Cuando la muerte viaja en el silencio

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Desde ‘Lili Marleen’, basada en el poema de un soldado de la Primera Guerra Mundial hasta el ‘Devils & dust’ de Springsteen, en la que también se mete en la piel de un combatiente en Iraq, la música del último siglo ha rendido homenajes a aquellos que recurrían precisamente a la música para evadirse del sonido de las balas, y del silencio de la muerte. El rock de los ’70 y la Guerra de Vietnam supusieron una simbiosis absoluta entre la crueldad de los combates y las composiciones desgarradoras, impregnadas de rabia.

Las balas silbaban a su alrededor, impregnando el aire de un fétido aliento de muerte. La niebla no dejaba ver los destellos de los Kalashnikov del Vietcong. Unos y otros disparaban a ciegas, guiados solo por el estruendo. La compañía avanzaba, poderosa, aplastando toda la vida que encontraba a su paso. Era un niño al que la madurez le había llegado de golpe, en forma de uniforme mimetizado. Estaba aterrado. Era su bautismo de combate.

En la espesura de la jungla, temblaba encogiendo las piernas sobre su pecho, mientras los disparos sonaban desde el otro lado del río. Un cabo del pelotón había tratado de tranquilizarlo, pero sólo consiguió proporcionarle una noche de vigilia.

—No tienes que preocuparte. Si escuchas el disparo, es que esa bala ha pasado de largo. No te quería, amigo. No llevaba tu nombre.

El joven soldado le miró con una mezcla de agradecimiento e incredulidad, antes de reflexionar que su compañero de armas llevaba razón. A veces, cuando se producía una detonación aislada, se oía el silbido del proyectil antes que el quejido del fusil en la distancia.

—En la escuela de Físicas se aprende que las balas viajan más rápido que el sonido. No puedes escuchar el sonido de la bala que te mata.

Aquella noche fue muy angustiosa. Las explosiones sordas y guturales de los morteros que hostigaban el pueblo no cesaron. Tampoco eran las denotaciones metálicas de los rifles los que le mantenían despierto, sino el silencio agorero de sus intervalos. Tal vez, su muerte viajara en alguno de aquellos silencios. En un disparo que no llegara a sus oídos antes que una bala a su cabeza. Desde aquella noche, ya no pudo soportar el silencio. Se convirtió en su principal enemigo, y quiso combatirlo con la música que sonaba en su memoria. La primera canción que sonó en la jukebox de su imaginación hablaba precisamente de la guerra de Vietnam. Se había convertido en el himno de protesta contra la participación americana en el conflicto, y había elevado a la categoría de héroes a los jóvenes que no habían tenido la suerte de nacer en una familia influyente, y por tanto de esquivar el viaje al horror.

Probablemente, Fortunate son fuera una de las canciones que más se escuchaban en los barracones de Vietnam, y al mismo tiempo, un icono musical del movimiento antibélico. John Fogerty la escribió para la Creedence Clearwater Revival, inspirándose en la relación amorosa entre el nieto de Eisenhower y la hija de Nixon, hijos afortunados que parecían ajenos a la situación en el sureste asiático, frente a los jóvenes de su edad que tuvieron que vivir la ignominia de la guerra.

Hubo otros muchos himnos. Prácticamente todas estrellas del rock se vieron obligados a escribir sobre Vietnam, a gritar contra una guerra que estaba aniquilando a toda una generación de norteamericanos, y a miles de víctimas inocentes entre los que se encontraban campesinos, escolares y ancianos en los deltas del Song Hong y del Mekong. John Lennon pedía una oportunidad para la paz, también en 1969. Bob Dylan decía en Masters of war a quienes «construyen las armas y los aviones de la muerte» que era capaz de ver a través de sus máscaras. Jim Morrison lloraba al soldado desconocido que moría en combate, y Marvin Gaye a las madres desconsoladas, en What’s going on? Temas imprescindibles de los gloriosos años setenta, inspirados por las trágicas noticias que llegaba a los noticieros de los Estados Unidos desde el otro lado del Pacífico.

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Pero si hubo una composición desgarradora, en su instrumentación, en su tempo, en su forma de interpretarla, en sus silencios de muerte y en sus redobles que sonaban como ráfagas de ametralladora, y por supuesto en su letra fue War. Compuesta por Whitfield y Strong, dos de los compositores de cabecera del sello Motown, fue grabada inicialmente por The Temptations, pero posteriormente convertida en un single que ardía como el napalm por Edwin Starr, y resucitada años más tarde por Bruce Springsteen, que le aportó una renovada contundencia en sus directos con la E Street Band.

