Corralitos, S. A.

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La cultura es universal. La cultura no puede convertirse en patrimonio de unos pocos. Y, desde luego, la cultura no es un recinto al que un grupo determinado nos pueda impedir acceder. Sin embargo, no son pocos los que pelean para que la escritura, el cine, la música o la escultura, se conviertan en clubes exclusivos a los que sólo tienen acceso los socios fundadores o los sujetos extraños. Patrañas propias de quien no sabe ni lo que dice.

Lo que rodea las manifestaciones artísticas en algunos foros concretos, me irrita. Más a menudo de lo que quisiera.

Por lo visto, para ser artista hay que ser muy excéntrico, beber grandes cantidades de alcohol, fumar hasta la extenuación, tener la mirada perdida casi siempre, hablar de autores a los que no conoce ni su madre, mostrar cierto desprecio por los que no son artistas, mostrar un desprecio descomunal por aquellos que tratan de llegar a serlo, odiar a muerte a todo aquel que despunta o que tiene la desfachatez de asomar y no tener complejos al mostrar su trabajo. Eso o ser un estirado que fuma en pipa y al que hay que llamar de usted. Además, por lo visto, para ser artista no hace falta serlo. Novelistas que no escriben, pero beben y comparten borrachera con uno que si lo hace (mal, pero lo hace); pintores que fuman mucho aunque no agarran un pincel desde que son pequeñitos y alternan con escultores que escriben en la revista La escultura es la vida y nadie nos lo podrá robar o poetas que presumen de ser malditos y sufren de la incomprensión social. Son los inventores de un arte inútil y estúpido. Los inventores de lo que podríamos llamar la escuela sólo nosotros entendemos de arte, tú limítate a mantener el pico cerrado. Eso o escribir una buena novela o pintar un cuadro excelente y luego (ya da igual) cualquier cosa porque la marca ya está creada y a salvo.

Soy novelista, padre de cuatro hijos, madrugador (me levanto a las seis de la mañana cada día para trabajar), no bebo, fumo, la mirada no la tengo perdida y procuro desmitificar todo este tinglado. Como muchos otros, vaya. Y me irrita tanta idiotez, tanto corralito cerrado a cal y canto, tanto defender autores imposibles para elevar un poco más un listón (¿?) que impida que una persona ilusionada y con cualidades extraordinarias se pueda atrever a meter las narices donde no le llaman. Me irrita porque es todo una gran mentira. Escribir o pintar no tiene nada que ver con el alcohol, ni con tener un buen montón de facturas sin pagar, ni con haber leído libros que no hay quien se los trague. Saber con qué tiene que ver es otro cantar, pero desde luego con eso no. Otro cantar que muchos si conocen ni se plantean.

Hay una cosa que es segura: la creación está muy pegada al trabajo diario, a la constancia. Y eso es justo de lo que huyen esa banda de artistas que dicen serlo sin saber lo que supone crear; esos que nos quieren hacer creer que las artes son propiedad de unos cuantos individuos atormentados y poseedores de un don especial, secreto. Y no. Esos a los que me refiero son unos caraduras que no han trabajado en su vida; y, además, intentan que los demás trabajen para ellos. Los verdaderos artistas no se dedican a nada que no sea su propia obra. También beben y fuman y tienen un millón de defectos, pero no se dedican a perder el tiempo haciendo creer que las cosas son como quieren ellos que sean. Otra cosa es que se dejen claras las posturas, las opiniones, que se discuta y que se pelee por la cultura, sea cual sea el precio que se tenga que pagar. Eso es otra cosa que no tiene que ver con los corralitos. Tiene que ver con la generosidad.

Soy el primero que se revela contra el intrusismo, contra el abaratamiento de las artes, contra esa especie de aquí vale todo y, como, los que no somos artistas, pero queremos parecerlo, somos más y usted se calla. Soy el primero en rechazar las actitudes estúpidas sean cuales sean. Pero creo estar, al mismo tiempo, en primera fila cuando se trata de ofrecer oportunidades, de crear alternativas. Porque creo en el talento, porque creo en la normalidad con la hay que enfrentar un asunto tan extraordinario como es la cultura. Ni con pipa ni con extravagancias.

Los disfraces de artista, de maldito, de exquisito o de enfermera, no son más que disfraces. Y, que yo sepa, esto no es un baile. Esto es algo mucho más serio al que se le ha perdido el respeto peligrosamente.