Crónica de una muerte anunciada

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Los enfoques y los diferentes puntos de vista convierten los temas tratados en las películas de cine en cosas muy distintas entre sí. El mismo personaje, la misma trama, el mismo final, pueden ser vehículos con los que lograr obras antagónicas, contrapuestas. Jesús de Nazaret es uno de esos personajes, la última etapa de su vida una trama común, su final una meta obligada. Este artículo pretende hablar de cine y solo de cine. Que el asunto tratado por tres realizadores sea la vida y muerte de Jesús de Nazaret (o algo parecido en el caso de los extraordinarios Monty Python) no es más que una anécdota. Por tanto, el fondo religioso de las tres películas es una anécdota. Ni se juzga ni se discute.

La figura de Jesús de Nazaret ha dado mucho de sí en la historia del cine. Grandes realizadores se han acercado a él buscando soluciones diversas, tanto técnicas como espirituales. Tres ejemplos pueden servirnos para tener una idea que va de un extremo a otro dentro del abanico de posibilidades que ofrece una historia y un personaje difícil de igualar.

Jesucristo Superstar (Jesus Christ Superstar, 1973). Comenzó siendo una ópera rock y, afortunadamente para el cine, terminó siendo una película. Es, casi con toda seguridad, la película que, teniendo a Jesús de Nazaret como protagonista, más seguidores ha tenido y más pasiones ha despertado entre los espectadores. En las salas de cine, al estrenarse, se produjeron altercados dada la indignación de algunos. Pero alguien en el Vaticano llegó a decir que se debería canonizar a “ese chico que hace de Jesús”. Opiniones para todos los gustos.

El trabajo de Norman Jewison es apabullante, arrasador. Pero lo es desde el respeto, desde la delicadeza. La escena en la que Jesús de Nazaret recibe los treinta y nueve latigazos o la final en la que vemos cómo los cantantes y bailarines que han intervenido en el rodaje se suben en el autobús en el que llegaron es estremecedora. El único que no regresa es el actor que ha encarnado a Cristo. Él queda crucificado y le despide el atardecer. Como anécdota, hay que decir que durante el rodaje de la escena de la crucifixión comenzó una tormenta. En el desierto de Neguev (se filmó íntegramente allí) no llovía nunca y ese día hubo que rescatar al actor que ya estaba atado a la cruz. Ted Neeley siempre dijo que fue el momento más emocionante y mágico de su vida artística.

Además de una dirección de Jewison maravillosa, la película cuenta con algo fuera de lo común: una partitura excelente de Andrew Lloyd Webber y un libreto inteligente y atrevido de Tim Rice. Los que pudimos asistir al estreno de la película o a los musicales que hacían de espejo del original, difícilmente podremos olvidar aquello. Temas como I don´t Know How to Love Him interpretado por Ivonne Elliman (nunca nadie logró tanta dulzura ni tanta verdad con este tema; la escenase rodó una noche en exteriores naturales, con algún problema de viento, acompañada de una iluminación presicosa, y es la escena más bonita y agradable de la película) o Getsemaní interpretado por un prodigioso Ted Neeley fueron conocidísimos en su momento y fácilmente reconocibles hoy en día.

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Jesus Christ Superstar está contada desde el punto de vista de Judas (un magnífico Carl Anderson que no solo canta bien sino que actúa de forma magistral). De ahí le viene el nombre a la película. Judas acusa a Jesús de estar olvidando lo que predica y fijarse en su propio éxito. La elección de Anderson fue un asunto delicado. El realizador temía que la película pudiera tener una lectura racial por parte de algunos, pero, finalmente, decidió apostar por el talento como alguna vez recordó.

La película es muy teatral. Jewison buscó no perder ese toque operístico. Para ello no utilizó gran número de extras y aprovechó las ruinas que tuvo a su alcance para rodar. Es famosísimo ese andamio en el que siempre encontramos sacerdotes formando parte del escenario principal. Una de las escenas más extraordinarias comienza con los buitres volando en grupo. Negro sobre el azul del cielo. La cámara se centra, entonces, en ese andamio lleno de sacerdotes. Negro sobre el azul del cielo.

