DE LA IMPORTANCIA DE TENER UNA LIBRERÍA CASERA

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¿Puede determinar el no tener una librería en casa el que no nos habituemos a la lectura? ¿De qué otras formas de pasar el tiempo nos privan los programas por los que se pasean los famosos de turno, a los que acabamos tomando como modelos? Cuando en estos primeros pasos del siglo, la cultura se  supedita al ocio, ¿qué dinamitamos con dicha ociocultura?

En mi pueblo y en los de la redonda siguen manteniéndose dos costumbres que afectan a los días previos a un casamiento: poner la nueva casa a vista de los allegados y que las amigas solteras de la novia vistan el lecho nupcial, dejando alguna que otra sorpresa entre las sábanas.

A todos estos futuros hogares no les falta ni un detalle, espejos, cuadros, horno pirolítico (de esos que se limpian solos), cojines hechos a mano a juego con las cortinas, figuritas de todas clases colocadas alrededor de la pantalla plana de no sé cuántos píxeles; en definitiva, un sinfín de detalles decorativos destinados a cubrirse de polvo, pero se olvidan de uno de suma importancia, y que puede tener un sitio en cualquier rincón del salón, en el estudio, en la mesita de noche y por qué no, también, podría ubicarse en el baño. Ya sabrán a qué me refiero, a una librería, y quien dice una librería dice, al menos, algún libro.

Es de suponer que cuando a los críos les haga falta el diccionario o la enciclopedia ya se preocuparán de buscar un hueco dónde sea, o tal vez no sea necesario porque un portátil en la tabla abatible de la cama nido de la habitación de los chavales, puede cubrir con solvencia esta necesidad futura.

Lo que sí abundan son los móviles de juguete, las psp, las tablets, las game boy, y el último o el penúltimo número de la PlayStation, típico regalo de reyes que contiene en letra diminuta, la siguiente claúsula: con la condición de que pueda ser compartido con el padre. Lástima que de esta enumeración no vislumbremos la terrible incultura a la que puede dar lugar.

Hace unas semanas una chica producto del programa Hombres y mujeres y viceversa, en una entrevista en un programa de «luxe», que tanto se lleva, llegó al extremo de confundir a Susana Díaz, Pedro Sánchez y Mercedes Alaya con los integrantes del grupo Efecto Mariposa, por lo que se convierte en un justo modelo para ilustrar el eco más actual de la tendencia a la a-cultura imperante, es decir, al más allá de los márgenes de la cultura o lo que es lo mismo, a residir en una cotidiana indiferencia.

Otro ejemplo singular de una nueva costumbre es la de llevar a estos mismos subproductos televisivos hasta las discotecas, colocarlos delante del dj, dejarlos allí durante una hora para que cientos de jóvenes puedan presumir de que se han echado una foto con ellos, para así tener la prueba que les sirva de pasaporte para un plató y conseguir el grado de popularidad suficiente para montar en el carro al siguiente que venga detrás.

Tenemos que pararnos a pensar. Los modelos sociales han cambiado y este cambio tiene como consecuencia otro añadido, el de las costumbres aparejadas para aproximarnos a aquellos. Del Felipe González, Quilapayún, y el Paco Ibáñez de nuestros padres o de vosotros; del Podemos, Gabinete Galigari, Hombres G, Pedro Almodóvar y Amenábar, de nosotros y de vuestros padres; a los Viceversa, Gran Hermano, La voz, y los blog de moda, de ahora, ha cambiado mucho el cuento. ¿En qué? Llanamente, los modelos de antes llevaban a manifestaciones, al cine y a conciertos, tras los que había algo de lo que quejarse y transformar y algo de lo que aprender y con lo que mejorar. El ocio de ayer se traducía en construcción, en una construcción cultural que revertía en nosotros mismos, en nuestro propio provecho porque mejoraba nuestra «forma de ser en- en- el- mundo» (dasein heideggeriano); pero hoy por hoy, ¿nos enriquece el candy crash saga, la olla express de Gran Hermano, el selfie que me hago con el famoso mobile? Y aquí donde me leen entono el mea culpa, y lo tengo que reconocer, me meto en alguno de estos sacos.

Se trata de hacer pequeños esfuerzos, ir de vez en cuando al cine a ver una peli indie, en versión original; asistir a conciertos de esos que se organizan gratuitamente en las plazas de la capital, coger el carril bici y pararte a mirar a los que aprenden a patinar, aprovechar ese tiempo que paso en el coche y sintonizar los programas culturales de Radio 3 y que no abundan en la «caja lista que atonta»; y, por supuesto leer, lo que sea, como recomendaba a los chicos de mi clase la profe de lengua del Instituto, «me conformo con que leáis el periódico deportivo, pero que leáis». Cuando veo programas como el que he comentado entiendo la insistencia. Marcarse asignaturas pendientes, como ir a la ópera o ver el estreno de una obra de teatro, es el mejor sustituto para el tribunal de la Santa Inquisición de la tele, que entretiene sodomizando a un masoquista invitado.

No es vinculante que las paredes de tu casa estén forradas de libros para que crezcas con uno entre las manos pero puede llegar a ser determinante ver a tu progenitor coger la play, prácticamente, todos los fines de semana.

Normalmente, no reflexionamos sobre lo que traen a referencia las frases, «todo está escrito, ya está todo creado», ambas contienen la evidencia de los múltiples mundos y las billonésimas interpretaciones de los mismos, que el ser humano ha ido constituyendo a la largo de la historia, todas contenidas en páginas y páginas de conocimiento de lo real y lo imaginado, de lo plausible y lo imposible, de formas distintas de afrontar idénticas y variables circunstancias de vida. Todo contenido en una simple «libre-ría» que puede librar, precisamente, a los hijos futuros de confundir a los componentes de un grupo de música con los que llevan las riendas de la justicia y el gobierno de un pueblo.

Por estas razones e historias, propongo que a la costumbre de vestir las maritales camas se le añada dejar, con disimulo, el libro que más nos gustó. No hay mejor remedio que regalar un buen libro para prevenir la distrofia cultural que se nos avecina.