Cristina de Miguel: El poder de la pintura

Naroa Lizar Dorado-1
© Fotografía de Naroa Lizar

Lejos de su tierra natal y bajo el inspirador aliento de la ciudad de New York, la artista Cristina de Miguel viene construyendo desde la lejanía uno de los discursos mas interesantes de la pintura andaluza emergente. Clausurada recientemente su última exposición individual en Freight + Volume y en vísperas de una nueva presentación en New Jersey, la artista nos habla de su pasión por el ejercicio pictórico.

Me dijo un amigo hace tiempo que Sevilla era una ciudad perfecta para hacerse pintor pero no para trabajar de ello. Una sentencia bastante cierta a tenor de las generaciones de artistas que vemos nacer en esta soleada ciudad que terminan emigrando a tierras mas fértiles. Luis Gordillo, Miki Leal o Rubén Guerrero son ejemplos de un fenómeno que se hace cada vez mas evidente, sobre todo si fijamos nuestra atención en artistas mas jóvenes que realizan prematuramente el mismo periplo. Este es el caso de Cristina de Miguel (Sevilla, 1987) no muy habitual en los circuitos artísticos sevillanos porque desde 2011 reside y trabaja en New York.

Puede haber sido cosa del destino (o de pertinente perspicacia), porque la pintura de Cristina, sencilla y directa, difícilmente hubiese encajado en su ciudad natal, tan proclive al ornamento. Al menos no con la naturalidad que parece hacerlo en aquella gran urbe habituada tanto a las grandes gestas expresionistas como al minimalismo. En todo caso hemos querido saber más de su experiencia fuera de España, asunto muy común hoy en día para todo tipo de profesionales, y conocer de primera mano su amor y respeto por esa espontanea inmediatez de la pintura que todo lo permite.

«Pienso que la pintura está más viva que nunca y que hay gente joven haciendo unas cosas muy interesantes. Siento que está adoptando de nuevo esa actitud descarada y viva de los 80, pero con una gran influencia estética de lo digital, con gran sentido de la ironía y el absurdo. Un poco como a ver a quien le importa menos. Pero no pinto porque piense que la pintura pueda expresar mis ideas mejor que otro medio, pinto porque quiero hacer pinturas. Simplemente quiero pintar siempre, nunca me cuestiono otros medios. Al menos por ahora».

Conocí el trabajo de Cristina en su primera y única muestra individual en Sevilla, La Mantilla Me Costó Cuarenta Papeles; desde entonces su obra, ya de tintes neoexpresionistas y gran economía formal, se ha vuelto aún más descarada, descarnada y casi brutal en la traslación al lienzo, con un resultado plástico sin filtros esteticistas que parece querer introducirnos directamente en la experiencia de la artista.

«Aquella exposición fue especial para mí porque mostré los cuadros que había hecho en Grecia durante ese año. Fue en Atenas, en la biblioteca de la escuela de arte, donde realmente descubrí el trabajo de Julian Schnabel, Cy Twombly, Joseph Beuys y otros. Ese año que viví allí me transformo completamente; por el lugar donde estaba, la libertad que tenia de poder estar todo el día pintando y totalmente desconectada de juicios externos. El ejemplo de artistas que utilizan citas culturales en su trabajo y que le dan toda la importancia a la emoción y el valor formal de la pintura, eso me transformó. Desapareció toda diferencia entre la vida fuera o dentro del estudio, todo estaba conectado durante todo el tiempo. Pero ahora miro atrás y las cosas que estaba haciendo estaban demasiado ligadas al trabajo de otros, con el tiempo creo que ya he dejado atrás esa influencia que en su momento fue decisiva».

Los cuadros de Cristina de Miguel nos atraen por la visceral simplicidad que desprenden, su expresionismo primario, la austeridad formal con la que nos hace participes de sus experiencias. Una búsqueda que sustenta todo un proyecto artístico en el que menos es siempre más, tanto en el resultado final como en el proceso de creación.

«Para mí lo mejor es que el tiempo que transcurre entre la cabeza y la mano sea el mínimo posible. Tengo una idea de cómo algo se vería, voy al estudio, cojo una brocha y lo hago enseguida. Siento que tengo poder total sobre lo que hago. Siempre tengo presente que en la pintura hay que deshacerse de lo innecesario. Las cosas que no sirven para nada en un cuadro no deberían estar, de ahí viene mi economía de formas».

Frente al trabajo de esta creadora me obligo a pensar en el romántico momento del artista frente el lienzo, para acabar siempre dándome de bruces. Se hace difícil imaginar cómo surgen estas imágenes y estas palabras aunque intuyamos el goce plástico y la valentía creativa… ¿Un boceto? ¿Un instante decisivo? ¿Estudiosa puesta en escena de recursos aparentemente antiacadémicos?

