DEMONIOS FAMILIARES O LA LUCHA POR SALIR DE LA OSCURIDAD

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Deambulan por los pasillos y las estancias de la vieja casona familiar; el rencor, los silencios, la culpa. En busca del abrazo cálido que nunca tuvo, Eva se enfrenta a su propio egoísmo y al despertar enérgico del primer amor. Eva y sus Demonios familiares, último regalo de la gran Ana María Matute.

El pasado 25 de junio, Ana María Matute nos dejó cuando faltaba apenas un mes para que cumpliera los 89 años y mientras escribía la novela que se ha convertido en su obra póstuma, Demonios familiares, que acaba de publicarse en Destino, con prólogo de Pere Gimferrer y Notas sobre la escritura de una novela inacabada, de María Paz Ortuño.

Los dos textos que acompañan a la novela resultan muy enriquecedores. Si bien es cierto que la muerte sorprendió a la autora cuando todavía no había dado por finalizado su trabajo, me parece una reflexión muy interesante la que realiza Pere Gimferrer en el prólogo: «Me niego a considerar que Paraíso inhabitado –novela de la que la propia autora tenía pensada la continuación- y Demonios familiares, sean novelas inconclusas […] Cuando una obra, en la forma en que se nos manifiesta y llega a nosotros, posee plenitud, la noción de inacabamiento carece de sentido”. Igualmente sugestivas son las especulaciones del prólogo en relación con el corte -realista o no- de la novela: “Cada elemento es real, pero no necesariamente realista; verdadero muy hondamente, pero no necesariamente verídico o veraz como una crónica; tiene la verdad de las imágenes simbólicas”.

Por otra parte, las notas firmadas por María Paz Ortuño, amiga del alma y ayudante de Ana María Matute hasta sus últimos días, dan cuenta del trabajoso proceso creativo que supuso para la autora este su último libro, escrito y cuidadosamente corregido con enorme voluntad, aun a pesar de que la salud física ya no le acompañaba. Y resulta muy cierto, como destaca su amiga, que la novela desarrolla los temas fetiche y las obsesiones más repetidas en la obra de la Matute: la falta de comunicación, la incomprensión entre familiares y amigos que, aun conviviendo, se muestran separados por impenetrables muros de silencio, los viejos rencores, la traición y la sorprendente pujanza del amor primero.

Poco se puede decir acerca de la indiscutible calidad de la escritura de Ana María Matute. Miembro de la Real Academia Española y autora prolífica distinguida con múltiples premios literarios, algunos tan importantes como el Nacional de las Letras y el Cervantes, dedicó su vida a la literatura con un nivel de compromiso y de auto-exigencia absolutamente indiscutibles. Su prosa limpia, certera, inteligentemente cargada de simbolismo, supo mezclar de forma sutil la realidad más descarnada con el rico universo sentimental de sus personajes. Todo un lujo.

En Demonios familiares, la historia se inicia con el preludio inmediato de la Guerra Civil española y el retorno de Eva a su casa familiar tras la quema del convento en el que ha pasado el último año como aspirante a novicia. Su padre, el Coronel, hombre conservador y autoritario que siempre la trató con un afecto contenido y distante, dirige su hacienda desde una silla de ruedas, asistido en todo momento por Magdalena, fiel empleada de la casa, y por Yago, personaje que guarda algunos secretos. En el bosque de su infancia, cercano a la casa, Eva y Yago encuentran malherido a un paracaidista, al que esconden en el desván mientras sana de sus heridas.

Si la escritura pretende indagar sobre aquello que nos resulta difícil de entender, si de lo que se trata es de aflorar las contradicciones más profundas de Eva y de quienes le rodean, Demonios familiares cumple su objetivo. Quizá la única objeción que me atrevería a poner al texto es esa cierta falta de originalidad en la elección de los escenarios y las situaciones a través de las cuales se muestran los personajes. Nuestra Guerra Civil, el hombre herido hallado en el bosque y ocultado en la casa, la incertidumbre generada en aquellos años por un embarazo extramuros del matrimonio, la lejana severidad del padre, no dejan de ser lugares comunes utilizados con profusión en la literatura y el cine. Sin duda la autora consigue en este ofrecer la vuelta de tuerca que distingue a un buen libro de otro que no lo es, no obstante lo cual, yo hubiera preferido que la historia se ubicara en escenarios menos explorados, y quizá más próximos en el tiempo.

Según revela Paz Ortuño, Ana María Matute solía decir que “la novela crece como un árbol, y cuando ya te salen las ramas hasta por las orejas, te pones a escribir”. Seguramente, parte de las ramas de Demonios familiares se fueron con ella. Personalmente, tengo la impresión de que la historia sí tenía un mayor desarrollo argumental que la autora conocía y que no nos ha llegado porque permaneció fiel, también en este caso, a su costumbre de no desvelar lo que tenía en mente para no perder el interés por contarlo a través de su escritura. Cada lector puede ahora aventurar otros finales posibles, pero creo que no será lo mismo, y sin duda la vamos a echar mucho de menos.