De lo bueno a lo malo. De Polanski a Polanski

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Los grandes artistas suelen tener momentos mejores y momentos peores. Sus obras pueden alcanzar niveles artísticos extraordinarios o quedarse a medio camino. Es lo normal. En el caso de Polanski, la cosa se complica. Podemos encontrarnos con una obra de arte o con una película desastrosa. Sencillamente, Polanski ha dejado ver en sus trabajos buena parte de la montaña rusa que ha resultado ser su vida. El baile de los vampiros y El escritor son dos de las películas del realizador que nos llevan de la frescura más deliciosa a la mediocridad más molesta.

Roman Polanski es capaz de cualquier cosa. En su vida privada y en la profesional. Puede entregar una película extraordinaria o una castaña pilonga. Puede parecer un tipo normal, comportarse como un tipo normal o puede ser un sujeto repugnante, sin escrúpulos.

Es un genio del cine (en su vida privada no se puede decir lo mismo). Y lo que tienen todos los genios es que hacen lo que les da la gana. Les da lo mismo ocho que ochenta. Ellos lo hacen y no se preocupan por los resultados ni por las consecuencias. Pero, mientras, los espectadores asistimos atónitos a la grandeza descomunal o al mayor de los desastres, desconcertados o entusiasmados.

Dos películas pueden servir para ilustrar esto que digo: El baile de los vampiros y El escritor. Ni la primera es la mejor de Polanski ni la segunda la peor, pero, enfrentadas, ayudan a echar un vistazo y entender la sensación que puede llegar a tener un fan del realizador.

1967 El baile de los vampiros (ing) 01El baile de los vampiros (The fearless vampire killers or pardon me, but your teeth are in my neck, 1967) es la primera película de Polanski rodada en color. Sin ser una obra maestra, sin ser lo mejor de Polanski, resulta un atractiv trabajo que mezcla el cine de terror (se trata de un claro homenaje al género en el que no faltan la estética gótica, la sangre y una estructura narrativa muy utilizada en este tipo de films) y la comedia más disparatada. La cinta está repleta de estereotipos que el espectador acepta con naturalidad al tratarse de una sátira. Resultan más que divertidos la pareja profesor alumno, la chica a la que deben salvar o el horrible ayudante jorobado. Por otra parte, Polanski utiliza el slapstick (escenas en las que la violencia es protagonista, pero en las que el daño es inmaterial y, por eso, provoca, la carcajada) y acelera la velocidad de la cámara para enfatizar en los momentos cómicos. En fin, humor muy clásico y muy trasparente. Ya, al comenzar, convierte el león de la MGM en un dibujito que representa un vampiro con la cara verde que acaba de morder el cuello de alguien.

Pero es el ritmo narrativo y la gracia de Polanski al contar las cosas; una puesta en escena maravillosa firmada por Fred Carter (en la que se recrea un castillo lleno de vampiros y de objetos relacionado con ellos; unos escenarios exquisitos en los que la acción fluye con verisimilitud); la partitura de Komeda (inquietante, lúgubre, muy en sintonía con el relato) y la buena fotografía de Douglas Slocombe; lo que hace de la película un producto original y recomendable.

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Se permite Polanski en su sátira presentar el lado gay de un vampiro, con sutileza y sin que parezca nada del otro mundo (hay que recordar que esta película se entregó en los años sesenta). El efecto es sorprendente. En realidad, la cinta se llena de referencias sexuales, más o menos explícitas, que colaboran a que el tono cómico tome una dimensión mucha más extensa.

El propio Polanski es uno de los protagonistas. Le acompañan, entre otros, Jack MacGowran, Ferdy Mayne y Sharon Tate (la belleza de esta chica era demoledora; en el momento de rodar El baile de los vampiros era novia de Polanski, un año más tarde sería su esposa, y muy poco después sería asesinada, lo que marcó definitivamente la vida del realizador). Todos defienden sus papeles con buen humor y convencidos de lo que hacen.

Sin grandes pretensiones, queriendo hacer cine, Polanski logra un trabajo inolvidable. Y no hay que olvidar que el cine ha cambiado mucho desde ese tiempo hasta el actual. Por ejemplo, la escena en la que el personaje que encarna Polanski se refleja en el espejo ante la mirada desconcertada de los vampiros (ellos no se ven, claro) se elaboró enfrentando una habitación exacta a la del baile. Es decir, el espejo no existía, pero el efecto resulta perfecto. Hoy eso lo hubiera resuelto con un ordenador. Tal vez, aquí reside uno de los encantos de esta película. Cine artesanal y auténtico.

