Dos universos en una misma ciudad

A-25-años-de-la-caída-del-Muro-de-Berlín-por-Fernando-Mires-640

La caída del muro de Berlín, de la que Europa entera ha conmemorado su XXV aniversario, supuso en su momento un estallido creativo por el choque de dos culturas diferentes que convivían divididas por una línea que era imaginaria en algún sentido. Imprescindibles de la literatura alemana, como Günter Grass o Christa Wolf abordaron la temática de la reunificación, construyendo novelas a las que los ciudadanos se aferraron para iniciar un proceso de catarsis.

Érase una vez una ciudad dividida por un muro. En realidad, no era un muro de hormigón, aunque lo pareciera. No era un muro opaco, y aunque su superficie se cubrió muy pronto de gritos de color proferidos por aquellos a los que el muro había dividido la vida, se podía ver de uno al otro lado a través de los ojos de la imaginación, a través de la literatura.

Hubo niños que nacieron cuando el muro ya partía en dos su mundo, y que fueron padres de otros niños cuando el muro seguía dividiendo sus realidades, casi treinta años después.

Las historias saltaban el muro, para asomarse al otro lado. Lo hacían en forma de novelas, de películas, de relatos, de pinturas, de canciones. Pero justo en el momento en el que las historias cruzaban de una frontera a otra, de uno al otro lado del muro, la realidad se imponía sobre la ficción, y contaba historias aún más inverosímiles que las que habían salido de la mente de un creador. Porque eran las auténticas emociones, los sentimientos, las pasiones, las que dictaban su composición. No había sido creada ficción alguna que superase el dramatismo o el esperpento que la vida diaria a uno y otro lado del muro era capaz de relatar.

Ocurrió que un día el muro se desvaneció y los mundos de uno y otro lado, los dos universos que confluían en la misma ciudad, y a veces en la misma calle, en la misma plaza, o hasta partiendo en dos el patio de un colegio, se encontraron en una deflagración creativa como no se había podido conocer otra. Nunca habían confluido dos realidades tan densas, intensificadas por su propia división, y de la noche a la mañana, se fundieron en una sola.

Ocurrió hace veinticinco años. El Muro de Berlín cayó, y decenas de escritores se apresuraron a perpetuar la memoria de unos días inundados por dos mareas, de uno y otro lado del muro que había sido etéreo y traslúcido para los pensadores.

Grass

Entre ellos, alguien que andando el tiempo llegaría a ingresar en esa suerte de Olimpo de la literatura que es el Premio Nobel, Günter Grass y que decidió en su obra Es cuento largo comenzar a contar la historia del muro desde que el muro no podía siquiera atisbarse en el horizonte de la Historia, con la fundación del Imperio Alemán a mediados del siglo XIX, en la que Grass encuentra el germen de la división y la reunificación de su país.

Tellkamp

En un sentido cronológico opuesto, la novela de Uwe Tellkamp La torre concluye en el mismo día de noviembre de 1989 en el que desaparecen las fronteras entre la RDA y la RFA, con una proyección de sentimientos de esperanza impulsados por un viento que llegaba desde el Este, y que se estrelló no contra el muro, sino paradójicamente con su desmoronamiento físico y político. Los habitantes del barrio de las orillas del Elba que comparte nombre con la novela del escritor nacido en Dresde se enfrentan a una realidad de informes a la Stasi sobre la actividad política de sus propios vecinos, en un entorno de juegos de engaños y desconfianzas sobre el que se construye el ideal de los convencidos del sistema de la Alemania Oriental.

Meyer

También aborda la misma temática de desencanto por la caída del muro la novela Cuando soñábamos, de un joven Clemens Meyer que aún no era un adolescente cuando el muro estaba despedazando ilusiones al mismo tiempo que construía reencuentros en todos los ámbitos sociales, incluso recomponiendo familias rotas por la división política. En la obra de Meyer, el ambiente del Berlín Este es lúgubre para una juventud que esconde su empuje entre las malezas de las adicciones y la violencia. El epílogo de las pandillas neoyorquinas, y el preludio de las maras centroamericanas, incrustado en el corazón de una Europa que aún luchaba por reconstruirse a sí misma.

Wolf

A otros autores les ocurrió que perdieron su voz y su criterio ante el público al que habían conquistado no sólo con sus textos, sino también con sus trayectorias personales. Fue por ejemplo, el caso de Christa Wolf, activista del socialismo a la que la división alemana ubicó en el escenario federal, y que optó junto con su familia por el modelo de la RDA, pero sin abandonar un espíritu crítico con el gobierno prosoviético establecido. Tras la reunificación alemana, Wolf perdió la posibilidad de hacer una crónica novelada de las distintas realidades a las que la censura impedía llegar al lector de periódicos, y optó por hacer resucitar el mito de Medea en una obra homónima con la que analizaba los dramas de los procesos de reconciliación, más que de la reconstrucción.

Brussig

Y si Medea es la obra de referencia, tanto por la novela en sí como por el perfil sociopolítico de su autora, de la caída del muro vista desde la RDA, Héroes como nosotros, de Thomas Brussig, se erige en imprescindible de la visión del Oeste. Escrita en tono satírico, el novelista se ensaña con la pasividad de los ciudadanos de la Alemania Federal, cuando habla de su incapacidad para hacer temblar siquiera los cimientos de un muro que parecía más sólido en sus planteamientos filosóficos, construido por la represión, que en su propia estructura física.

En su intención de derribar otros muros, los eminentemente culturales, la sólida institución que representa el Instituto Goethe se ha encargado de recopilar y analizar, como pretende hacer este artículo, lo más destacado de la producción literaria que tiene a la reunificación alemana como tema principal; desde que era un sueño o una pesadilla para algunos pensadores, hasta que se ha podido revisar con las perspectiva que ofrecen los veinticinco años de la caída del muro que acaban de cumplirse esta misma semana.

En cualquiera de los supuestos, el choque entre las dos realidades que el muro separaba, haciendo que se distanciaran cada vez más en lo conceptual a pesar de que en muchos casos las almas de los habitantes de uno y otro lado estuvieran más unidas que nunca, supuso un caldo de cultivo pocas veces conocido. En ese contexto germinaron obras imprescindibles que ejercieron al mismo tiempo una función catalizadora de los miedos y de las esperanzas de unos y otros alemanes, que nunca dejaron de ser los mismos.

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