¿Dónde está la llama de la pasión al leer?

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LA HERENCIA DE ESZTER. SÁNDOR MÁRAI

Aun cuando se trata de un autor muy bien valorado, Sándor Márai (Kassa, Hungría, 1900 – San Diego, California, 1989) es controvertido y genera opiniones muy dispares. Para algunos de mis amigos lectores –con los que tengo el placer de charlar largamente sobre literatura-, Márai es un magnífico escritor, poseedor de una voz propia y original, y buen conocedor del alma humana; según sus partidarios, su prosa precisa, depurada e intimista -en la que siempre se detectan potentes trazas poéticas-, su habilidad a la hora de perfilar y confrontar personajes y la forma en la que indaga en lo más profundo de su psicología, son virtudes que aparecen con generosidad en toda su obra. No faltan, sin embargo, quienes le consideran un autor sobrevalorado, con una fuerte tendencia a repetirse y cuya prosa llega a resultar empalagosa y, por tanto, en último término fría, escasamente convincente y hasta ociosa, como si gustara de deambular en ocasiones por el laberinto seductor de una escritura técnicamente impecable hasta llegar a escribir no ya para contar, sino solo por el puro placer de escribir. Estos juicios tan opuestos –que no obstante,  puedo llegar a compartir en alguna medida- no pasan de ser la opinión de un grupo de lectores. Sin duda el crítico literario dispone de otras claves que debe utilizar a la hora de emitir su juicio sobre una obra literaria, pero el lector no las necesita. El lector debería gozar de la libertad de acercarse al texto desde su experiencia personal, sus gustos, las lecturas anteriores, su estado de ánimo coyuntural, los rasgos de su carácter, su formación académica, bagaje cultural y cualesquiera otras infinitas variables que nos conforman a cada uno. Desde ese territorio desconocido para ustedes -y en buena parte también desconocido para mí-, es desde donde la lectora algo desordenada e imprevisible que soy y que da título a esta sección, tiene la osadía de emitir su opinión; honesta, discutible, en último término inimpugnable y, desde luego, absolutamente prescindible.

Debo decir en primer término que La herencia de Eszter me ha gustado. Quizá algo menos que El último encuentro, pero mucho más que La mujer justa, título que me fue vivamente recomendado en su día y que, sin embargo, no consiguió llegarme, por más predispuesta a ello que estuve en su momento. Y debo decir además que La herencia me gustó mucho más mientras la leía que ahora que, pasadas unas pocas semanas, la evoco para escribir este comentario. Como me ocurre con demasiada frecuencia cuando leo novela –y es posible que este sea un problema solo mío-, me parece mucho mejor el arranque de las  primeras páginas que su desenlace final, que no obstante reconozco sorprendente y hasta paradójico, en la medida en que resulta previsible y al mismo tiempo, ciertamente rompedor. En todo caso, a quienes aun no lo hayan hecho, les recomiendo su lectura sin reservas, pues creo que podrá proporcionarles un disfrute nada despreciable en una de esas tardes lluviosas del otoño en ciernes.

La historia gira en torno a Eszter, mujer madura que vive en compañía de una pariente anciana en la casa que heredó de su padre. La aparentemente conformada placidez de su existencia se quiebra cuando Lajos, antiguo amigo de la familia y canalla irredento con muchos trienios a la espalda, anuncia su visita después de una prolongada ausencia. Y como decían en aquel afamado concurso de la televisión española, “hasta aquí puedo leer”, porque decir más sería reventarles un poco la historia, cautela que yo sí quisiera observar y que no parece tener muy en cuenta la sinopsis de la obra que facilita la contracubierta de la edición de bolsillo de Ediciones Salamandra, que a mi juicio, desvela bastante más de lo que debería desvelar.

El dibujo de los personajes –los principales, y los que parecen secundarios y que a mi juicio no lo son tanto- es quizá lo mejor del texto. Utilizando una prosa fluida, aparentemente fácil y a mi juicio, muy moderna –en contraste con el tufillo a trasnochadas que exhalan algunas otras obras de Márai-, el autor perfila a Eszter en toda su profundidad psicológica, facilitando un retrato complejo y verosímil que, pese a rozar peligrosamente el tópico, logra eludirlo sin perder un ápice de verdad. El personaje de Eszter aparece enfrentado con brillantez al poderoso contrapunto de la personalidad de Lajos, mezcla letal de carisma arrollador y absoluta falta de vergüenza. La ausencia de maniqueísmo en el planteamiento y de piedad en el desarrollo de los acontecimientos dotan de interés y autenticidad a la historia, que escapa así de los lugares comunes con encomiable habilidad.

En cuanto al resto de los personajes, Nunu, Tibor, Endre, Vilma, Laci, Olga, Eva, Gabor, Bela, podrían considerarse secundarios en la medida en que sabemos menos de ellos que de Eszter y Lajos. No obstante, son también sus contornos individuales y el perfil colectivo que todos ellos conforman, los que colaboran eficaz y decisivamente en la definición de los dos protagonistas, de forma que vemos como vemos a los primeros gracias a ese nutrido grupo de subalternos que también los delimitan. Cada uno de nosotros somos quienes creemos que somos, y somos también como nos ven los demás; somos nosotros y los amores que nos marcan, los amigos que nos habitan, las víctimas que queriendo y sin querer, hemos ido dejando en el camino. Desde este punto de vista, la novela ofrece en muy pocas páginas y sin recurrir a artificios ni adornos superfluos, un mosaico muy rico de personajes al servicio, finalmente, de la peripecia vital de Eszter y Lajos.

Es cierto que la novela aborda cuestiones tan elevadas como la ausencia de libertad y la inevitabilidad del destino, el peso asfixiante de las convenciones sociales, la amoralidad, la exaltación, la derrota y el miedo. Pero, a diferencia de lo que ocurre en otros títulos del autor, lejos de plantear los grandes temas a través del discurso interior de los personajes -hasta caer en cierta morosidad y en la generación de mucha más literatura de la estrictamente necesaria-Márai acierta a soltar lastre en esta ocasión recurriendo a una trama sencilla, pueblerina, prosaica, centrada en la vida de una mujer que podría ser yo, eres tú, y es cualquiera. Ahí está el gran mérito.

Decía al principio que la novela me gustó más mientras la leía que ahora que, pasados unos días, intento valorarla en su conjunto, y mucho más en su arranque que en el desenlace. No es fácil explicar el por qué de esta sensación, pero me la provocan, con diferente intensidad,  todos los títulos del autor. Falta algo. Algo que Márai plantea y no desarrolla, que sus textos sugieren pero finalmente no está. Tensión, coraje, originalidad, rabia, imperfección, no sé. De nuevo puede tratarse de una impresión solo mía, lo acepto sin reservas. Quizá sea toda esa pasión que finalmente no arde. Echo de menos ese fuego.