EL BANQUETE DE LOS VICTORIANOS. DÍAS DE VINO Y DE ROSAS

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La madrileña colección Thyssen-Bornemisza prorroga la exhibición de  las obras maestras de la pintura victoriana pertenecientes al millonario mejicano Juan Antonio Pérez Simón. Es una ocasión singular para estudiar una corriente que está ausente de los museos españoles. Algunos de los cuadros son obras maestras jamás vistas en nuestro país y representan en conjunto todas las tendencias artísticas, desde los prerrafaelitas hasta las primeros simbolistas.

La primera vez que me enfrenté a Las rosas de Heliogábalo supe que me encontraba ante una imagen poderosa que no me abandonaría nunca. Fue en Ámsterdam en 1997 y fue casual. No conocía ni al pintor ni su obra, ambos se manifestaron súbitamente en la planta superior del museo Van Gogh reservada para las exposiciones temporales cuando ya tenía la mente saturada de pinceladas impresionistas. El gran óleo de Lawrence Alma-Tadema me fascinó por su gran formato, por lo novedoso de su concepción y el atrevimiento de la propuesta, por la calidad de la pintura y lo sugestivo del tema. Cuenta la Historia Augusta que el emperador Heliogábalo «empleó el toldo de una sala de banquete para hacer caer en abundancia violetas y otras flores sobre los cortesanos de tal manera que ellos, incapaces de salir a la superficie, murieron ahogados».

En la Era Victoriana la pintura vivió un momento de auge en el Reino Unido. Se debió sobre todo al incremento de los coleccionistas, enriquecidos por la actividad económica, y deseosos de darse una pátina de cultura; también al desarrollo del mercado donde ganaron importancia las figuras de marchantes y galeristas así como a la vitalidad de las instituciones artísticas y de las academias. Durante más de cien años la pintura Victoriana –como sucedió con el estilo pompier en Francia o los historicistas españoles- quedó relegada al exilio de lo previsible a causa de la irrupción de las codiciadas vanguardias con sus novedosas investigaciones sobre el arte. No será hasta finales del siglo XX cuando los museos y los coleccionistas vuelvan a interesarse por esa época cuyas obras estaban adormecidas en las instituciones, más al albur de su conservación como herencia envenenada que por su valor intrínseco. El principal de estos coleccionistas es Juan Antonio Pérez Simón.

La exposición pone el foco en Alma-Tadema insertándolo en ese collar de eslabones que encadena a los victorianos unos a otros, que comienza con Millais y finaliza con Waterhouse, partiendo de los prerrafaelitas, atravesando el movimiento estético de Moore y de Whistler, continuando con lord Leighton y los neoclasicistas que se corrompen en el manierismo de los Hugues –Talbot y Arthur- hasta llegar al simbolismo. Edward Coley Burne-Jones es el músculo rector de unos movimientos plásticos que ayudan a entender también la historia del Imperio Británico, que en el momento de su apogeo se gira hacia la antigüedad y los mitos fundacionales. La Era Victoriana terminó con la guerra de 1914 que modificó Europa. Son característicos de esta pintura el interés por la narración, el leve naturalismo y la búsqueda de la belleza simbolizada en el cuerpo de la mujer. Ese es uno de los nexos de unión, la imagen femenina, por eso no nos extraña esa sucesión: Fátima, Esther, Medea, Andrómeda. Muchos de sus motivos están guiados por la reinterpretación de las sagas artúricas de Tennyson y Meredith. Pero los victorianos escapan totalmente del realismo, ahí se encuentra una de las claves con la que terminará la violencia de la Primera Guerra Mundial: la huida del mundo real por medio de los cuadros, el refugio de una sociedad opulenta dentro de esos marcos dorados que abren una ventana a mundos idealizados y -en cierta manera- fantasmagóricos. Algunos cuadros se pudieron ver en la exposición Heroinas, en 2011; otros vienen a España por primera vez y solo se recuerdan de estampas y grabados con lo que se acrecienta el privilegio de verlos al natural, como sucede con el Moisés salvado de las aguas (1885) de Goodall. La excepcional contraposición de planos de El cuarteto (1868) de Moore, con sus estudios de cuerpos y sus veladuras; el fabuloso Muchachas griegas recogiendo guijarros a la orilla del mar (1871) de lord Leighton o su pre-hollywoodiense Crenaia (1880) nos hacen ver cómo quisieron comprender esos hombres los mitos del pasado. Son un aperitivo para el banquete –nunca mejor dicho- que vendrá después. Raro, difícil de encontrar de manera conjunta salvo en algunas colecciones británicas como la Tate.

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Alma-Tadema visitó en 1863 Roma y Pompeya donde se exhumaban los restos de la antigüedad cuya belleza se revelaba en frescos, esculturas y objetos decorativos. Las excavaciones provocaron –en él como en otros artistas- la imaginación romántica de la vida doméstica en el mundo greco-romano. Es la construcción del ensueño. Las bases sobre las que desarrolló su trabajo son los objetos anticuarios y las fotografías arqueológicas, las telas. De ahí sale la minuciosa reconstrucción de Saliendo de la iglesia en el siglo XV (1864), la remembranza de Agripina con las cenizas de Germánico (1866) o la captura del momento esencial de La pregunta (1877). Se manifiesta la investigación sobre la luz del Mediterráneo en contraposición al misterio de los interiores.

Las rosas de Heliogábalo (1888) ocupa indiscutiblemente el centro de la exposición, el gran lienzo está formado por una superposición de detalles: ese rostro de hermosa que mira fijamente a quienes la contemplan, desafiándonos; los ojos fragmentados, enterrados ya en ese lecho de flores y de muerte; la materia marmórea o nacarada, el efecto de los reposteros y de la púrpura, porque como en casi toda su obra, el pintor convoca los cinco sentidos en el cuadro: la música de los pífanos, el olor de las rosas, las texturas y el sabor de la fruta sobre la mesa. Es una historia de crueldad y de belleza que nos enfrenta con el sentido de la vida y la muerte, representa la alegría y la tristeza, separadas por esa tenue línea horizontal que marcan el crepúsculo y la incredulidad en las caras de los invitados.

En otros oleos, Alma-Tadema intenta la captura de momentos íntimos como en  Confidencia inoportuna (1895), El paraíso terrenal (1895) o Cortejo vano (1900). La exposición se prolonga con las visiones del inclasificable Strudwick que parece fascinar al coleccionista con sus visiones místicas y su obsesión con el paso del tiempo; con el muy misterioso El mar encantado (1899), de Payne, el único cuadro que se conoce de ese maestro vidriero, definitivamente pre-surrealista. Se cierra con la hechicera de La bola de cristal (1902) de Waterhouse.

ALMA-TADEMA Y LA PINTURA VICTORIANA
EN LA COLECCIÓN PÉREZ SIMÓN
Museo Thyssen-Bornemisza
Madrid. 25 de junio a 5 de octubre de 2014