DOT. El universo de Sol LeWitt empieza con un punto

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La poesía visual de Maduixa Teatre, en un nuevo espectáculo interdisciplinar, nos lleva de la mano de Dot y Laia a cualquier parte a que queramos ir. Tan solo hace falta un punto: el de partida. El Teatro Alameda de Sevilla, dentro del ciclo “El Teatro y la Escuela”, presenta el último espectáculo de la compañía Maduixa Teatre, DOT, los días 5, 6 y 8 de marzo. Dos funciones escolares y una dirigida al público familiar, que harán las delicias de todos.

DOT es la última propuesta escénica de la compañía valenciana Maduixa Teatre, con la que se han alzado, al igual que hicieran antes con Ras!, y Consonant, con el premio FETÉN al mejor espectáculo infantil. Una perfecta y preciosa obra, independiente y continuadora al mismo tiempo de las mencionadas, en la que la danza, la música, las nuevas tecnologías y la interpretación se ponen al servicio de la ilusión, la imaginación y la poesía. Con la que Maduixa Teatre sigue empeñada en hacernos ver, por si se nos olvida, que en cada pared, en cada punto, no hay necesariamente un espacio plano, sino que cualquier cosa puede ser el punto de partida de un universo, el nuestro, lleno de fantasía y de color. La puerta a todo aquello que queramos vivir e imaginar. Laia ( Laia Sorribes) vive dedicada a cuidar una pared blanca. Su pared. La vigila, la mima, le quita rápidamente cualquier mancha que pueda empañar su uniformidad. Y espera, se asoma, se entretiene con una mosca. Laia desea, aun sin saberlo, que aparezca algo emocionante. Juega como los niños que se suben a la cama, y gritan ¡un tiburón!, mientras esa pared, su pared, es el marco seguro y limpio. Hasta que aparece él (Dot, a quien da vida Ezequiel Gil), que tan pronto quiere un patinete, como ser una ballena. Hasta que aparece él con un punto que no es una mancha, y Laia no puede borrar. Hasta que Laia descubre que, si dos puntos se alinean, nace una línea, y una línea puede ser cualquier cosa. La cuerda de una guitarra, por ejemplo. El quicio de una puerta. Todo aquello que su fantasía, guiada por Dot, quiera crear. Que los puntos no son aquello que estropean la blancura de una pared, sino lo que la llenan de color y música. Lo que da forma a los sueños. Emprenden, de esta forma, ambos (y nosostros con ellos), un viaje onírico, desde un simple punto, al universo pictórico del artista Sol LeWitt y sus Wall Drawings, en lo que resulta una progresión explosiva, y, al tiempo, delicada, en la que consiguen envolvernos a todos.

Como en Ras!, y en Consonant, la vivencia es mágica. Un recorrido que empieza sin que el espectador imagine dónde va a llevarlo. En donde disfrutar del trayecto es más importante que el destino. Que no es otro que abrir los ojos durante el mismo. Una conjunción perfecta de escenografía, vestuario, luces y efectos, que son tan parte de la historia como la música y la interpretación de los dos protagonistas, quienes ejecutan sus coreografías con dominio y expresividad, y una coordinación perfecta con el resto de elementos. Una sincronización impecable, verdaderamente difícil de conseguir en algunos momento de la obra. Es admirable el modo en que todo funciona con aparente sencillez, y completa fluidez. Que los niños ven como un juego de luces y movimento precioso, en el que se ven inmersos durante cincuenta minutos (ni se les oye respirar, lo que demuestra el grado de acercamiento al público infantil de la obra). Una historia de una chica y un chico que se hacen amigos y van de viaje por sitios en los que hay muchos colores, y se lo pasan muy bien. A ellos va dirigido el espectáculo. A los niños, que lo disfrutan del modo natural en que ellos perciben y sienten que, sobre un escenario, cualquier cosa es posible. Pero en la que los adultos también podemos perdernos, aun sin dejar de ser conscientes. No es una obra dirigida a los pequeños, con guiños para los mayores, sino que es un lenguaje escénico propio, bello y plástico, del que disfrutar juntos. Todo un mérito. Y una delicia. No en vano en todas sus representaciones el lleno ha sido completo. Ahora, recaba la gira en Sevilla. Dispuesta a dejar el mismo buen sabor de boca.

SOL LEWITT Y SUS WALL DRAWINGS
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Sol LeWitt (1928- 2007) fue un artista que exploró en sus creaciones, tanto en 2 como en 3 dimensiones (fotografía, dibujo, estructuras – término que siempre prefirió al de escultura-) la idea del arte como creación de la mente, más que de la emoción, y es considerado por ello uno de los padres del arte conceptual, que tanto auge tuvo en la década de los 60. Sus Wall Drawings -murales inmensos creados a partir de colores puros y formas geométricas básicas- son una buena muestra de ello, especialmente si atendemos a su sistema de trabajo. Y es que Sol LeWitt no participaba en la realización de los mismos, sino que entregaba a su equipo instrucciones escritas acerca de cómo debían ser, siendo consciente de que el resultado final podría variar respecto a su idea inicial, lo que consideraba parte del concepto de arte, en contraposición a la idea del mismo como reflejo del alma y el talento de un solo autor; del concepto de objeto único e irrepetible (El artista debe aceptar varias interpretaciones de su proyecto. Debido a su unicidad, cada individuo habiendo recibido las mismas instrucciones, las entiende y las sigue de manera diversa”). Sea como fuere, el resultado es espectacular. Paredes transformadas en intervenciones rebosantes de línea y color. En vida.