El albaricoque del artista como señal

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¿Es cierto que al español medio le gusta ver partidos de fútbol y no quiere saber nada del arte? No. Rotundo. ¿Es cierto que al español medio le interesan los programas de televisión en los que se gritan unos a otros echándose en cara idioteces y no quiere saber nada del arte? No. Rotundo.

Al español medio le interesa lo que resulta atractivo, lo que le hace un poco más feliz, lo que le provoca sensaciones inigualables y, muchas veces, desconocidas. No deberíamos descartar que uno de los motivos por el que millones de personas contemplan discusiones entre dos o más majaderos es el querer saber hasta qué punto una persona es capaz de caer en la bajeza, en la mediocridad. Al ser humano siempre le gustó buscar escenarios e imaginar qué sería de él en situación similar.

El gran problema que se plantea desde hace demasiado tiempo es cómo despertar el interés por la cultura; saber por qué alguien no deja de ver programas de televisión infames cuando, ni siquiera le gustan. Podríamos estar animando a leer a un joven hasta hacernos viejos sin lograr resultado alguno. Eso de intentar dirigir los gustos ajenos no funciona ni a la de tres. Lo que deberíamos es lograr una mínima reflexión para que el cambio se produjera desde dentro y no llegase como una imposición externa. Podríamos romper el corazón a la humanidad entera (ya saben que es muy normal agarrarse a los poemas o las canciones de amor en épocas de ruptura), pero no creo que sea buena idea.

Francamente, no tengo un plan. Ni a, ni b, ni c. Ni yo ni nadie desde hace más de cien años. Aunque, a decir verdad, a mí me gusta fracasar muy a la española (con gran elegancia y como si conmigo no fuera la cosa) por lo que voy a intentarlo otra vez.

De momento, se me ocurre que utilizar un lenguaje cercano, ya que un discurso que solo entiende el que lo construye y sus allegados, no puede ser. Está claro (visto el resultado) que los profesionales y expertos en arte nos ponemos estupendos y aburrimos a las ovejas. No somos capaces de despertar el más mínimo interés en los otros.

Además, habrá que intentar provocar la reflexión. Pero no sobre el universo, las estrellas, el infinito o la eternidad. No, sobre uno mismo. Y para eso lo mejor es plantear preguntas que nos lleven a otras, lo mejor es abrir ventanas por las que poder mirar sin que resulte incómodo o peligroso.

Con estas dos premisas me apaño.

Veamos, ¿qué sería usted capaz de conseguir si utilizase esas tres horas de televisión en otra cosa? ¿Ha tenido usted algún interés que abandonase y aún le escuece ese pequeño fracaso? ¿Se puede aprender inglés dedicando tres horas diarias a su estudio; se puede aprender lo suficiente sobre esos cuadros tan imponentes que vio aquel día en el museo; tan caro resulta ir al cine como para no hacerlo? ¿Hacer cosas interesantes es compatible con mi vida normal? Perder el tiempo en algo que más tarde hace que me pregunte sobre lo que malgasto mi vida ¿debo consentírmelo? ¿Por qué no me pongo guapo o guapa (nunca sabes lo que te puedes encontrar) y me voy a ver la exposición fotográfica que he visto anunciada? ¿Puedo comentar un partido de fútbol mientras espero en la cola de la ópera? ¿Y si paseo por las salas del museo en vez de hacerlo por un centro comercial? La cultura no solo es importante, queridos; es muy, muy, divertida. Requiere algo de entrenamiento aunque merece la pena.

¿Es verdad que perder el tiempo me aleja de los problemas? Ya les digo yo que la mejor forma de olvidar la realidad es crear otra. Y eso es lo que llamamos arte. Y la satisfacción personal cuando eliges hacer una cosa u otra es muy distinta.

Ahora bien, ¿Se presenta la cultura como algo interesante? Ya les digo yo que no. Incluso, alguna vez, se hace con tal refinamiento y snobismo que, lejos de resultar atractivo, la invitación hace salir corriendo al que escucha. Este mundo que hemos fabricado es, respecto a la cultura, algo parecido a una mala clase de un mal profesor. Y eso, de toda la vida, se convierte en un suspenso. La distancia entre arte y persona se hace insalvable. Seguramente porque pocos son los que tratan de comprender a los profesionales. Digamos que la culpa es compartida. Dejemos la cosa en empate. Pero tengamos en cuenta que todos debemos esforzarnos por desmitificar las artes, por entender que, tal vez, tengamos cerca (podríamos ser nosotros mismos) una persona dormitando a la que está a punto de caerle una manzana al lado. Lo que le pasó a Newton, vaya. Igual a un artista le cae un albaricoque, pero es igual. El caso es que el arte como manifestación de los sentimientos se hace universal por ser y estar al alcance de todos.

Vamos a imaginar que alguien de nuestra confianza nos invita a descubrir algo grande, inesperado, improbable, desconocido y, si me apuran, peligroso: a nosotros mismos. Nos fiamos de él y nos planta frente a unas fotografías expuestas en no sé qué sitio; ante un lienzo de Picasso o nos coloca un ejemplar de una novela sobre la mano. Y en lugar de salir pitando, dando por hecho que el asunto va a ser insufrible; dando por hecho que la cultura es cosa de unos pocos, decidimos que nos importamos, que somos lo más radicalmente necesario de este mundo porque lo estamos viviendo. Si no salimos corriendo, la invitación será un éxito puesto que nos formaremos, nos preguntaremos, nos restauraremos, nos querremos. Creceremos como personas.

Buscaríamos la forma de acercarnos al arte sabiendo que eso supone una aproximación a nuestra condición y, por tanto, al sentido último de nuestra existencia.

No es tan complicado. No es necesario parecer muy moderno ni muy culto. Ni serlo. No hay que ponerse estupendo para hablar de cultura. Hay que cambiar los hábitos, dejar los prejuicios a un lado, los estereotipos a otro.

Lo que van a leer a continuación es el comienzo de la novela de Tolstoi. Ana Karenina. Si leen la primera frase ya tendrán un mundo entero por descubrir. Si siguen ya tendrán una historia apasionante; una historia que en ningún programa de televisión cutre podrán encontrar jamás. Y no hay que tener dos carreras para arrimarse a esta novela, ni hay que tener un cociente intelectual por encima de la media. Hay que querer saber sobre uno mismo y sobre lo que le rodea. Estar interesado en este lío que llamamos vivir. Es así de simple.

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La esposa acababa de enterarse de que su marido mantenía relaciones con la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él.

Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás miembros de la familia. Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya sentido y que, incluso en una posada, se encuentran más unidos los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.