EL ALMA CONDENADA DE BERNINI

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Una exposición en el Museo del Prado analiza los proyectos del artista en conexión con los encargos de la aristocracia y la monarquía españolas para la ciudad de los Papas. Nunca se había dedicado una muestra en nuestro país al genio italiano. Se puede ver por primera vez en España la escultura Alma condenada que refleja con toda crudeza el espanto de afrontar el infierno para toda la eternidad. Un retrato psicológico de tremenda intensidad, representativo del barroco.

Tuve el privilegio de ver el Anima dannata en el Palazzo Monaldeschi de Roma, nuestra legación ante la Santa Sede y la Orden de Malta. El embajador, Eduardo Gutiérrez Sáenz de Buruaga, nos la señaló inesperadamente sobre una consola dorada. Estaba iluminada por un potente foco. Pudimos ver entonces el gesto de un rostro humano en el instante terrible, cuando prende en él la consciencia de su condenación eterna. Era el retrato mismo del horror, emergiendo de la penumbra barroca de la tercera antecámara. El busto es también un autorretrato de su autor, Gian Lorenzo Bernini.

Ahora se da una oportunidad excepcional para que cualquiera pueda contemplarla junto con su compañera el Anima beata, que parece transportada al éxtasis al conocer el anuncio del paraíso. Son, sin duda, dos obras maestras de la escultura por la profundidad con la que el escultor supo captar las tensiones emocionales, capturar la violencia de las emociones y de los sentimientos congelada en un instante preciso.

Las ánimas son un encargo del cardenal Pedro de Foix, probablemente para su tumba en San Giacomo degli Spagnoli y fueron talladas en mármol en torno a 1619. Son junto al busto del cardenal Scipione Borghese las obras principales -y lo único memorable- de una muestra menor, sin otras piezas destacadas, que a duras penas cumple con su propósito. Porque si bien es cierto que apunta hacia ejes indispensables para poner en contexto la obra de Bernini y analizar el urbanismo de la Ciudad Eterna -vinculado indisolublemente al mecenazgo de la Monarquía Hispánica- la verdad es que no consigue rematar un discurso articulado.

Gian Lorenzo Bernini fue el gran artífice de la escenografía barroca de Roma. Sus intervenciones en la trama urbana fueron decisivas. Basta pensar en el Palacio Montecitorio, la Columnata Elíptica de la plaza de San Pedro, la Fontana dei Quatri Fiumi de piazza Navona, o el Elefante Obeliscoforo de Santa Maria sopra Minerva. Muchas de sus obras fueron parte de la propaganda dinástica, política y religiosa de Felipe IV y Carlos II, encaminada a consolidar la imagen de España en la ciudad de los Papas. Un proyecto que prolongaba la presencia que las naciones hispánicas tenían con sus conventos y sus iglesias; castellanos, catalanes, lombardos, calabreses o napolitanos, todos los pueblos que conformaban la esfera de la monarquía católica por antonomasia tenían culto en Roma desde la época de los Reyes Católicos, una presencia que permanece en algún caso hasta hoy, gestionada a través de nuestros diplomáticos mediante la inquietantemente desconocida y opaca Obra Pía, propietaria final de esas ánimas depositadas en el Palazzo de Spagna -como se conoce también a la embajada- además de serlo de un patrimonio inmobiliario descomunal.

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La exposición se acerca a estos puntos –intervención urbana, patrocinio real y presencia española- sin demasiado acierto ni profundidad; puesta toda su voluntad en piezas documentales como el molde en terracota para El éxtasis de santa Teresa, propiedad del Hermitage de San Petersburgo; o el emigrado leoncito de bronce del modelo para la fuente de piazza Navona.

Algunas obras esenciales no han podido viajar al Prado por los desencuentros de esa institución con la dirección de Patrimonio Nacional, causada por la negativa del museo -avalada por el Ejecutivo- a devolver varias obras maestras depositadas allí por el Gobierno de la República en 1936 y regularizadas en 1998, entre ellas nada más y nada menos que El jardín de las delicias de El Bosco; El descendimiento de la cruz de Van der Weiden; o El lavatorio de Tintoretto. Pinturas que los gestores de Patrimonio hubieran querido que fueran la piedra angular de su nuevo museo junto a la plaza de la Armería.

No deja de ser curiosa la recreación virtual del proyecto original para la instalación del monumento a Felipe IV en Santa Maria Maggiore; y se quedan en anecdóticos los bocetos, libros y planos que se presentan a falta de un mejor hilo conductor.

La acción española en Roma estuvo complementada con las fiestas triunfales y las decoraciones efímeras encargadas para las mismas al artista barroco. Permanece señalada todavía con los monumentos funerarios de diplomáticos y prelados cercanos a la curia y que fueron clientes de Bernini. Por ser uno de los primeros encargos de un comitente hispánico, las ánimas abren de una manera simbólica la muestra en la que cuelgan varios autorretratos al óleo de quien fuera escultor, arquitecto y pintor, así como de los monarcas para los que trabajó.

Merece una mención aparte el busto del cardenal Borghese, uno de los más importantes del settecento tras el que se esconde una historia de virtuosismo técnico y la capacidad prodigiosa para recrear una imagen humana que parece en el punto de comenzar a hablar.

La genialidad definitiva de Bernini viene de su atrevimiento, de su osadía al buscar nuevas lecturas y dimensiones para sus obras, a aplicar conjuntamente las diferentes artes que dominaba con una voluntad dramática y teatral que permanece en algunas de sus creaciones, como el baldaquino de bronce y la cátedra de San Pedro, o la Scala Regia del Vaticano, donde se encuentra la estatua ecuestre de Constantino, de la que se exponen también modelados y bosquejos.

Museo Nacional del Prado
Las Ánimas de Bernini. Arte en Roma para la corte española
6 de noviembre 2014 – 8 de febrero 2015