Pero hablar de Polanski es hablar de altibajos, de huídas de otros y de sí mismo, de facturar películas para hacer caja (al menos no encuentro otra explicación). Hablar de Polanski es sentir una especie de amor odio hacia el realizador porque puede dejarte sobre la mesa una obra maestra o una chapuza que no se traga ni él mismo.

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Una de esas películas fallidas es El Escritor.

Decir, a estas alturas, que El Escritor (The Ghost Writer, 2010) es una película menor en la carrera de Roman Polanski, no descubre nada nuevo.
Decir que para Ewan McGregor esta interpretación no significará mayor reconocimiento tampoco es ninguna sorpresa.  Y que se constatan las limitaciones artísticas de Pierce Brosman es algo poco original.
El escritor es una película previsible. Hasta el aburrimiento. Si el espectador ha visto un par de películas de este corte sabrá en el minuto diez (siendo generoso) lo que va a pasar del once en adelante. Está llena de clichés e incluso aparecen cosas ya vistas en otras ocasiones. Debe ser que la novela de Robert Harris (en la que se basa todo este desastre) les gustó mucho a Polanski. Será eso. Sabemos, desde muy pronto, los líos de alcoba que existen, los que existirán los intuimos; que en el manuscrito de la novela hay algo que es importante aunque la apariencia de ese documento sea inofensiva; incluso (los que ya hemos visto alguna película que otra) sabemos que los principios de los capítulos pueden tener un sentido si los unimos (el más casposo de los espías no utilizaría ese método por nada del mundo puesto que se conoce desde hace muchos años; sólo falta en esta película que alguien escriba con agua de limón y que aparezca el mensaje secreto al pasar un mechero por debajo). Los malos parecen malos, los buenos parecen buenos y los tontos son, realmente, tontos. Lo lamentable es que casi todos los personajes pasarían un casting con nota. Para tontos, digo. Pues eso, el guión roza lo estúpido. La fotografía es lo más notable. Más que nada porque el resto es muy limitadito y un buen trabajo parece el mejor de los trabajos. La música intenta acompañar la acción aunque, por ejemplo, si la cosa se pone horrible para los personajes, la música se pone histérica para el espectador. Algo así. Montaje, sonido, vestuario o decorados pasan desapercibidos.

THE GHOST WRITER

Lo peor de todo es que todavía me pregunto qué es lo que Polanski quería ventilar con esta película. ¿Intentaría decirnos que allá donde miremos encontraremos un espía? ¿Que el poder del lenguaje es extraordinario? ¿Que la política es una mierda? ¿Que los malos son peligrosos? ¿Que los buenos mueren siempre a manos de los malvados? Es que no tengo ni idea y, me temo, que él tampoco. Desde luego, un tema de importancia y en el que se centra la carga narrativa no existe. Eso se lo digo yo.
Seré buen fan de Polanski y lo dejaré aquí. Puestos a mirar las cosas cargado de energía positiva, El Escritor es una buena película para ver una tarde lluviosa de un domingo cualquiera. En casita, con la mantita sobre las rodillas, como preámbulo a una siesta de campeonato. Esto no se lo perdono señor Polanski.

La montaña rusa del amor

Del mismo modo que Polanski nos lleva de un lado a otro con su cine, de lo mejor a lo peor; mirando la pantalla podemos descubrir cómo él ha ido de un lugar a otro, del amor al desamor, en su vida privada. Este hombre rueda una película y se enamora de la protagonista olvidando a todas las demás mujeres del universo. O hace una película para promocionar a la chica que tiene en la cabeza. Bárbara Kwiatkowska-Lass, Sharon Tate, Nastassja Kinski y Emmanuelle Seigner, han sido las esposas de Polanski. La última, todavía, lo es. Y viendo cada película en las que intervienen, podemos hacernos una idea de cómo era el estado de ánimo del realizador y de cual era la relación con cada una de ellas. A esto hay que sumar esa propensión de Polanski por las jovencitas menores de edad y por cometer delitos sexuales siendo estas sus víctimas.

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El caso es que podemos acompañar al director franco-polaco de la pureza en el amor (Nastassja Kinski en Tess; conoció a Polanski siendo menor de edad, claro) a las perversiones masoquistas (Emmanuelle Seigner en La Venus de las pieles); de la admiración por una belleza (Sharon Tate en El Baile de los vampiros) a esa ensoñación y esa bohemia que exhibía Polanski cuando su mujer era Kwiatkowska-Lass. El caso es que podemos entender mejor su obra conociendo su vida privada y, en concreto, su vida amorosa.

Pero no hay que equivocarse con todo esto. Porque, en realidad, Polanski nos lleva de él a él. Siempre de Polanski a Polanski. El resto no deja de ser atrezzo puro y duro.