Del papel al celuloide

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Edgar Allan Poe, Sir Arthur Conan Doyle y Agatha Cristie, fueron los creadores de Dupin, Sherlock Holmes y Poirot, los detectives más famosos de la literatura. Sus novelas han sido llevadas a las pantallas de cine en innumerables ocasiones con mayor o menor acierto aunque, siempre, de forma atractiva para el público. Atractiva y, a veces, sorprendente. Tres autores excepcionales y tres detectives excepcionales. Pero, también, tres secundarios que aportaron la luz suficiente para que novelas y películas se convirtieran en mitos universales.

Cada una de las primeras obras narrativas del género detectivesco de Edgar Allan Poe, Sir Arthur Conan Doyle y  Agatha Cristie tienen como protagonistas una pareja masculina de personajes. Dupin, Sherlock Holmes y Poirot representan los argumentos de autoridad en materia de dilucidación del crimen y estarán acompañados, en todo momento, por sus validos intelectuales e incluso compartirán piso (a excepción de Hasting), el «sin nombre»acompañante de Dupin, Watson y Hasting. Estos personajes se encargarán de ser los narradores de las tramas y de que sepamos algo más de los intrigantes detectives a los que admiran por ser más competentes que los policías de Scotland Yard.

Las adaptaciones cinematográficas de los dos últimos siglos han respetado el hilo conductor que comunica el triple objetivo de la novela detectivesca: cómo, quién y justicia. Conocer el cómo se perpetró el crimen y quién lo cometió para que sea juzgado por la justicia. Pero hay algo que sacrifican, la voz del narrador. En su lugar, aparecerán las múltiples voces de otros personajes rodeando la escena fílmica del crimen.

Los Crímenes de la calle Morgue ha sido versionada desde el lenguaje audiovisual, aunque respetando su argumento en su más mínima expresión, con la película, en blanco y negro, El doble asesinato en la Calle Morgue (Robert Flerey, 1932). Si el cuento de Poe mantiene cierta celosía a la hora de tratar el contexto vital de los protagonistas pues se presentan como ajenos al mundo en una casa de París y las relaciones sentimentales no tienen lugar, en esta cinta sí lo tendrían. Dupin (Leon Waycoff) además de ser detective es el apuesto y joven héroe que salva a su amada de su antagonista, el vampiresco doctor Mirackle (Bela Lugosy), quien experimentaba mediante crímenes y con un orangután para crear el eslabón perdido de la existencia humana. Desde esta perspectiva brotarán reminiscencias del Frankenstein de Mary Shelley y se adelantará a la aparición en la gran pantalla de King Kong.

La reformulación que, sin embargo, realiza Jeanot Szwark en 1986, desmitifica y nos sorprende. Este director mantiene el mismo título que el formato narrativo y nos muestra la cara más humana y frustrada del detective al que han jubilado anticipadamente por órdenes del nuevo precepto (animadversión entre la instancia policial y la de Dupin que el relato breve de Poe no contempla).

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Lo que sí está presente en esta interpretación, además de la estética del personaje, (bombín, capa y bastón) es el simbolismo. Muestras de éste son el tablero de ajedrez ante el que está Dupin (George Scott), en la escena que lo presenta; y, el espejo en el que se contempla sin reconocerse desde que no puede trabajar como detective. La historia da un giro cuando su hija (Rebeca de Morney) le ruega que saque a su prometido de la cárcel, ya que ha sido acusado injustamente, y que investigue quién es el verdadero culpable. Resolviendo el crimen, al margen de la instancia política- policial y junto con su compañero de andanzas Philip (Val Kilmer), recuperará su identidad y la posición profesional arrebatada.

Este guión ata cabos diestramente desde la lógica y al igual que en la narración, el móvil es irrelevante en el proceso deductivo del francés.

Este trabajo de Flerey también contempla la fundamentación ética de la labor de un detective, desde la voz de George Scott afirma «No podemos permitir que la sociedad tenga miedo ni que encierren a inocentes».

Es pertinente el inciso de aludir a que tanto en las obras literarias como en estas filmaciones subyace la crítica a la ineficacia investigadora policial, como al tratamiento sensacionalista del periodismo de sucesos.

Las películas que se han rodado del Poirot de Christhie han caricaturizado al belga hasta el extremo, pero esta caracterización le permite poner a salvo su figura entre tantos personajes. La que adaptó al cine en el 90, Ross Devenish, de El misterioso caso Styles, muestra un personaje de bastón y bombín, nuevamente, pero al que se le añade un bigote enhiesto además de presentar una inclinación lateral de su cabeza (que se exagerará bajo la dirección de Sidney Lumet en Asesinato en el Orient Express de 1997 y que cuenta con un reparto extraordinario, por cierto).

El semblante del Poirot en Styles (interpretado por David Suchet), no es el mismo que el que viaja en tren de vuelta a casa. Aunque los dos son maniáticos del orden, el primero tiene un carácter más afable y el segundo parece más encorsetado, distante y hermético.

La atmósfera del crimen mostrada por estos directores es elitista y victoriana, como ocurre con las novelas de la autora británica y se producen las mismas incorporaciones de personajes, que investigarán la trama a la par de Poirot y Hasting, como son el juez, el precepto, el médico o Scotland Yard, nuevas instancias actanciales que realizarán incursiones en las distintas escenas del filme y que es un punto innovador en referencia a las obras de los autores anteriores a la escritora británica.

Agatha Cristie aporta intensidad a las novelas de este género cuando organiza esa reunión final en la que el observador, analítico, lógico y maniático Poirot va a cerrar el círculo del crimen, paso a paso. Ante la mirada temerosa de los presuntos culpables, quienes temerosos, se ven las caras. El suspense es mantenido, tan magistralmente, que el espectador llega a notar un nudo en su estómago y una molesta sequedad en la garganta.

Quizá Sherlock Holmes sea el más conocido por el gran público por ser el más versionado. Una anécdota curiosa de Doyle es aquella que recuerda que cuando pensaba que, por fin, se había desecho de su personaje, tuvo que desenterrarlo, por dinero, para una obra teatral. En la que, fíjese, tuvo un papel de informador de Holmes (William Gillete), Charles Spencer Chaplin y, curiosamente, hay cierto parecido de este último con el Poirot de Christie.

De todas las adaptaciones cinematográficas del bipolar detective- consultor y pragmático sabueso, mas elegante, Sherlock las de Guy Ritchie son las más transgresoras. La combinación del cuidadísimo retrato digital de Londres de fines del XIX con un «futurista» Sherlock Holmes (Robert Downey Jr), que bien podría saber de artes marciales (con Doyle) pero no por ello convertirse en Nemo de la trilogía de los hermanos Wachowski (1999 y 2003), puede provocar cierto desconcierto. La nueva era digital del cine permite estos pequeños milagros. Concebir la adaptación cinematográfica de estas novelas detectivescas de hace dos siglos haciendo uso de tratamientos digitales de edición del XXI permite la convivencia de dos cosmovisiones y el salto, acertado, por qué no, del aficionado y habilidoso investigador del diecinueve, al superhéroe «matrixmatizado».