El American Way of Life, con lo que ello implica

Bigger-Than-Life

El cine americano de la década del cincuenta, el American Way of Life (o modo de vida americano), el Código Hays y los estereotipos en un film inquietante: Más poderoso que la vida. La familia tipo, pero una enfermedad que irrumpe en el hogar y desata la locura. Con la Biblia y tijeras en mano, un padre que cree que debe asesinar a su hijo. Pero al final, Hollywood, y un happy end inolvidable.

Bigger Than Life (Más poderoso que la vida, 1956) es de esas películas que edulcoran al espectador con la felicidad del American Way of Life para a continuación impactarle un golpe que lejos de dormirlo lo despierte de ese sueño y le muestre una realidad pesadillesca, o sea, la vida misma.

El comienzo de esta película no podría tensar más los elementos estereotipados que permiten mostrar ese estilo de vida americano: la ama de casa, el niño, la televisión, la cocina y sus electrodomésticos, el marido trabajador y la vida social con amigos por la noche. Todos estos elementos se entretejen de una manera maravillosa en una de las primeras secuencias de la película: el padre llega de trabajar, su esposa está en la cocina preparando la cena para los invitados que esperan, y el niño está en el salón mirando algo de vaqueros en el televisor que tiene el volumen bastante alto. Lo del televisor merece especial atención porque se trata de un planting, es decir, ese mismo elemento será clave en otra escena del final que también estará en relación con el padre y el hijo pero entonces en las antípodas de lo que simboliza en esta secuencia del comienzo: aquí el televisor los une, comentan sobre ese programa, padre e hijo están en comunión; al final el televisor (y más concretamente su volumen alto) está al servicio de acabar de separarlos del todo y para siempre.

La película nos presenta a un hombre de mediana edad, que es profesor en un colegio de niños, como a un marido y padre ejemplar que con tal de que nada le falte a su familia se gana el salario haciendo otro trabajo extra en una central de taxis. Su esposa, que desconoce la doble vida de su marido, se inclina a pensar que tiene una amante, aunque esto no sea dicho tan claramente al principio. En cualquier caso, es evidente que al matrimonio de la familia perfecta algo empieza a fallarle: los días de pesca o de vacaciones son rememorados con nostalgia como aquello que ya no puede hacerse probablemente por falta de tiempo. Es curioso, al respecto, que la decoración de la casa se basa en pósters de ciudades del mundo y mapas antiguos, como si por fuera de América, ese lugar idílico donde transcurre tal modo de vida aparentemente perfecta, existiera un mundo admirable. Pero de pronto un hecho irrumpe en la normalidad (que abarcaba la felicidad pero también el conflicto) del hogar: a este padre y marido, llamado Ed Avery (James Mason), le diagnostican una extraña enfermedad cuyo tratamiento para paliar el dolor es el suministro de cortisona. Ed se vuelve adicto a esta droga y se desatan unos terribles efectos secundarios: trastornos mentales que alcanzan la cumbre de la locura en el fanatismo religioso y la convicción de que debe actuar como Abraham con su hijo Isaac, es decir, asesinar al hijo.

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El American Way of Life tuvo sus valores siempre claros: el consumo para alcanzar la felicidad. Instituciones al servicio de reproducir seres capaces de participar del mercado y consumir. Si antes de los efectos secundarios que le producen la cortisona Ed ya se comportaba como un americano ideal para contribuir a ese sistema y a esa forma de vida (por ejemplo, en el modo de enseñar, poco propicio para abrir mentes y generar inquietudes y, en cambio, ideal para reproducir seres consumistas), luego de la cortisona y antes de su peor brote psicótico donde intenta asesinar con unas tijeras a su hijo, Ed se propone festejar que la droga le ha quitado los dolores por completo yendo de compras con su familia.

La pregunta es: ¿cuántos monstruos en Ed muestra la película? Porque la trama se propone como la de un clásico film dramático donde la familia ideal tiene la mala suerte de que el hombre de la casa enferme y se vuelva loco, llevando el horror al hogar, ¿pero acaso no nos mostraba la película, antes de esto, un conflicto familiar? Sin lugar a dudas, no es comparable la violencia y las tijeras en mano con un padre bonachón que miente para llevar más dinero a casa, pero tampoco puede ignorarse aquel diálogo, antes de que sepamos qué enfermedad tiene Ed, en el que su esposa opina que ciertos amigos son insulsos y él le contesta que también ellos mismos lo son. ¿La felicidad americana? Pues más bien esto es pura y dura frustración que la película no propone como tema central pero que, disimuladamente, sí cuela.

El final es, por supuesto, made in Hollywood: el padre de familia recuerda todo en el hospital y vuelve a ser un hombre razonable, arrepentido del daño que pudo ocasionar a los suyos. Los tres se abrazan y happy end.

Nicholas Ray no se conforma con hacer un drama psicológico. Además de eso deja asomar una postura no del todo complaciente con el American Way of Life de postguerra en medio de una industria cinematográfica que todavía funcionaba bajo el Código Hays.