Dimensión de la masculinidad

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Vive la France. La fotografía pintada de Pierre y Gilles que representa a tres futbolistas desnudos en un estadio, vestidos solamente con las medias en los colores de la bandera tricolor, sacudió a la sociedad austriaca, causando un escándalo que obligó a censurar las imágenes de las banderolas publicitarias de las calles. ¡En Viena!, donde los músculos erectos de Los trabajos de Hércules adornan con sus miembros titánicos las entradas del palacio imperial de Hofburn. En todas las posturas, con toda la obscenidad de sus escorzos. Una clara señal de hipocresía que centra el foco sobre lo que investigaba la exposición: el momento –histórico y mental- en el que el cuerpo desnudo de un hombre deja de ser algo artístico, intrascendente, banal, que habita impunemente las fuentes públicas y los dinteles de los templos, para convertirse en algo intencionado y perturbador. Sucedía en una exposición del Leopold Museum en 2012.

Rápidamente, Francia recogió el testigo alrededor de la misma imagen, que tiene también un mensaje político, en cuanto que pretende representar a su selección nacional de fútbol –blanc, black, beur; blanco, negro, moro- que se alzó con la Copa del Mundo en 1998. A la multiétnica sociedad francesa con sus luces y sus sombras. La exposición del año pasado en el Musée d´Orsay, Masculino Masculino, el hombre desnudo en el arte desde 1800 hasta nuestros días, esquivaba el escándalo y profundizaba en la revolución de los cuerpos, proyectándose con otra imagen emblemática de la misma pareja de artistas franceses, Mercurio (Enzo Junior) (2001), lo mismo que hace el museo mejicano. Más académica, mitológica, simbolista. Donde lo transgresor es esa encarnación por la que un joven humano se convierte en un dios por mediación del arte, y no al contrario.

Esa doble masculinidad a la que nos convocaba la exhibición de París, podía entenderse, a la vista de las obras expuestas, en distintos sentidos: simetría entre la realidad y la obra de arte, entre el original y lo representado en un narcisismo de lo especular. Una confrontación de lo masculino con su propia identidad. Una idea expositiva en la que si hay un hilo conductor, es el del homoerotismo. El erotismo de los iguales.

En el siglo XIX, coincidiendo con el inicio de la consciencia de la homosexualidad y los posteriores estudios al respecto, la imagen del hombre desnudo comienza a instrumentarse como provocación, como afirmación identitaria y objeto de deseo. Más allá de la simbología y de los cánones que habían regido en los siglos anteriores, en los que la representación del varón despojado de ropa, solo se comprometía con una investigación sobre la belleza del cuerpo humano en movimiento, que el Renacimiento heredó de la cultura grecorromana y perpetuó en una religión católica exuberante, cargada de connotaciones paganas que llegan hasta el ochocientos. Comienza entonces una voluntad de explorar el erotismo masculino, porque históricamente, si la desnudez es femenina, el desnudo es masculino. Esa es la idea básica que centró la exposición en el muelle de Orsay y que se prolonga aquí, sobre los lagos de Anáhuac. Es la mujer desvestida contemplada como excepción, sensual; en oposición al hombre –el macho ¿por qué no?, puesto que estamos hablando de Méjico- que puede y debe estar desnudo como condición natural para sintetizar su poderío. Son los cuerpos de Adán y Eva, diferenciados en la mirada que se ejerce sobre ellos, observados uno antes y la otra después de la manzana, del pecado, de la culpa.

Basculando en torno a varios ejes temáticos, la muestra se abre a una sugerente variedad de imágenes que los textos de los catálogos y de las conferencias dictadas en su marco analizan, siguiendo la creación de un imaginario homocéntrico en el que son varones casi todos: los creadores, los observadores a quienes son destinadas las obras de arte, los ensayistas y los representados. Aunque el valor de las exhibiciones está en la voluntad de implicar por primera vez a la mujer en una contemplación activa. Y las féminas han llenado con gusto y ganas las salas.

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Las exposiciones se articulan con autorretratos de Egon Schiele y dibujos de Cocteau, con las instantáneas precursoras de Plüschow y Von Gloeden, y cierta novedosa iconografía de san Sebastián, como la de Zárraga que regresa a su casa de la Ciudad de Méjico o el de Courmes, entre muchas otras obras menos conocidas e interesantes por eso, en una selección acertada. Además de Picasso, Cezanne, Wharhol o Rodin. Se echan de menos destacadas imágenes que se hubieran podido incluir, por ejemplo el Homme au bain de Caillebotte, del British, considerada como la primera representación voyeurista e interesada del cuerpo masculino en toda su crudeza, a imitación de lo que ya estaba haciendo en ese momento Degas con el cuerpo femenino; o el poderoso retrato de Tom Hintnaus por Bruce Weber, icono que Calvin Klein desplegó osadamente en Times Square y que revolucionó el mensaje publicitario, centrándolo en algo que hasta ese momento había sido tabú.

El panorama es interesante en cuanto que se va contextualizando, siguiendo las evoluciones del arte, a través de la sensualidad, la intención y el pensamiento. Aquí se incluyen, en una sección oportunamente local, El cuerpo masculino en el arte mexicano, piezas como el Tlahuicole (1851) de Manuel Vilar, o el inquietante torso EHombres pintados (1999) de Mónica Castillo, que nos hace pensar en el del Belvedere por su absoluto relativo. Los mejicanos se atreven con un título para la muestra de lo más significativo, dimensión de la masculinidad a partir de 1800.

Más de veinticinco mil personas la han visitado en el primer mes, igual número de hombres que de mujeres según estimaciones del centro museístico. Porque el arte es eso: Arte. Y es para todos.