«Mientras pinto jamás haría una copia de una idea concebida anteriormente, dejo que la propia pintura vaya creando ideas nuevas y cosas que jamás hubiera imaginado. Eso es lo que realmente me interesa del proceso y lo único que hace que vaya al estudio; ver nuevos mundos que surgen de repente. Nunca he hecho un cuadro estrictamente a partir de un boceto ni me interesa eso. Con esta forma de trabajar destruyo muchas pinturas, pinto encima y vuelvo a empezar sobre el mismo lienzo, por eso muchos llevan debajo unos cuatro o cinco cuadros distintos, son parte del proceso y sin ellos no podría haber dado con el resultado final. Me recuerda a la arqueología, cosas debajo de la tierra que no se ven, pero que están ahí».

Lo curioso del trabajo de Cristina de Miguel es que una referencia arqueológica o una simple recreación sobre sus experiencias en la niñez explican mejor su obra que cualquier escrito teórico, y ella se siente muy orgullosa de ello. Sus cuadros pertenecen a esa genealogía estrechamente unida al propio acto de pintar, al contacto directo con un medio que subyuga a la artista.

Candy Saga in the Subway. Acrylic and pastel on canvas. 72 x 48. 2014

«De pequeña pintaba mucho y hacia muchas figuritas de barro en el jardín de mi casa. Pasaba largas horas allí sola sin que nadie me molestara, en plena naturaleza y rodeada de olivos. Ese estado salvaje era tan especial que ha marcado la actitud que quiero adoptar frente a la pintura para el resto de mi vida».

Pero Sevilla, me dijeron, es una gran ciudad para hacerse pintor aunque no para trabajar en ello. Una búsqueda de libertad en nuevos parajes fue lo que llevó a la artista a emigrar lejos con un afán de crecimiento personal y artístico tras acabar sus estudios. El destino fue uno de los centros neurálgicos del arte contemporáneo.

«En la Facultad aprendí muchas cosas, pero sentí que necesitaba conseguir más de lo que pude en Sevilla; además, quería ver pinturas y estar en contacto con artistas que me interesasen. Pensé que lo mejor para ello sería hacer un Máster en Nueva York y allá fui. Para mí, aquí hay muchas cosas por hacer y ver, todo se mueve muy rápido y eso me motiva a estar activa en mi vida diaria, estoy continuamente nutriéndome de cultura y de lo que veo por la calle. Además, me encanta la energía positiva que se respira aquí. En general la gente es muy simpática y alegre y me siento muy a gusto. Sin embargo, también tiene sus contrapartidas, hay que trabajar mucho para sobrevivir, hay menos tiempo para socializar y me canso mucho físicamente con las grandes distancias».

En Cristina de Miguel encontramos el ejemplo perfecto del riesgo y la lucha que exige la profesión artística, su vida es la de muchos otros que han emigrado en busca de las mejores oportunidades y su decisión por instalarse en una ciudad plagada de competidores (aunque según la artista prime la camaradería y el caldo de cultivo creativo) cada vez es mas correspondida. Hace unos meses la gran manzana disfrutó de su última exposición individual, Absolutely Yours, y en breve volverá a hacerlo.

«Este otoño colgaré algunas pinturas nuevas en exposiciones colectivas en la ciudad. En diciembre tengo una individual en Kent Place, un espacio en Nueva Jersey, y también expondré una nueva serie de animaciones GIF, mezclando dibujo tradicional e imágenes digitales, en Arts + Leisure, espacio de proyectos asociado a la galería Freight + Volume que me representa en Nueva York. »

Quedan aún muchos picos que conquistar para Cristina, tanto en esto que nos gusta llamar la escena artística como en lo personal. Nos esperan junto a ella, a través de sus cuadros, nuevas experiencias, nuevos viajes, nuevas ciudades, quizás incluso podamos verla de nuevo por nuestra tierra.

«Me encantaría pasar algunos meses al año en Sevilla y el resto en Nueva York. Quiero trabajar con una galería en Madrid o Sevilla y durante esos meses hacer obra que se quede ahí. No pretendo estar en un sitio fijo toda mi vida sino ir yendo y viendo. Me gusta mucho Sevilla y mis amigos y familia, a la que estoy muy unida, están ahí. »

Sólo se puede volver por el camino recorrido, y en Aladar esperamos que el camino de Cristina de Miguel sea igual de fructífero en la vuelta como en la ida, invitándoles a ustedes a que no pierdan de vista sus poderosas imágenes, su energía, su riesgo, su pintura.

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