaguito no tiene mare / no tiene mare sí, no tiene mare no / no tiene mare / lo parió una gitana lo echó a la calle / lo echó a la calle sí, lo echó a la calle no / lo echó a la calle»; pero Gamboa aclara que es en el registro en 1954, de Bernardo el de los Lobitos, cuando la Nana (una canción folclórica de cuna) se incorpora al bagaje flamenco gracias a Perico el del lunar. A lo mejor recuerdan las letras que éste cantaba «Este niño chiquito / no tiene cuna / su padre es carpintero / y le hará una», o la de: «Nana, nana, nana / duérmete lucerito de la mañana».

Aunque la interpretaran fenómenos como Pepe Marchena, «mi niño está en la cama / Mi niño está en la cama y está llorando / Está en la cama, mi niño, y está llorando / Cascabeles azules le están tocando, Cascabeles azules le están tocando»; Joselero de Morón, «Qué penita llegá a abuelo / que penita llegá a abuelo / que tiene uno que dormí / estando muerto de sueño»; Camarón y su psicodelia mora, del Caballo Grande, recuperando a Lorca, «Duérmete clavel, que el caballo no quiere beber, duérmete rosal que el caballo se pone a llorar»; Enrique Morente con las Nanas de la Cebolla de Miguel Hernández;  Juan Cachele o Curro Lucena, quien se atreve con el cante de trilla, con niño y todo; las mujeres quitan el sentío necesario, para desconectar de este mundo y migrar al de los sueños.

La saetera sanluqueña, que en gloria esté, Encarnación Marín, La Sallago, llegó a cantarlas por bulerías «A la nana mi niño / la nana mi niño / nanita duerme y tu mare está contigo para mecerte o La luna / la luna está mirando por la ventana, por la ventana / la luna está cantando nanita nana, nanita nana o Papá trae del campo leña pa’ el frío / y mi niño chiquetito ya anda dormío / y mi niño blanco ya está dormío, mi lucerito blanco ya está dormío».

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La que me cantaba mi madre era antillana. Fue cantada por Víctor Jara, Mercedes Sosa y también por El Cabrero, pero en su origen no fue flamenca, fue latinoamericana. Que forma tan bonita de dormirme, la que tenía mi Consuelo, hablando de lucha entendida como trabajo, de injusticias que han presidido la historia, y del amor como sacrificio. Me la susurraba así …

«Duerme duerme negrito, que tu mama está en el campo, negrito / te va a traer codornices para ti, rica fruta para ti, carne de cerdo para ti / Duerme, duerme, negrito. Que tu mama está en el campo, negrito / Duerme, duerme, negrito que tu mama está en el campo / Te va a traer codornices para ti / Te va a traer rica fruta para ti / Te va a traer carne de cerdo Para ti / Te va a traer muchas cosas Para ti. / Y si el negro no se duerme viene el diablo blanco / Y zas le come la patita Chacapumba, chacapumba, apumba, chacapumba. / Duerme, duerme, negrito / Que tu mama está en el campo, negrito  /trabajando / Trabajando duramente, trabajando sí / Trabajando y va de luto, trabajando sí / Trabajando y no le pagan, trabajando sí / Trabajando y va tosiendo, trabajando sí / Para el negrito, chiquitito / Para el negrito si / Trabajando sí, Trabajando sí / Duerme, duerme, negrito / Que tu mama está en el campo / Negrito, negrito, negrito».

Estas letras que suman faltas y ausencias de pan, de cunas y de mares, son el refugio al que acudimos, de vez en cuando, a ese olor blanco del jazmín, que nuestra abuela se había puesto en el roete, a la cadena que colgaba de ese cuello con el que volábamos sujetos, a ese respirar profundo o a ese latir como almohada, al arrullo de un cuerpo grande, muy grande.

Y que frío me entra cuando veo a un niño con la tablet escuchando ensimismado el estridente «el pollito pío / el pollito pío» y qué pena me da que ese calor se pierda, escalofrío.