El cielo replicante

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En la película de Ridley Scott, Blade Runner, los replicantes (esos seres artificiales que eran capaces de todo y creían tener un alma como la de su creador) se revelan contra el hombre. ¿Tienen los objetos tecnológicos un cielo o un infierno? ¿Forman parte del cielo o del infierno de los seres humanos que tanto dependen de ellos? Daniel Canogar presenta Small Data, una pequeña muestra que puede lograr grandes reflexiones en los visitantes.

«¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas?» ¿Hay vida después de la desactualización? ¿Dónde va la tecnología cuando es retirada? Lástima que no pueda vivir, pero ¿quién vive?. La trascendencia existencial tecnológica ya existía a comienzos de los ´80, cuando se profetizaba en la película Blade Runner un mundo en el que los replicantes se volvían en contra de su dios, el hombre; un mundo tecnológico en el cada uno tenía su función y pronto pasaba a ser obsoleto; en definitiva, un mundo gris lleno de basura electrónica. Bienvenidos al reino del cyberpunk.

El artista Daniel Canogar parece creer que sí hay vida después de que un aparato tecnológico deje de funcionar o simplemente sea sustituido por otro más moderno. Muchos reciclan -podría ser esta una manera de hacerlo-, pero va un poco más allá, busca reanimar lo inanimado. Incluso, su obra tiene un cierto carácter ético, existencial y, por qué no, espiritual; queriendo ir más allá de la muerte de dichos aparatos, les da vida y muestra sus secretos, recordándonos a todos que, en algún momento, tuvieron una funcionalidad y que nuestras vidas humanas no se podían concebir sin ellos. Pero Canogar no se un artista cyberpunk, sus obras son mucho más dulces, más naif, con el toque humano que tendría un replicante, sin sentimientos en sí mismo, pero capaz de provocarlos. Es la transformación de la decadencia en belleza, que remueve conciencias y, cuanto menos, invita a reflexionar. Con un material totalmente real, viejo y poco grato, el artista es capaz de evocar un mundo onírico. ¿Será cierto entonces que sueñan con ovejas electrónicas? Cables telefónicos, informáticos y eléctricos, bombillas fundidas, cintas de video, celuloide, DVDs, videojuegos, etc, tienen la respuesta y sólo hay que observarlos un rato para conocerla.

Small Data, la nueva exposición de Daniel Canogar, explora todos estos aspectos sobre la vida de los dispositivos electrónicos, examinando la memoria y la identidad de quien los contempla, ya que dichos dispositivos fueron en algún momento importantes para su usuario, creando una relación íntima, prácticamente amorosa entre uno y otro que desapareció después de una obsolescencia tal vez programada. Así, nos presenta una serie de dispositivos abandonados que reciben proyecciones cenitales que les aportan una nueva vida. Small Data consta de doce instalaciones. En medio del silencio y de la penumbra de la sala, aparece el cielo replicante sobre superficies lisas y blancas. Si uno se deja llevar, puede incluso oírse el sonido de estos dispositivos; más allá de la realidad del silencio en el entorno, parece flotar en el ambiente el ring de los teléfonos móviles ochenteros y la musiquita de Mario Bros en la primera Game Boy. Las instalaciones son modernas naturalezas muertas, pero sustituyendo las piezas de caza, las flores y las jarras de vino por carcasas de móvil, calculadoras o teclas de ordenador. Todos elementos quietos y a priori sin vida sobre los que se proyectan imágenes que nos hacen pensar que aún siguen respirando.

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La instalación reina se encuentra en un apartado más oscuro. Sobre una gran mesa blanca se esparcen los teclado de cinco ordenadores. Un batiburrillo de letras fantasmales aparecen en las cuatro esquinas de la mesa para situarse, cada una, en una tecla cualquiera que comenzará a arder; es el infierno. Las letras parece que se purgan formando frases en inglés; pero, pronto, comienzan a temblar y todo se queda oscuro. Es entonces cuando cada una acude a su tecla, todo vuelve a su orden; el cielo.

Pasamos delante de trozos de fotocopiadoras en las que se proyectan las imágenes que reproducirían, incluso partes del cuerpo humano. Una calculadora caótica e infernal de la que salen millones de operaciones hasta que estalla en un hongo nuclear. Bodegones de móviles que parecen recibir llamadas de ninguna parte. Mandos a distancia sobre los que se proyectan programas de televisión que se irán intercambiando entre ellos. También vemos una montaña de residuos tecnológicos, colocados sin ton ni son, hacia la que se arrastra una multitud de personas angustiadas; algunos intentan escapar, otros vuelven, pero todos acaban enterrados. Y para finalizar, la mítica Game Boy descuartizada de la que se escapa un enorme ejército de Marios que termina ardiendo. El fuego se apaga con un tsunami pixelado y la vieja pantalla sirve como Arca de Noé que salva a los personajes del videojuego que terminan saliendo disparados y huyendo de su propio mundo digital.

Small Data es ciertamente una exposición pequeña, pero al visitante curioso le dará mucho que pensar. Desde la revolución tecnológica se ha hecho más evidente que vivimos en un mundo de usar y tirar en el que es tan obligatorio como imposible estar completamente al día. Los aparatos que fueron nuestra mano derecha un día, al siguiente no nos sirvieron para nada, y los que no existían ahora son indispensables para nuestra supervivencia. Hace pensar también en la cantidad de residuos que se generan, aunque no creo que el objeto de la muestra sea la ecología. Y nos sitúa en un escenario cercano a Blade Runner, donde las criaturas traspasan a su creador más allá del tiempo y la funcionalidad. A pesar que pudiera parecer un mensaje apocalíptico, la belleza onírica que Daniel Canogar consigue plasmar, hace que se convierta en un lugar esperanzador, un lugar de segundas oportunidades. Incluso más allá; un lugar donde la inercia y la muerte cobra vida. Si existiera un cielo replicante, lo más seguro es que fuera aquí.