Dueños del Ring

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El boxeo es un deporte de diferentes connotaciones fuera y dentro de la pantalla de un cine. Siempre he pensado que dentro de una película, el deporte se ennoblece; pasa un poco como con el rugby en la vida real (considerado por muchos noble en las formas, brutal en sus reglas), al que habitualmente se contrapone con el fútbol (sencillo en sus reglas, brutal en sus formas, sobre todo últimamente donde el sentido se desvirtúa por el vil metal).
Si vamos a un gimnasio o a un campeonato del extrarradio, que es donde se suele celebrar al menos aquí en España el boxeo, nos daremos cuenta de que o bien la realidad supera en su crudeza a la ficción o que simplemente es tan fea que se hace difícil de soportar, entre otras razones por la duración de los combates.
Pero para eso tenemos el cine. Existe un film que demasiada poca gente conoce que sintetiza lo que entendemos es una gran película de este género: “El ídolo de barro”, de Mark Robson (realizador de “Más dura será la caída), interpretada por Kirk Douglas (uno de los pocos supervivientes de aquella gloriosa década que nos dio a tantos grandes), Marilyn Maxwell y un Arthur Kennedy que interpreta al hermano cojo del protagonista con proverbial dramatismo. Porque sobre todo es una película que todavía tiene demasiado en cuenta la Gran Depresión. Estrenada en 1949 y con seis nominaciones al Óscar, de las que obtuvo el mejor montaje, el film resulta aún hoy inclasificable, dado que Robson se movía entre la villanía del deporte con ramalazos de cine negro; y es que aquí Kirk, como en el “Cinderella man” de Ron Howard, gana más combates y dinero del que tenía previsto, por lo que se convierte en un héroe a su pesar. Esta joyita de apenas cien minutos, contó con el guión de Carl Foreman y Ring Lardner y con una fotografía en blanco y negro a cargo de Franz Planner que se hizo con un Globo de Oro.
Tenemos que irnos a los 70 para encontrar una joya de igual calidad, la película “Fat city, ciudad dorada”, de John Huston, una película pequeña en presupuesto, pero grande en interpretaciones y profundamente triste, que utiliza los arrabales de Stockton (California) para dar vida en un paisaje asfixiante a dos memorables perdedores interpretados por Stacy Keach y Jeff Bridges, que ya apuntaba maneras, esta vez como muchacho que quiere ser boxeador; el primero quiere ante todo salir de su vida en el campo y conoce a un manáger que es también un tipo derrotado. La película trata el tema del alcoholismo y tiene una escena final con el tiempo congelado que deja sin respiración. En jerga boxística, “Fat city” quiere además decir “paraíso en la Tierra”, por lo que Huston quiso ser aquí fiel al espíritu de “El tesoro de Sierra Madre”, estrenada un año antes que “El ídolo…” en cuanto a su obsesión por determinados personajes, algo que también influye en la obra de Clint Eastwood, varias décadas después. El film pasó con alguna nominación a la actriz principal a la agenda de los premios de Hollywood, sin llevarse estatuilla.
Ya en 1980, Martin Scorsese crearía un personaje único por inimitable en sus derrotas en el ring; en “Toro salvaje”, Robert de Niro perfila a un tipo de los bajos fondos, cuya máxima aspiración es ser campeón del peso medio. Como en “Taxi driver”, el tipo es agresivo y paranoico y de ello es víctima, de nuevo, su hermano. Conforme evoluciona va olvidándose de la asfixiante rutina que supone su matrimonio, para tratar de encontrar salida en el sexo. Y es que Jake La Motta es en ese sentido, como cualquiera de nosotros. Aún hoy es controvertido el hecho para muchos de si se comporta o no aquí como un maltratador o como una persona normal con problemas con la mafia que le sustenta. De tremendo y hondo patetismo es su final, convertido en un obeso contador de chistes derrotado. En el reparto destaca también la presencia de Joe Pesci y de un jovencísimo John Turturro. El guión de Paul Schrader y Mardik Martin es de sobrada solvencia. Además de los Globos de Oro y Oscar a la mejor interpretación protagonista, la película cosechó premios importantes en el Círculo de Críticos de Nueva York.
Estas tres películas suponen el germen de lo que ha venido en convertirse en el género por excelencia, un género que empezó con el cine negro y no en balde, no termina sólo con la Mafia, sino que continúa explorando vías clásicas y sencillas como la de Huston. De hecho, en “Million dollar baby” se incorporan las mujeres como poseedoras de este talento para impactar en rostros y cuerpos ajenos, talento que las hace igual de merecedoras que los hombres para convertirse en dueñas del ring, siquiera durante la escasa pero inolvidable duración de un largometraje.