Despertando conciencias

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Pierre Avezard, conocido como Petit Pierre, tuvo una vida alejada del mundo que vivían millones de personas. Su infancia fue corta porque los niños dijeron que tenía cara de culebra; su adolescencia un infierno porque sus compañeros de trabajo le humillaban constantemente. Aunque, ya en soledad, fue capaz de crear un mundo mecánico que dominaba y ordenaba. Carles Alfaro logra una exquisita puesta en escena de la obra escrita por Suzanne Lebeau en la que se cuenta la vida de Petit Pierre y del mundo durante el siglo XX.

El siglo XX fue un desastre absoluto. Si algo bueno podemos señalar es que ya sabemos hasta qué punto el ser humano puede llegar a ser brutal, cruel y despiadado; hasta qué punto la normalidad del ser humano puede engendrar atrocidades inimaginables. Si la historia de la humanidad ha estado siempre salpicada de guerras cruentas, de injusticias o de violencia descontrolada; el siglo XX es el periodo en el que nos hemos superado como bestias. El que vivimos, pensamos, disfrutamos y tenemos como esperanza, parece que será parecido. Televisado y muy parecido.

Para recordarnos esto, Suzanne Lebeau escribió su Petit Pierre. Y para enseñarnos el trabajo de Lebeau, Carles Alfaro repite en el Teatro de la Abadía de Madrid presentando su nuevo montaje. De factura impecable, intimista, técnicamente sobresaliente (tan sólo la iluminación presenta algunos pequeños problemas que pueden llegar a molestar a un sector del público) y tan exigente como generoso con el espectador. Exigente porque el texto llega como un torrente cuando Adriana Ozores se lanza sin contemplaciones, sin presentar una mínima duda, a interpretar su papel que son muchos papeles. Generoso porque prepara Petit Pierre para que sea una de esas obras que hay que digerir despacio, sobre las que merece la pena reflexionar y de las que dejan poso.

Acompaña en escena a la señora Ozores, Jaume Policarpo que, con un papel mucho más corto y menos exigente que el de ella, logra matizar muy bien lo que el texto dice (soportado en un noventa por ciento por Adriana Ozores). Policarpo es Petit Pierre y está sobre el escenario para que no perdamos de vista que el repaso al siglo XX que nos ofrecen se tiñe por su punto de vista, por una forma inocente de entender la vida, por esa perspectiva que nos falta desde hace muchos años en las sociedades de todo el mundo. La historia de cien años es la historia de Petit Pierre. Carles Alfaro logra una dirección actoral extraordinaria. Coloca a cada uno en el lugar preciso, no deja que lo fácil de la desgracia lacrimógena se apodere del escenario y hace que (aún siendo papeles que invitan al histrionismo) Ozores y Policarpo estén comedidos y espléndidos. Para ello, hace uso de elementos como pueden ser muñecos construidos con latas, guantes de latex, un pequeño avión de chapa y, muy pegado al final, un pequeño audiovisual (extracto del documental, sobre Petit Pierre, filmado por Emmanuel Clot en 1980), que ayudan a que el sistema narrativo fluya sin problemas y la comprensión por parte del espectador sea más sencilla (con estos elementos podemos detectar lo que corresponde a la historia de Petit Pierre y lo que es propio de la historia de cien años de humanidad). Si el trabajo de este estupendo director buscaba despertar conciencias huyendo de esa pena caritativa e hipócrita que gastamos, llamando la atención sobre la ternura al mismo tiempo que sobre la locura en la que puede convertirse un grupo humano, lo consigue de principio a fin.

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Petit Pierre es un ser humano. Deberíamos quedarnos aquí. Cualquier otro añadido es lo que provoca dolor y sufrimiento a muchos.

Sin embargo, la fealdad, la vejez, la falta de inteligencia o un defecto físico hace que señalemos y convirtamos las vidas de algunos en verdaderas tragedias, en una tortura permanente. A Petit Pierre le sucedió eso. Nació antes de tiempo, con los ojos descolocados, la dentadura descolocada, con la fortuna descolocada y una existencia sin espacio. En el colegio le señalaron, en el trabajo lo señalaron. En el colegio se rieron de él, en el trabajo fueron crueles con él. Y, así, descubrió la soledad como ayuda protectora. A sus animales como compañía saludable e inofensiva. Vive, entonces, ajeno al mundo que esté más allá de su establo y su corral, y comienza a construir una máquina llena de colores, de formas, de falta de lógica; aunque llena de autenticidad.

Y, sin embargo, vemos un ser humano y señalamos. Así ocurrió con el pueblo judío en el siglo XX. Así pasa cada día en el mundo entero.

Petit Pierre no será la obra del año. Entre otras cosas, porque los intereses comerciales ordenan cualquier parcela de la realidad incluido el teatro. Una verdadera pena puesto que esta obra, igual que muchas más, deberían recibir mayor atención por parte de la crítica y el público. Más que nada porque nos hace falta escuchar cantos a la limpieza de espíritu, a la fealdad como parte de la realidad, a la diferencia como un valor y no como una lacra, a la bondad. Sin embargo, señalamos, señalamos y señalamos.