Consagrarse a la muerte

Muerte en Venecia
Toda belleza necesita ser contemplada. Narciso necesita esa caricia que sólo le da la laguna. Al ver su reflejo en el precipicio de la superficie, éste no es sino el abismo de la propia forma de Narciso. Por ello, no pudo ser otra sino la ciudad de las lagunas y los canales, donde Gustav von Aschenbach -apellido que significa “río de cenizas”- encontrara, en su huida del spleen, al efebo Tadzio. Si la laguna es la gran metáfora de la contemplación, la llegada del contemplador de la belleza en una góndola conducida por un falso gondolero, no es sino el viaje de Caronte por la laguna Estigia a la ciudad de la muerte, de donde no se puede regresar; pero es que la propia laguna es Tadzio, al ser el lugar donde se ve reflejado su rostro. Aschenbach viaja por la belleza del joven hacia el inframundo que se apodera de las sombras errantes. Revela August von Platen: “Quien ha contemplado la belleza con sus propios ojos está consagrado ya a la muerte.” Si Aschenbach prefiere ésta que separarse de la belleza aún a sabiendas de que algo huele a podrido en Venecia; ésta también prefiere morir que vivir sin turistas, sin observador – y a pesar de la necesidad de Visconti de rodar entre las dos y las seis de la madrugada para evitarlos-. El subyugante director Luchino Visconti hace de la novela Muerte en Venecia (1912) de Thomas Mann -al que llegó a conocer en 1951- y a propósito de la vida del compositor Gustav Mahler (1860-1911), un leitmotiv en 1971 de su añoranza de la belleza, que como en el Fedro platónico es “el recuerdo del mundo verdadero”: su admiración irresistible por la aristocracia a la que pertenecía -pero su militancia en el Partido Comunista-, la erótica del orden y su atracción estética terrible -que nunca política- por los espectáculos de Hitler, donde miraba fascinado a los rubios jóvenes uniformados. Visconti y el mal de la decadencia, en busca del tiempo perdido proustiano -otro de sus proyectos inacabados-, y creyendo el susurro de Verdi: “Volvamos a lo antiguo y progresaremos”. Por todo ello, esta película proclama una estética de la resistencia y la defensa de su mundo personificado en el amor de Aschenbach hacia Tadzio, con el discutido homoerotismo y la pederastia tan polémica en Lolita. No hay palabra entre amante y amado -las de Tadzio son en polaco o francés-, y solo es a través de los ojos por los que entra la perfección espiritual mediante la idealización de la forma, siendo la fotografía de Pasquale de Santis -al estilo del sfumato de Da Vinci- y el Adagietto de la 5ª Sinfonía de Mahler, los cómplices de la comunión erótica. En palabras de Schiller: “El encanto de la belleza estriba en su misterio”. Si Gustav siempre divisa a Tadzio entre el gentío y en movimiento vital mediante el zoom, el compositor emerge descontextualizado e inmóvil, revestido de soledad e inercia. Visconti deseó una vez que su tumba rezase: “Adoraba a Shakespeare, a Verdi y Chéjov.” Pero Platón hubiera merecido ese epitafio, pues recorre la trama de la ciudad en la que Wagner compuso el 2º acto de Tristán e Isolda -con paralela “muerte de amor”- y que tan influyente fue en Mahler y el propio cineasta. En la urbe de las máscaras, de la aparente verdad y la verdad de la apariencia, y que dio a luz la commedia dell’arte, aparece el totò de Fellini y su carcajada de Mefistófeles en el dandy homosexual y el músico deambulante. Ambos disfrazados y con un maquillaje y ademanes desnaturalizados que son la enfermedad y carcoma de la seriedad divina y la elegancia distintiva de lo sublime. Advierte Kant: “lo terriblemente sublime, cuando llega a ser por completo antinatural […] degenera, cuando le falta completamente lo noble, y se dice que es ridículo.” Pero la mayor de las máscaras es Tadzio, que es mucho más espíritu que forma para Gustav, quien halla a través del erotismo la respuesta a su entusiasmo artístico: la obra total solo puede ser alcanzada por los sentidos -¡Y qué triste le será aspirar a lo más elevado y caer en el hedor!-. La moral engendra mediocridad; el artista no es un educador. Alfred llegará a sugerirle que el mal alimenta la genialidad, conocimiento faústico simbolizado en el barco y la prostituta, ambos llamados “Esmeralda”. Y será un andrógino actor sueco, Björn Andersen, el efebo elegido a sus 15 años -como testimonia el documental En busca de Tadzio-, y a quien le estaba prohibida la lectura del guión y de la novela, para la dotación de un halo de virginidad e inocencia a la persona real inclusive y quien, idéntico al David de Verrochio y a la donna angelicata, engendraba piedad, pudor y culpa en Aschenbach. Björn llegó a leer la novela a escondidas y entendió que él era el Ángel de la Muerte. Al final Aschenbach, de dandy trasnochado, muere mientras ve cómo Tadzio, introducido en el mar, -ya unidos Narciso y su reflejo-, señala un punto ambiguo en el horizonte. Quien ha contemplado la mayor de las bellezas imaginable, puede ya descansar en paz, seguro de no poder ver nada ya.