Crónicas de la piel revelada

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Una de las fotografías que integran la muestra ‘Dermografía”, realizada con la técnica de Papel RC perforado montado en caja de luz. / Giovannina Sequeira

Al utilizar el cuerpo desnudo como superficie de investigación, Giovannina Sequeira se detiene a mirar, encuentra emociones e historias que se esconden dentro del cuerpo y las manifiesta en la piel. La creación de mapas de luz revela de una manera metafórica, que la piel funciona como un espacio canalizador de todo lo que el alma siente.

María José García Piaggio

La  noticia llega como el halo de brillante irrealidad del destello de un flash al barrio de Bello Horizonte, en Managua, el mismo que la vio patear sus calles camino de una boda o de un acto benéfico, como reportera de egos efímeros: «Giova expone en Berlín», se cuentan sus amigos a través de los celulares. Es un hito más en una carrera de triunfos pequeños, pero sólidos, de pasos decididos que la han llevado a cruzar el Atlántico primero, a aferrarse a cualquier oportunidad de no dejar de aprender en España y, ahora, de abrir una pequeña ventana para mirar a su propio futuro en uno de los santuarios mundiales del arte.

Desde el 15 de septiembre, las imágenes de la serie ‘Dermografía’ de Giovannina Sequeira se exponen en suelo nicaragüense, pero a más de diez mil kilómetros, treinta horas de viaje y más de 1.500 dólares de su país, en la embajada de Nicaragua en Berlín. «Desde que estoy acá, en Europa, hace dos años y medio, no he podido volver y ha sido horrible», confiesa la fotógrafa que acaba de cumplir veintiséis años, y que asegura haber condensado muchos más de aprendizaje en los tres últimos. Llegó a España para realizar un Máster de Fotografía en la prestigiosa escuela EFTI de Madrid. Lo aprovechó para aprender no sólo en las aulas, sino que se complace de seguir manteniendo contacto con compañeros y maestros de los que saca «una enseñanza en cada plática». En un castellano castizo, alejado del nicañol que en ocasiones se torna indescifrable para sus amigos, sentencia que «de unas cañas y unas tapas salen cosas interesantes si estás rodeado de personas que aportan». Entre su nómina de maestros se encuentran nombres que han firmado capítulos gloriosos de la fotografía artística contemporánea, el videoarte y otras disciplinas como Chema Madoz, Todd Hido, Javier Vallhonrat o Carmen Dalmau.

Al concluir su intensiva formación en Madrid, ya estaba determinantemente convencida de que su camino en la vida era el del arte, y de que su lugar para avanzar en ese sentido, tenía que permanecer a este lado del Océano. «Estaba tan enamorada de lo que hacía que  no quería regresar así que quedé un par de meses buscando trabajo y me conseguí una beca ahí mismo en mi escuela, al mismo tiempo que hacía un curso de comisionado de arte», recuerda.

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Giovannina, la muchacha menuda y morena, chela de piel, como dirían en Nicaragua, al margen de su condición artística, se abriga con una timidez impostada, como un abrigo de alegorías de paño grueso que le cubre el cuello hasta rozarle la mandíbula, y los brazos hasta cubrir sus falanges. Hunde la mirada en el suelo, buscando un tesoro de determinación y arrojo enterrados, pero una voz enérgica y viva hace que se desnude de ese encogimiento para erigirse en creadora, en protagonista ajena a cortedades. Tiene claro que consolidar todos los avances que ha hecho supone desarrollar un trabajo que poco tiene que ver con el estereotipo del artista. Aparenta huir de la bohemia, en cualquier caso, pero aún así sabe que debe llamar a todas las puertas, y seguir construyendo un nombre, antes de regresar a una Centroamérica que siempre está en su horizonte. «Aún siento que puedo hacer muchas cosas antes de regresar, y además, lo que es arte acá no tiene por qué serlo allá», se lamenta, tomando conciencia de las distintas velocidades en la concepción artística. «Aquí estoy viendo cosas diferentes, para después utilizarlo como una herramienta artística. No es que en Europa haya más oportunidades. Las oportunidades también se hacen», concluye con osadía, dando por olvidada toda timidez.

Sueña con exponer en su ciudad natal, desembarcando «con todos los fierros, para hacer algo grande», y se lamenta de los complejos que asegura que existen en el mundo del arte en Nicaragua. «Hay público. Hay interés. Siempre he pensado que nos menospreciamos a nosotros mismos, y que hay grandes artistas en mi país, aunque al inicio hay miedo, porque uno piensa que no está a un buen nivel. Todavía tengo mis dudas, pero lo importante es adquirir el valor y llevar a cabo las ideas y los proyectos».