Precisamente, Springsteen es uno de los autores que ha dedicado más letras a la guerra, y cuyos temas han sido probablemente más versionados por los soldados que se hacían acompañar por sus guitarras al frente. The Boss ha demostrado inspirarse para realizar álbumes conceptuales leyendo los periódicos, tomándole el pulso a la repercusión social de los problemas del mundo. Así lo hizo en Wrecking Ball, un disco dedicado a la recesión económica y sus consecuencias para las clases medias. Y así lo hizo en Devils & Dust, en el que aparece recurrentemente la visión del soldado en Iraq: «Tengo mi dedo en el gatillo, pero no sé en quién confiar. Te miro a los ojos y sólo veo demonios y polvo», dice en el tema que da título al trabajo, publicado en 2005, cuando las bajas entre tropas e insurgentes se contaban aún por millares.

La imagen del soldado que piensa en el largo e incierto camino de vuelta a casa desde el frente es también lo que inspiró la primera gran canción dedeicada a la guerra: Lili Marleen. Compuesta en forma de poema por el dramaturgo alemán Hans Leip durante su participación en la Primera Guerra Mundial, fue transformada en canción en 1939 en la voz de Lale Andersen, e inmediatamente convertida en la banda sonora la conflagración mundial que estallaba de nuevo en Europa. Al mismo tiempo, la trompeta de un Glen Miller que participaba en la contienda se escuchaba en todas las estaciones de radio americanas, que programaban a todas horas el rítmico, pegadizo y entusiasta In the mood que también sonaba a todas horas en las mentes de los soldados que luchaban contra el silencio en las trincheras.

Posiblemente, una de las canciones que mejor ilustran la Segunda Guerra Mundial se escribió más de treinta años después de que acabase. En When the tigers broke free, incluida en el mítico disco The Wall, de Pink Floyd, Roger Waters describe la muerte de su propio padre y de todos los integrantes de la compañía de fusileros a la que pertenecía, y que fue arrasada en la Batalla de Anzio, en Italia. Se trata de una de las escasas composiciones que detallan cronológicamente un episodio bélico, incluyendo las decisiones de los mandos sobre el campo de batalla.

Alejado del rock sinfónico de Pink Floyd, pero bebiendo de las mismas fuentes, el género musical del heavy metal ha abordado en numerosas ocasiones la guerra como temática, por una relación de equilibrio entre la dureza sonora del estilo y de las escenas militares. En One, Metallica habla de un soldado de la Primera Guerra Mundial que ha perdido sus miembros, sus ojos, sus oídos y su boca, pero que mantiene la consciencia, basándose en la novela de Dalton Trumbo, traducida al castellano como Johnny cogió su fusil. También Black Sabath o Iron Maiden abordaron la temática belicista en sus álbumes de estudio, y por supuesto Guns & Roses, que con uno de los temas incluidos en el doble álbum Use your illusion realizaba un alegato contra las guerras civiles: «Mira el odio que engendramos, mira el miedo que alimentamos, mira las vidas que conducimos de la forma que siempre lo hicimos antes. (…) La Historia esconde las mentiras de nuestras guerras civiles».

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Música que habla de muerte y de destrucción. La banda sonora de la ignominia, que ha teñido la más popular de las artes de sangre y la ha manchado de la suciedad del odio, del hambre y de la ira del hombre. Especialmente durante el siglo XX, el siglo de las guerras con millones de muertos y de los músicos que ganaron millones de dólares. Paradoja de la eclosión de la música y del potencial bélico, de los instrumentos amplificados y de las armas automáticas. Y de la radio, que transmitía al mismo tiempo a los hogares de las familias de los soldados las canciones más alegres y las noticias más tristes, y que también transformaba en ondas que llegaban al frente las instrucciones de los altos mandos.

Hay otras músicas de la guerra. La que llevaron a los destacamentos de los conflictos más cruentos a las estrellas del momento, actuando para un público de uniforme, y para los heridos que asistían al extraño concierto desde su camilla. Y también las que los propios soldados llevaron al frente, con sus propios instrumentos, o con los que encontraron entre las ruinas de ciudades saqueadas por el horror.

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Uno de los más grotescos ejemplos es el del conocido como ‘el guitarrista de Sirte’, que arengaba a sus compañeros milicianos que combatían a las últimas tropas fieles a Gadafi en la ciudad libia. En la contemplación de la imagen no hay silencio para la conciencia. Una suerte de orquesta de batalla pone el acompañamiento al extravagante soldado sin fusil de asalto. Suenan los disparos de los AK47, como si fuera una línea de bajo escrita en tono trágicamente monocorde. Suena el metal de una alfombra de vainas del calibre 7’62, golpeteando el suelo con suavidad, como las baquetas sobre los platos de la batería. Suenan los crujidos del hormigón de los edificios hostigados por los obuses, y los silbidos de las balas que hieren los muros tras el guitarrista, como si hicieran el contrapunto de sus arpegios. En medio del estruendo, coros de gritos y lamentos, y una voz que arenga a ganar la libertad en el estertor de una batalla urbana. Música en medio de la guerra.
@oscar_gomez