Divagación médica en el quirófano

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El lenguaje es el bien más importante y más universal que tiene el ser humano. Además, es, tal vez, lo único que podemos considerar un bien gratuito. Su uso –mejor, peor, desastroso o extravagante- nos hace ser grandes o nos condena a desaparecer. Es por ello que, desde ese territorio que ocupa el lenguaje, el mundo se puede dibujar con trazo más o menos fino, más o menos exacto. Porque la palabra debe llevar a la acción y la acción debe estar revestida de criterio. ¿Qué ocurre si no es así?

Cuando se sienta usted a ver su serie médica favorita, espera que, al llegar la escena del quirófano, los médicos usen el lenguaje con la misma precisión que el bisturí: con el paciente al borde de la muerte, no es momento de divagaciones. En el quirófano, cada decisión y cada movimiento tienen una consecuencia inmediata. Por eso, si en ese momento el cirujano se dirige al ayudante con un: «tome usted la iniciativa y, de acuerdo con la estrategia global de este Centro, páseme el instrumento óptimo para alcanzar los ambiciosos objetivos que, en términos de beneficio para el paciente, hemos establecido para esta desafiante intervención», es más que probable que observe la escena con los mismos ojos de asombro que el ayudante. «Déme usted el instrumento correcto», viene a decir el jefe a los subordinados, ordenándoles que se den, de facto, las instrucciones a sí mismos. Si el ayudante acierta, es el jefe quien acierta; si el ayudante se equivoca, es el ayudante quien se equivoca. Si usted quiere un puesto para el que no está cualificado, lo mejor será que vaya practicando esta forma de hablar. No tendrá mucho problema en encontrar modelos a seguir.

¿Por qué algo que nunca aceptaríamos en un quirófano lo aceptamos en la política, en el periodismo, en la empresa? En primer lugar, porque no nos gusta la ambigüedad: si algo es ambiguo, nos encargamos de despejar esa ambigüedad rellenando por nuestra cuenta los huecos. Si alguien  nos habla de hacer «lo necesario», resolveremos el asunto dando por supuesto que «lo necesario» para el otro es lo mismo que para mí -ventaja para el otro- . Y segundo: la vida no es un quirófano. En el quirófano es evidente lo absurdo de esa manera de dirigir sin dirigir, aunque solo sea por la costumbre del espectador, que espera ver una autoridad ligada al conocimiento, la rapidez en el análisis, y la capacidad de tomar decisiones y de actuar a partir de ese conocimiento. Y es así porque la relación entre el conocimiento, la capacidad, y la aplicación de ambas es, en esa situación, tan inmediata como evidente: si el ayudante elige correctamente el instrumento a emplear y lo utiliza con pericia, la posición del médico será inmediatamente cuestionada en favor de aquel.

Pero lo que es evidente dentro de un quirófano, parece no serlo fuera de él. La debilidad de las capacidades frente a la palabrería depende del contexto, pero depende también -y sobre todo- del tiempo que media entre el momento de la palabrería y el momento de las consecuencias: a medida que estos momentos se separan en el tiempo, se va ensanchando la senda por la que transitan con comodidad la charlatanería, el fraude y la divagación. A veces se dice con ironía que «el papel lo aguanta todo», un dicho que viene a expresar que la resistencia del papel para soportar las palabras más peregrinas es tan real como inútil: a la realidad le da igual lo que diga el papel.

Pero tan perjudicial es la palabra sin acción como la acción sin criterio. Hoy en día en muchos lugares se premia más la decisión que el acierto -y más la diplomacia que el posicionamiento-. Es verdad que no hay acierto sin decisión, pero también lo es que la decisión, cuando es hija del entusiasmo, es más muestra de optimismo que una solución -y conviene no confundir optimismo con listeza-.

Quizás una manera de mitigar los males producidos por la charlatanería y el optimismo irracional sea eliminando el tiempo que media entre las decisiones y sus consecuencias: como para evaluar las decisiones del presente no es posible anticipar sus consecuencias en el futuro, llevemos las decisiones de hoy al futuro de sus consecuencias. Retrasemos el premio; o dicho de otro modo: que quien vaya a ocupar un puesto cuatro años, cobre sus beneficios a los seis. Así se vería quienes son buenos vaticinando lo que va a suceder, y quienes lo son explicando lo que ha ocurrido.

Quizás sea un buen momento para invocar una figura presente en todas las culturas: la figura del guerrero. El guerrero, enfrentado al reto incomparable de encarar la posibilidad de su propia muerte, debe desarrollar, si quiere sobrevivir, un absoluto dominio de la situación, una atención plena a todo lo que sucede tanto fuera como dentro de sí, y ha de alcanzar una calma total. No hay lugar para la distracción. Si el guerrero se apega en exceso a su vida, o se deja dominar por el ego, deseará huir, su atención se disipará, y morirá. Si afronta el riesgo y acepta las consecuencias, podrá sobrevivir. El guerrero viene a representar, de algún modo, el compromiso absoluto con lo que se hace. Cualquiera puede ser un guerrero: un cirujano, un pintor, un músico, un jardinero, un panadero. Un charlatán no puede serlo nunca. Es su antítesis: es ego, distracción, fingimiento, dilación, huida. Por eso el charlatán, de alguna manera ya está muerto, es un zombi, alguien que se niega a darle vida a la mejor versión de sí mismo. Prefiere en su lugar entregarse a ese espejismo que llamamos ego. Dice Chögyam Trungpa: «la clave del camino del guerrero es no tener miedo a ser quienes somos. Ésta es, en última instancia, la definición de la valentía: no tenerse miedo a sí mismo». El charlatán se tiene miedo: teme ser quién es porque teme ser menos de lo que desea, menos de lo que le gustaría ser, y hará cuanto esté en su mano por alcanzar aquellas posiciones que le permitan sostener la ficción de que es algo o alguien que no es -y no será poco el daño que cause al hacerlo-.

¿Podemos defendernos de ellos? ¿Podemos mitigar el daño que causan? Posiblemente la respuesta sea que sí, si transitamos nuestro propio camino del guerrero: solo sabiendo cómo nos engañamos, comprenderemos cómo nos engañan.