La puesta en escena trata de ser una mezcla entre lo más moderno y lo propio de la época. La escena en la que Judas corre, arrastrado por una fuerza arrasadora, a denunciar a Jesús, lo hace delante de cinco carros de combate que habían intervenido en la Guerra de los seis días. Una vez consumada la traición, dos aviones de guerra sirven de metáfora para lo que Judas acaba de hacer.

El único momento frívolo de la película lo protagoniza Joshua Mostel (Herodes). La escena está rodada a modo de vodevil y es el momento en que más licencias se toma Jewison para narrar. Desde luego, resulta divertidísima.

Una gran película que enseña otro lado.

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La pasión de Cristo (The Passion of the Christ, 2004). Tan aclamada como repudiada, la película de Mel Gibson logró arrasar en taquilla y dio mucho que hablar. Algunos, aún hoy, defienden que eso es lo que ocurrió en la realidad y que refleja una verdad casi absoluta; otros acusan a Gibson de fanático, antisemita y perturbado; por la violencia de las imágenes.

Gibson se centra en los últimos días de Cristo. Desde su detención hasta su muerte. La película está bien dirigida y contiene escenas muy meritorias. Pero la cantidad de sangre y de escenas violentas es escalofriante. Tanto es así que parece imposible que el personaje pueda soportar semejante brutalidad. El Cristo interpretado por James Caviezel termina siendo un despojo ensangrentado. Y, entre tanta escena que roza el gore, la figura del demonio llega a parecerse a un villano más propio de La guerra de las galaxias. Gibson no deja nada a la imaginación del espectador, se afana en que se vea y se sufra hasta el límite.

Lo peor de todo es que no se aprecia un objetivo claro. Por ejemplo, Nicholas Ray en Rey de reyes cuenta esto mismo, pero indaga en los conflictos sociales de la época, trata de buscar los antecedentes y quiere expresar para dar un sentido a lo narrado. Gibson, por un lado, se lía a mamporros dando por hecho que todo el mundo conoce la historia y, por otro, no aporta nada a lo que ya sabíamos.

Escuchamos a los personajes hablar en arameo o en latín. Se quiere llegar a un punto de exactitud extremo. Pero a Gibson le pierde su afán por contarlo todo e incidir en algunos aspectos. Por ejemplo, coloca a los sacerdotes judíos en el palacio de Poncio Pilato la víspera del Sabbath, algo del todo impensable. Por cierto, a Poncio Pilato se le representa con bastante amabilidad. El espectador casi siente cierta simpatía por él. Y ya les digo yo que los tiros no iban por ahí.

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La vida de Brian (Monty Python’s The Life of Brian, 1979). Brian nace junto a Jesús de Nazaret, en el pesebre vecino. Y sus vidas tendrán un paralelismo inimaginable. La película de los Monty Python, dirigida por Terry Jones, es una sátira sobre la religión y la política que a unos les resulta insultante y a otros una maravillosa locura de lo más divertida. En realidad, la película habla de la necedad humana, del engaño que supone la salvación de almas que propone la religión y la salvación de personas que supone la política. Creo yo que la intención del realizador no era la de ser blasfemo o insultante. Se percibe más una crítica a estamentos poderosísimos desde la ironía y el sarcasmo sin un fondo que vaya más allá de lo cómico. De hecho, aparece, brevemente, el propio Jesús de Nazaret durante el sermón de la montaña y no se hace un solo chiste de ello.

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La vida de Brian se llena de escenas inolvidables. Y son escenas que no se pueden contar sin descargarlas de todo el humor que contienen. Es mejor echar un vistazo a la película y colocarse en ese lado en el que están millones de fans o en ese otro en el que se encuentran millones de detractores.

En cualquier caso, no pierdan detalle del final mientras escuchen el tema Always Look on the Bright Side of Life. No se olvidarán de esta escena. Ni de un nombre que habrán escuchado durante el desarrollo de la película: Pijus Magníficus.