CUANDO LA OTRA MUJER HACE ESPEJO

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Otra mujer es una de las películas de Woody Allen que se apartaron de la comedia. El modo en que plantea la cuestión humana del sentido, las carencias, el vacío; hace pensar en Lacan. La Otra mujer como la noción del Otro en el pensador francés.

Woody Allen es una marca que entre cosas nos comunica su virtud de engendrar una película por año. Aunque bien fue relacionado durante mucho tiempo con la ciudad de Nueva York, sabemos que en las últimas películas ha elegido distintas ciudades de Europa para transformarlas en escenario de sus nuevas historias.

Es también un genio de la comedia. Con personajes extremadamente neuróticos ha construido tramas inteligentes cuyos protagonistas son intelectuales en conflicto con sus parejas, familia (sobre todo madre, hijos o ex esposo o esposa) o fantasmas personales. Psicoanálisis y óperas de fondo, mucha influencia del cine de Bergman y Fellini (para aprender de ellos o copiarlos u homenajearlos) y diálogos a la altura de la intelectualidad de ese mundo de snobs y sofisticados que hacen de la vida una pieza de análisis; son algunos de sus elementos característicos.

Pero Woody Allen es también autor de dramas. Aunque es cierto que la mayoría de las obras que componen su filmografía pertenecen al género de la comedia, otras, probablemente aquellas películas donde más evidente se hace Bergman en lo estético, son dramas.

Otra mujer (Another Woman) es una de sus películas dramáticas. Tiene a Mia Farrow de actriz, como en tantas otras, y, también, a Gena Rowlands, la musa de Cassavetes.

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Otra mujer es una película justa y precisa. Un discurso que tiene lugar en una terapia (aparentemente lacaniana) dispara en otra mujer (Gena Rowlands) los mismos interrogantes, u otros, igual de angustiantes o existenciales, que los que plantea en ese espacio de análisis el personaje de la paciente (Mia Farrow). La voz del personaje de Mia Farrow se oye a través de las paredes. La voz del analista está prácticamente ausente, y la voz de Marion, el personaje de Gena Rowlands, está en su mayor parte en off. No habla con nadie, o habla con sí misma, en muchísimas escenas.

¿Pero quién es esa otra mujer? ¿Es el personaje de Mia Farrow para Marion? ¿Es el de Marion para el de Mia Farrow? ¿O acaso es otra de sí misma, otra en sí misma (¿y cuál es «sí misma»?)?

En la película siempre hay otra mujer para cada mujer. Marion descubre a otra mujer a través de la pared porque su vecino es un psicoanalista, entonces puede oír a una de sus pacientes cada vez que lo visita. Luego esa otra mujer, la paciente, descubre a Marion y en ella encuentra el ejemplo de cómo no quiere acabar, pues descubre ahí una vida vacía. Marion es otra mujer para Claire, una amiga de la adolescencia que todavía se siente traicionada por ella, y con un complejo de inferioridad muy marcado respecto a su amiga, intelectual, brillante, exitosa. Pero Claire también es esa otra mujer para Marion. Además, Ken, el marido de Marion, otro intelectual de esos que están a la altura de cualquier personaje de Woody Allen, entregado completamente al intelectualismo, engaña a su esposa con otra mujer (con Lydia, la mujer del matrimonio amigo, otro elemento típico del cine de este director, que suele estar para mostrar que el amor fracasa donde menos aparenta que puede fracasar). Y la otra mujer de Ken, su ex mujer, y la otra mujer que la propia Marion fue, esa que en su juventud estaba enamorada de un profesor de la universidad… Es decir, ¿de qué lado («de la pared») está la otra mujer?

Casi como un homenaje a los estudios del yo y del estadio del espejo de Lacan, la película propone un Otro para cada yo, un Otro para constituirse, un conocer al Otro para conocerse a sí mismo. Yo (y cada uno de los personajes femeninos) es la Otra mujer, yo es el Otro.

Lo que se propone como punto de partida del conflicto de la película no es entonces un derrumbe que estaba del lado del Otro (del de la paciente respecto de Marion) sino un derrumbe que estaba de ambos lados. La pared a través de la cual Marion escucha lo que le dice esa Otra mujer a su analista, más que una pared es un espejo. Marion escucha a la otra y se escucha a sí. Por «ver» a la Otra mujer, se ve a sí misma.

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Pero este reflejo opera en la película en todos los personajes, no solo en esta dupla. Por cada una de las fisuras del yo penetra el Otro (la Otra mujer). Las mujeres reconocen sus carencias por la presencia de la Otra mujer que las derrumba al reflejarles el propio derrumbe. Claire es, en este sentido, un personaje secundario, pero símbolo de todo esto: se reencuentra con Marion y reconoce en ella sus propias faltas y carencias. Marion tiene o es lo que ella no, y supone que por esas mismas cualidades, de las que ella carece, su marido se siente atraído. Esto, naturalmente, la hace sentirse celosa. La lleva a decirle a su esposo: «Yo soy tu mujer, no ella». O le dice a Marion: «Eres tú la que debería ser actriz, no yo». «Tú», «ella»: ni más ni menos que el Otro para poder volver al yo.

«Todos pensamos en lo que podríamos haber sido», dice la paciente a su analista después de haber conocido a Marion, hablándole de ella, pero siempre de sí misma, hablándole de Otro, pero del yo. Y la película acaba en paz (ni bien ni mal), porque cada una se encuentra en la Otra mujer para encontrar las propias faltas a atravesar.