‘Dermografía’ es un proyecto artístico que se basa en la piel humana, que Sequeira fotografía después de haberla intervenido con distintas técnicas. Desde el papel perforado que deja pasar una luz de contornos precisos y definidos, hasta la agresión lacerante, mediante agujas. Su primer acercamiento al desnudo fue una exposición colectiva que llevaba por título ‘Quadriforme’. «Ahí comencé a darme cuenta de que había historias que se escondían y que se manifestaban en nuestra piel, y comencé a trabajar con ella como superficie de investigación», explica la artista, que para su nueva muestra ha escogido distintas técnicas con las que hace que la luz llegue a la piel como canalizadora de sentimientos. «Me interesa la piel porque es algo muy cercano, muy reconocible para nosotros, que guarda cualquier momento… cada cicatriz, cada mancha es el resultado de un momento de nuestra vida». Así justifica algunas de las fotografías, detalles de su propio cuerpo perforado con agujas, dando forma a sentimientos, como símbolo de lo que traspasa la piel, de lo que profundiza en el alma.

También se ha interesado por el videoarte, por ejemplo a través de un trabajo inspirado en la dermatitis artefacta, un trastorno mental que lleva a quien lo padece a infligirse pequeñas lesiones, de forma consciente o inconsciente. La artista asegura que la motivación era la de contar mediante el arte «como nuestro cuerpo también muestra nuestros problemas psicológicos».

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Giovannina Sequeira no quiere ponerse etiquetas en el mundo del arte. No se considera fotógrafa, porque explora otros mundos, otros medios, otros enfoques y otras técnicas. Tampoco se atreve, en la modestia de una carrera aún incipiente, a poner a su nombre el apellido de artista, por el que asegura sentir  un profundo respeto. Pero sabe bien que lo que quiere hacer es lo que los artistas hace, y que sus motivaciones son tan profundas como las de quienes se han consagrado en todas las disciplinas de la emoción: «Me gusta crear, me da pasión, me produce placer. Me gusta hacer cosas y disfrutarlas cuando están hechas… y aún mucho más comprobar qué emociones genera en quien lo está viendo, cuál es la recepción que tiene mi obra, qué piensa la gente. Da igual que sea bueno o malo, que guste o no guste… si provoca algún sentimiento, estoy satisfecha. Que genere algo en esa persona, que se pare delante».

No le obsesiona el equipo. Dispara con una cámara semiprofesional que siempre trata de llevar encima. «Mejor equipo no es igual a mejor fotógrafo. No necesito una buena cámara porque hago fotos con luz natural y no las imprimo en vallas publicitarias», justifica la artista, convencida de que lo realmente importante es contar con una buena idea y tener clara la forma de plasmarla, independientemente de la sofisticación técnica del equipo que se utiliza para hacerlo, dentro de unos parámetros de mínima solvencia. «Cuando lo tienes claro, ya miras hasta donde puedes halar, si a una cámara de cuatrocientos dólares o una de cuatro mil», dice entre risas.

En sentido metafórico, su mejor equipamiento técnico está en unos ojos inquietos, nerviosos, casi espídicos, que buscan la inspiración y la propia captura del arte fugaz del momento en todo lo que le rodea. Se mueven de un lado a otro, encuadrando, enfocando, cerrándose para grabar la instantánea en la memoria. Lo hicieros en sus comienzos como fotógrafo de la agitada vida social de Managua. Lo hicieron en la parsimonia de la piel herida por el tiempo, alterada por las luces y las sombras, las llagas y las marcas de la existencia. Lo hacen en estos días en la histórica monumentalidad de Berlín, y en las semblanzas de quienes habitan la capital, sus uniformes de ciudadanos cosmopolitas, sus gestos de recia amabilidad, de contundente franqueza.

No es la primera vez que expone en Berlín, ciudad que ya visitaron sus obras hace unos meses. Y también ha mostrado al público su talento en importantes citas como el circuito Photoespaña o la Ángel Orensanz Foundation de Nueva York.

De la exposición de sus dermografías, la comisaria María José García Piaggio ha dicho que «el cuerpo como contenedor de emociones guarda todo en la memoria celular (…) Interviniendo la piel, Giovanina, presenta lo que queremos olvidar. De una manera simbólica la piel carga el resumen de nuestras vidas, siendo simbólicamente una síntesis de nuestra memoria».

La juventud física y la primera madurez intelectual se asocian en el trabajo de Giovannina Sequeira, que arroja sobre sus fotografías la negación de su impostada timidez, para contar a gritos en imágenes que probablemente estemos ante una de las artistas gráficas a las que haya que seguir la pista en los dos próximos decenios, en los que todo apunta a que eclosionará su creatividad a uno y otro lado del Atlántico, que une y separa al mismo tiempo sus pasiones.

@oscar_gomez